Juventud como sistema

Publicado por Staff on Vie, 02/24/2017 - 11:55
Opinión de: 
Dinorah Pizano

Como simples observadores de determinado tipo de realidades se puede advertir con facilidad que LA política es una expresión cuyas formas parecen rígidas, como si se tratara de carriles inflexibles entre los cuales las prácticas emanan del dictado económico. Es decir, se “entra” en LA política como una forma de acumular, y se abandona LO político a una suerte de consecuencia determinada por la economía.

Escribo lo anterior toda vez que en cada esfuerzo institucional, del entramado institucional, existe un apartado para “los jóvenes” o “las juventudes”, luego entonces pregunto: ¿por qué el quehacer político goza de tal descrédito entre dichas poblaciones? Es evidente que los agentes al interior de cualquier gobierno no hablamos el mismo lenguaje, incluso las escalas deontológicas no corresponden entre sí, y ello merece una ruptura fundacional. Estrictamente me refiero a la construcción de nuevos sujetos, donde las juventudes deben actuar a profundidad.

Es pertinente enfatizar, no significa “opinar”. La reciente narrativa nacional nos demuestra que la opinión es una táctica diluyente de una exigencia que LA política se encarga de comunicar como coima. El hombre nuevo como respuesta a una sociedad agotada por la ausencia de praxis política encaminada a la disminución de la desigualdad de toda índole debe, si no quiere sucumbir, incorporar a la juventud como sistema.

Un sistema que infunda en las nuevas generaciones a la política como el arte supremo, como la más elevada y noble de las actividades, como la única vía para dirimir los conflictos propios de la humanidad. Una nueva retórica donde los jóvenes hoy sustraídos y relegados a zonas de tolerancia actúen en los hechos bajo la consigna acuñada por Siqueiros: “No hay más ruta que la nuestra”.

No existe condición objetiva alguna que nos impida depositar en los jóvenes la capacidad de decidir el destino propio. La facultad de pensar en colectivo es un aprendizaje tácito y, sin importar los ineludibles yerros, es tiempo de incorporar a esos nuevos hombres en la crucial labor de solventar la actual crisis generalizada que vive la humanidad como concepto. 

 

 

 

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