Libre en el Sur

Vivir con la Pandemia / Arantxa en el país de los absurdos

Por supuesto que no son nada normales las explosiones de frivolidad en chats y redes sociales frente a una tragedia de muertes como la que se vive. Y no son normales los periodistas que no ejercen la crítica.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

“No es normal”, suele decir Arantxa. Y ante el mar de absurdos en el que tenemos que flotar, repite: “No es normal”. Y sí. Porque nada tiene de normal estar en un lugar donde piden lavarse las manos pero que escasea el agua. Ni que en el Superama te exijan que hay que guardar una distancia de dos metros con el prójimo pero unos minutos después te encuentras en los pasillos a empleados conversando casi a besos. O que en una clínica del IMSS la trabajadora social advierta, desde su propia paranoia, que regresando a casa hay que lavar esta ropa que se lleva puesta “separada de la demás”, pero que ni siquiera toma la temperatura para permitir el acceso.

De por sí nunca me pareció normal que los médicos del 20 de Noviembre se amontonaran a comer en los puestos ambulantes, que obviamente carecen de licencia sanitaria, a las afueras del nosocomio. Por supuesto que no son nada normales las explosiones de frivolidad en chats y redes sociales frente a una tragedia de muertes como la que se vive. Y no son normales los periodistas que no ejercen la crítica.

Tampoco es normal que cuando se pretende ejercitarse en el Parque Hundido, bajo el supuesto semáforo naranja de una “nueva normalidad” y con toda la prudencia posible, se crucen al paso ciclistas, patinadores y policías papando moscas en la pista de corredores. Mucho menos es normal que si reclamas te avienten desde un “aish” hasta una leperada, o al perro, en vez de acertar con un “disculpe”.

Parece normal no cumplir las reglas en una ciudad donde la Jefa de Gobierno dice que es “obligatorio” usar cubrebocas pero el Presidente no lo hace. “No tenemos remedio”, le digo yo. Y ella me toma del dedo índice como para contenerme de señalar la siguiente ignominia. Yo me quedo viendo esa sonrisa sutil tan suya que me regala como la única esperanza. Así es vivir con la pandemia, pienso, como ya lo era vivir en un país donde se degluten grasas y azúcares con gozo de inconsciencia y se vota por quien a eso le llama “el pueblo sabio”.

Le cuento de la larga fila que se forma desde hace años como un ritual de oficinistas en el camión de productos oaxaqueños que llega al Parque de San Lorenzo, no para comprar el quesillo –ese rico invento mexicano nutritivo y bajo en grasas—, sino las golosinas mil. ¿Y quién produce todo lo que no se llama Bimbo? El gobierno reparte culpas, los empresarios reparten culpas, los ciudadanos repartimos culpas. Cada individuo es una máquina consumista que se vacía a la vez. Nadie parece percatarse de ello ni siquiera después del largo encierro. Y este virus que le gana a la oportunidad de cambiar. Tiene razón Arantxa: No es normal.


Sociólogo y periodista. Subdirector de Libre en el Sur. Trabajó en Proceso y El Economista. Ha colaborado en El Universal y Etcétera, entre otros. 

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