“En la Secretaría de Salud había un personaje que hizo mucho daño”
Quien fuera abogado de la Presidencia de AMLO confirma encontronazos de López-Gatell con Sheinbaum y Ebrard.
El exvocero de la pandemia –asegura Scherer– actuó junto con Jesús Ramírez Cuevas como pieza complementaria de una maquinaria de preservación política.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
En Ni venganza ni perdón (Planeta, 2026), el exconsejero jurídico de la Presidencia, Julio Scherer Ibarra, formula una acusación directa contra Hugo López-Gatell. La frase es tajante:
“En la Secretaría de Salud había un personaje que hizo mucho daño: Hugo López-Gatell”.
Scherer no se refiere a errores administrativos menores. Su crítica apunta al desempeño general del exsubsecretario durante la pandemia de COVID-19 y al papel político que desempeñó dentro del gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador.
El libro sostiene que la conducción sanitaria estuvo atravesada por decisiones políticas. En esa línea, el desempeño de López-Gatell fue señalado como contradictorio y, en distintos momentos, poco consistente frente a la evidencia internacional.
Al inicio de la crisis sanitaria, el subsecretario minimizó públicamente la gravedad del virus, comparándolo con la influenza estacional y sugiriendo que su impacto disminuiría con la llegada del verano. Esa evaluación resultó equivocada. Para marzo de 2020, México enfrentaba la expansión del COVID-19 con limitaciones en equipo médico, personal especializado y capacidad de pruebas diagnósticas.
Durante los primeros meses, el gobierno optó por una estrategia que evitó confinamientos obligatorios estrictos a nivel federal, defendió el modelo centinela en lugar de implementar pruebas masivas y mostró resistencia inicial al uso generalizado del cubrebocas como política pública. México terminó ubicándose entre los países con menor número de pruebas realizadas por habitante durante la etapa más crítica.
Otro punto sensible fue la estimación de fallecimientos. López-Gatell señaló en distintos momentos que el escenario catastrófico podría ubicarse en alrededor de 60 mil muertes; sin embargo, las cifras oficiales acumuladas superaron ampliamente esa proyección, y las estimaciones de exceso de mortalidad —publicadas posteriormente por organismos nacionales e internacionales— elevaron el impacto real a cifras muy superiores.
Scherer inserta estos elementos dentro de una crítica más amplia: la falta de autocrítica pública y la rigidez discursiva frente a los resultados adversos.
El libro también menciona tensiones internas dentro del gabinete. Durante la pandemia, confirma Scherer, hubo tensiones privadas entre López-Gatell y figuras como Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard en torno a medidas sanitarias, coordinación internacional y adquisición de insumos médicos. Se registraron controversias en torno a ventiladores, compras de emergencia y tiempos de respuesta.
En el ámbito regulatorio y más allá de la pandemia, el exsubsecretario también respaldó decisiones polémicas. Apoyó la política de restricción del glifosato, argumentando posibles riesgos cancerígenos, lo que generó fuertes tensiones con sectores agrícolas e industriales. Asimismo, defendió la prohibición de vapeadores impulsada por el presidente, pese a que dentro del gabinete existían posturas que favorecían su regulación en lugar de su prohibición absoluta.
En el relato de Scherer, todos estos episodios no son hechos aislados. Forman parte de una lógica donde la política y la comunicación ocuparon un lugar central.
El libro sitúa a López-Gatell dentro de un engranaje donde aparece también Jesús Ramírez Cuevas, coordinador general de Comunicación Social de la Presidencia. Scherer sugiere que la pandemia fue gestionada no solo como crisis sanitaria, sino como frente estratégico de comunicación. Las conferencias vespertinas construyeron una narrativa constante de defensa del modelo adoptado.
En esa dinámica, López-Gatell habría sido el rostro técnico que legitimaba el discurso oficial, mientras Ramírez Cuevas operaba desde la arquitectura comunicacional del gobierno. La acusación central es que la coherencia política del proyecto presidencial pesó tanto como la evidencia científica disponible.
Que este señalamiento provenga de alguien que formó parte del núcleo del poder le otorga un carácter particularmente delicado. No se trata de una crítica externa, sino de una acusación desde dentro sobre cómo se cruzaron ciencia, comunicación y poder durante la mayor crisis sanitaria del país en décadas.
comentarios

