Ciudadanía política

Publicado por Staff on Vie, 07/21/2017 - 15:01
Opinión de: 
Dinorah Pizano

Al comienzo del nuevo siglo observamos cómo aquello que se asumía propio de la política incorporó de manera paulatina mecanismos de mercado. Aunado a ello, el ejercicio de ciudadanía quedó circunscrito al hecho de acudir a votar cada tres años. No obstante existen instituciones (muchas de ellas creadas por la presión social a partir de problemáticas concretas) que intentan propiciar el empoderamiento de los ciudadanos, es evidente que dicha condición aun es lejana.

El sinnúmero de manifestaciones de descontento en diversos rubros de la vida nacional y la desarticulación en los esfuerzos por revertir prácticas que dañan el tejido social reflejan la necesidad de establecer verdaderos procesos de gobernanza democrática. ¿Qué significa dicho término?

Paul Magnette (Leuven 1971) establece que “La gobernanza contemporánea no está atada a instituciones cerradas y no es prerrogativa exclusiva de políticos profesionales, dado que se refiere a los esquemas de toma de decisiones que incluyen a un conjunto más vasto de instituciones con una gama igualmente amplia de actores y de procesos. La gobernanza es un complemento de la participación y la responsabilidad en las democracias representativas y no es su sucedáneo. Su función principal radicaría en que puede fortalecer, en el eje vertical, la responsabilidad de las instituciones con el ciudadano y, en el eje horizontal, la responsabilidad entre instituciones”.

Sin embargo, es preciso mencionar que tenemos 16 años de desfase y contando. Si bien no propugno por una visión eurocéntrica, consiste en un dato objetivo el hecho que en el año 2001 la Comisión de las Comunidades Europeas publicó El libro blanco de la gobernanza europea, texto en donde, entre otras cosas, establece los principios de la buena gobernanza. A saber: apertura, participación, responsabilidad, eficacia y coherencia.

La circunstancia que vivimos brinda también la posibilidad de dotar de significado al nosotros, y no dejarlo nada más en el terreno de lo ficticio, por el contrario puede ser completamente racional a partir de la solidaridad. Es falso que el horizonte final de una sociedad sea el individuo atomizado. Lo que dota de sociabilidad a un colectivo es la solidaridad. En ella radica el salto de calidad que podemos imprimir a lo trazado por Europa.

Asimismo debemos señalar que la integración no es un fetiche. Es decir, si como nación carecemos de una ruta de cooperación regional supraeconómica no es condición suficiente para dejar de emprender procesos endógenos. Día con día se diversifican los grupos sociales en búsqueda de mejorar condiciones de vida y sin duda constituye una oportunidad para cambiar el enfoque seguido por los cauces tradicionales.

No se trata de acercar a un ciudadano a la política, por el contrario se trata de que los ciudadanos hagan política, sean agentes políticos y tomen decisiones políticas. Sumar a uno entre millones para que participe de un entramado donde vale la unidad es incluso perverso por parte de quien lo propone e ingenuo para quien lo asume como posibilidad de cambio.

A diferencia de lo difundido como dogma por el liberalismo desde el siglo XIX, la historia del nuevo siglo nos demuestra que la política no es de individuos sino de grupos con cada vez mayor presencia, fuerza y dispuestos a ejercer ciudadanía política. 

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