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El Ángel después del sismo

Las réplicas como amenaza para una estructura ya debilitada

Historia y sentido simbólico del llamado Ángel de la Independencia.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Lo que ocurre con el Ángel de la Independencia tras un sismo no es un asunto menor ni meramente simbólico. El monumento, inaugurado en 1910 con motivo del centenario de la Independencia, fue construido sobre un terreno de origen lacustre, caracterizado por su alta compresibilidad y baja capacidad portante. Esa condición geológica ha marcado su historia estructural desde el inicio.

Después de un sismo importante, el riesgo no concluye con el movimiento principal. Las réplicas representan un factor crítico para estructuras que ya han sido sometidas a esfuerzos extremos. Un evento como el sismo del 2 de enero de 2026, con epicentro en el estado de Guerrero y magnitud superior a 6, generó aceleraciones suficientes para inducir microdaños internos en monumentos históricos de la Ciudad de México, incluso a más de 300 kilómetros del epicentro.

Este tipo de movimientos puede provocar microfracturas en elementos de mampostería, desplazamientos diferenciales en la cimentación y tensiones acumuladas en componentes metálicos. Se trata de daños que no siempre son visibles, pero que reducen la capacidad estructural del conjunto. En ingeniería estructural, este fenómeno se conoce como fatiga por carga cíclica, y su efecto se incrementa cuando las sacudidas se repiten en periodos cortos.

Tras el sismo principal, se registró una secuencia prolongada de réplicas —cientos de movimientos en las horas y días posteriores—, algunas de ellas con magnitudes cercanas a 5. Aunque estas sacudidas son menores en comparación con el evento inicial, su repetición somete al monumento a esfuerzos sucesivos que pueden agravar daños preexistentes en el fuste, la base y los anclajes internos de la escultura.

En la Ciudad de México, el problema se intensifica por las características del suelo. Los antiguos sedimentos lacustres amplifican la oscilación sísmica y prolongan la duración del movimiento. El Ángel no solo vibra verticalmente: se balancea. Estudios previos han documentado que esta oscilación puede duplicar o incluso triplicar el desplazamiento estructural respecto a zonas con suelo firme, aumentando el desgaste con cada réplica.

El llamado “Ángel de la Independencia” no es, en sentido estricto, un ángel. La figura que corona la columna es una Victoria alada, inspirada en la Niké griega, símbolo clásico del triunfo y la libertad. Mide más de seis metros de altura y está recubierta con láminas de oro, sostenida por una estructura interna que transmite su peso —varias toneladas— hacia la columna y la cimentación. El nombre popular de “Ángel” es una simplificación que se impuso con el uso cotidiano y terminó por desplazar su definición iconográfica original.

La historia del monumento está marcada por los sismos. En 1957, un terremoto provocó la caída completa de la escultura; en 1985 se detectaron daños estructurales que obligaron a reforzar la columna; y tras el sismo de 2017 se realizaron trabajos de restauración y monitoreo, incluyendo refuerzos internos y estudios de comportamiento dinámico. Cada intervención confirma una constante: el monumento resiste, pero no es inmune.

Hoy, una nueva secuencia sísmica vuelve a ponerlo a prueba. Cada réplica que se acumula bajo sus cimientos incrementa el desgaste estructural y subraya la necesidad de evaluaciones técnicas detalladas, monitoreo permanente y decisiones preventivas oportunas.

El Ángel fue concebido como un símbolo de permanencia nacional, pero su historia demuestra una paradoja inevitable: está erigido sobre un suelo que nunca deja de moverse. Y la tierra, con su memoria activa, recuerda una y otra vez que incluso los monumentos que creemos eternos dependen del cuidado constante, del rigor técnico y de la voluntad de preservarlos más allá del gesto simbólico.

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