Fue hasta las fiestas decembrinas de 1881 que se empezaron a utilizar luminarias eléctricas en la ciudad.
ADRIÁN CASASOLA
México se ha convertido en un país vanguardista en diferentes momentos de la historia. El país ha recibido con gran júbilo muchos de los adelantos tecnológicos que en otras épocas tardaban muchos años en llegar de un país a otro o de un continente a otro.

Hoy en día, nos hemos acostumbrados a los vertiginosos cambios tecnológicos que han afectado el cómo interactuamos entre nosotros, cómo nos enteramos de sucesos y noticias prácticamente segundos o minutos después de que ocurren y hasta de qué forma se afecta la realidad que hasta el momento pensábamos conocer. Pero esto no pasaba en los siglos XIX y principios del XX. Los inventos que se iban transformando en artículos de uso diario tenían un antecedente generalmente militar, donde tenía que innovarse para irle ganando poco a poco al ejército enemigo en cualquier ámbito hasta derrotarlo por completo.
La Ciudad de México se iluminaba desde hacía siglos con lámparas de aceite vegetal y grasa animal y que requerían de un mantenimiento y seguimiento constante. Posteriormente se cambió este método por uno un poco más estable, conteniendo aguarrás y gas. Y fue hasta las fiestas decembrinas de 1881 que se empezaron a utilizar luminarias eléctricas. El proyecto fue asignado a la Compañía Mexicana de Gas y Luz Eléctrica e incluyó la instalación de unas 40 lámparas eléctricas que pasaban por la Avenida Juárez, seguían por Plateros (hoy Avenida Francisco I. Madero y terminaban en el Zócalo.
Los habitantes de la Ciudad de México se maravillaron al ver sus calles iluminadas por este maravilloso invento y aplaudieron la decoración decembrina de aquel 1881, sin saber que veinte años después, es decir, hacia 1901, también serían testigos de otro avance significativo, pero ahora sería algo que cambiaría el rumbo del sistema de movilidad de la población: el tranvía eléctrico.
Anteriormente este transporte era tirado por mulas con las consabidas consecuencias que esto significaba, desde la lentitud en el servicio, pasando por la fatiga y desgaste de los animales, la cantidad de residuos y heces fecales que éstos generaban y los altos costos de mantenimiento para alimentar, curar y resguardarlos, tan es así que se le conocía como tranvías de sangre.
Sin duda alguna, el gobierno de Porfirio Díaz fue un innovador a nivel latinoamericano y marcó la pauta para enaltecer su lema de gobierno: orden y progreso.
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