JUAN CARLOS PANTOJA MARTÍNEZ

Hace algunos días, fui al emblemático Anexo de “Fierros” del Mercado de Postales, en la calle de Libertad,  en la todavía delegación Benito Juárez. En ese lugar se encuentra de todo en cuanto a artículos de plomería, tubos, soldadura, coples, tanques de gas, lijas, llaves, mangueras, lavabos, sanitarios y una innumerable lista de más productos, que son realmente sorprendentes cuando se es curioso y nos permitimos maravillarnos. Los precios y variedad son casi homogéneos,  así que uno termina comprando donde el marchante le hable más bonito.

Me detuve entonces en un local cualquiera, bueno, no cualquiera, digamos que compré donde me hablaron bonito. Caí ante el comentario “qué va a llevar, joven”, a lo que me dije: ¡de aquí soy! Empecé pidiendo el material que ya conocía y en tanto no me dedico profesionalmente a la fontanería, le dije al locatario: “disculpe mi ignorancia, en este material de CPVC, ¿existe una reducción de pulgada a media?

-No, no es ninguna ignorancia, estamos para servirle. Este es su puesto, lo que se le ofrezca y si puedo asesorarlo con todo gusto, y sí, si hay reducciones, aquí las tiene. Me contestó.

En ese momento, en el televisor del vendedor estaba sintonizando un noticiero de la tarde. Como de casualidad, presentaban una noticia referente a las campañas, a las promesas, siempre promesas de los candidatos. En realidad, no le prestamos atención, la plomería era nuestro tema; sin embargo, la reiterancia de las elecciones logró apartarnos de nuestra charla para pasar a otro asunto, claro, el de las elecciones. Quizá en la cotidianeidad de su trabajo, este locatario no tiene muchos espacios para opinar de estos temas, o tal vez sí porque en buena medida es la trama que se pone sexenalmente de moda.

Lo que me pareció relevante fue su opinión: nosotros aquí, peleándonos, por si un partido, por si el otro, por si un candidato o el otro, que quién roba más, quién roba menos, aquí nos rasgamos las vestiduras, nos enojamos con la familia, con la novia, con los amigos, y créame que seguramente ellos, todos ellos, se han de citar en las madrugadas, en algún restaurante, donde nadie los vea, y ahí, no más burlándose de nosotros, ellos ahí echándose sus tequilas, sus tragos, y todos nosotros aquí nos quedamos nomás encabronados.

No pude más que estar, en este contexto, de acuerdo. Asentí, le dije que, en efecto, me parecía altísimamente probable que así fuera, como aquella expresión de los “pactos en lo oscurito”. Me quedé pensando precisamente en cómo se va trasminando y significando el discurso electoral en la vida cotidiana, asumiendo que el locatario contaba con cierto nivel de cultura política.

No concluimos el tema porque en ese momento llegó al mismo lugar, ahora si un plomero profesional, que con categoría y autoridad en la materia hizo su pedido. Se notaba desde el lenguaje la comprensión recíproca entre vendedor y comprador. Una vez entregada la mercancía, el plomero pide su cuenta, le dan la cantidad–alrededor de $250–, solicita su nota correspondiente e insta al dependiente que si fuera posible le escribieran en la nota la cantidad de $450 pesos, lo cual ocurrió sin más.

Vuelve mi reflexión, ¿el cliente del plomero será quién pague, sin saberlo, la diferencia? ¿Es esta una forma de provocar sobre precios y por ende un impacto en los índices inflacionarios? ¿Es garantía de un mejor trabajo fontanero? ¿Es un abuso del plomero? ¿Están tan castigados los salarios para quienes viven en el autoempleo? ¿Esta práctica es un acto de micro-corrupción? Permanecí girando en torno a mi última pregunta, vinculándola con la noticia que unos momentos antes nos precedió.

Mi respuesta fue afirmativa: indudablemente es un acto de micro-corrupción, que funciona a modo de reflejo del acontecer en la dimensión macro. ¿Cuál es primero?, imposible saberlo. Es como oponer dos espejos y pretender identificar dónde se origina el primer reflejo. No es por el lado de la genealogía ni el discurso de la causa, ni de revelar si fue primero el huevo o la gallina por donde nos podremos responder. Se trata entonces de comprometernos socialmente, cada quien desde su trinchera, con la construcción de un país diferente, mediante acciones de un respeto radical por el otro.

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francisco

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