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Cumple 80 años de la Plaza México: el coloso que se niega al olvido

CIUDAD DE MÉXICO, 27ENERO2024.- Toma aérea de la Monumental Plaza de Toros México, en la cual a partir de mañana regresarán las corridas de toros luego de que una orden judicial las impidiera desde 2022. FOTO: MARIO JASSO/CUARTOSCURO.COM

El gran embudo de concreto, hundido en la antigua ladrillera de la Nochebuena, conmemora ocho décadas como el corazón de una tradición que transformó el rostro de la Benito Juárez.

Entre la nostalgia de sus tardes de seda y oro y la incertidumbre de los nuevos tiempos, la plaza de la calle Augusto Rodin permanece como un monumento vivo a la historia capitalina.

STAFF/LIBRE EN EL SUR

El 5 de febrero de 1946, la Ciudad de México fue testigo de un hito de la ingeniería y la cultura popular con la inauguración de la Plaza de Toros México. Erigida en una antigua ladrillera de la colonia Nochebuena, hoy Ciudad de los Deportes, la obra del ingeniero Modesto C. Rolland desafió las convenciones constructivas de la época al ser edificada como un enorme embudo de concreto hundido a veinte metros bajo el nivel del suelo.

Hoy, al cumplirse exactamente ochenta años de aquella tarde en que Luis Castro “El Soldado”, el cordobés Manuel Rodríguez “Manolete” y Luis Procuna partieron la plaza con toros de la ganadería de San Mateo, el coso de la calle de Augusto Rodin se mantiene como el más grande del planeta.

La construcción de la Plaza México fue parte de un ambicioso proyecto denominado Ciudad de los Deportes, concebido por el empresario yucateco Neguib Simón, que originalmente pretendía incluir una zona residencial, alberca olímpica, frontón y salas de cine. Aunque solo se concretaron la plaza y el estadio de futbol contiguo, el impacto urbano para la zona central de la ciudad fue definitivo.

Durante ocho décadas, el recinto no solo ha sido el epicentro de la tauromaquia mundial, recibiendo a las figuras más relevantes de la fiesta brava, sino también un escenario de eventos masivos que marcaron la memoria colectiva, desde combates de boxeo de campeonato mundial hasta la histórica misa ofrecida por el Papa Juan Pablo II en el año de 1993.

Hablar de la México es invocar una constelación de nombres que forjaron su leyenda sobre una arena que no perdona la duda. Por su ruedo han desfilado los pinceles de plata de Silverio Pérez, el Faraón de Texcoco, y la maestría revolucionaria de Manuel Jiménez Chicuelo. La plaza fue el reino de la elegancia de Fermín Espinosa Armillita y la temeridad de Carlos Arruza.

}Aquí, Luis Miguel Dominguín impuso su jerarquía y Manuel Benítez “El Cordobés” desató la locura con su estilo heterodoxo, compartiendo épocas con figuras de la talla de Juan García “Mondeño”, Miguel Báez “Litri” y el magisterio de Paco Camino, el Niño Sabio de Camas.

México aportó la garra de Jorge “El Ranchero” Aguilar y la prestancia de Manuel Capetillo, pero el nombre que se fundió con el concreto de la plaza fue el de Manolo Martínez. El regiomontano posee el récord de más paseíllos en este coso con 91 presentaciones, una cifra que refleja un dominio que dividió a la afición durante años.

La estadística de estos 80 años es un registro de la exigencia de su afición. Se estima que en este ruedo se han lidiado más de 15,000 toros de las ganaderías más prestigiosas del campo bravo mexicano, como San Mateo, Piedras Negras, Mimiahuápam y Tequisquiapan.

En la México se han cortado miles de orejas y cientos de rabos, trofeos que se pagan con una entrega absoluta. Además, la plaza ostenta una cifra histórica de más de 30 toros indultados por su bravura excepcional. El primero de ellos fue el toro Cupido de la ganadería de Mimiahuápam en 1951, un honor que permitió al ejemplar salvar la vida por petición de un público conocedor.

La época de oro de la México se define por sus llenos absolutos y la pasión de una afición que convirtió el rito taurino en un fenómeno social y económico. El recinto fue el motor de una dinámica local que dio vida a restaurantes, peñas taurinas y comercios que aún hoy sobreviven en los alrededores de las colonias Nochebuena, Del Valle y Nápoles.

Para los vecinos de la alcaldía Benito Juárez, la plaza representa mucho más que un centro de espectáculos; es un punto de referencia geográfico y un eje de identidad que ha resistido el paso del tiempo y la agresiva transformación del entorno urbano, que ahora luce rodeado de modernos desarrollos inmobiliarios que contrastan con la sobriedad del concreto original.

Sin embargo, el aniversario número ochenta llega en un momento de notable fragilidad institucional. En los últimos años, la Plaza México se ha convertido en el núcleo de un intenso debate ético y legal. Diversas organizaciones civiles han impulsado recursos judiciales que han mantenido el coso cerrado para las corridas de toros durante periodos prolongados, bajo el argumento de la protección animal.

Estas suspensiones han obligado a transformar la dinámica de la plaza, que ha diversificado su oferta con conciertos de artistas de talla internacional, torneos de tenis de exhibición y eventos ecuestres para mantenerse operativa, mientras los defensores de la tradición taurina reivindican su valor como patrimonio cultural e histórico.

A pesar de las controversias vigentes, la estructura de la Plaza México sigue siendo considerada un prodigio arquitectónico por su audaz uso del concreto armado y su diseño invertido. Las esculturas del artista Alfredo Just, que adornan los accesos principales y el frontispicio, son testimonios de una visión de grandeza que buscaba colocar a México en la vanguardia internacional de los recintos de espectáculos masivos. La plaza ha sobrevivido a grandes sismos, como los de 1957, 1985 y 2017, manteniendo su integridad estructural y su estatus como un templo que forma parte indisoluble del paisaje de la capital mexicana.

Este 5 de febrero de 2026, la Plaza México llega a sus ocho décadas como un gigante de concreto que observa el crecimiento de la metrópoli desde su profundidad de veinte metros. Mientras los procesos legales siguen su curso y la sociedad redefine su relación con las tradiciones heredadas, el monumento en la colonia Ciudad de los Deportes permanece como un testigo silente de la historia citadina. Su aniversario invita a una reflexión necesaria sobre la preservación del patrimonio arquitectónico y el destino de los grandes espacios públicos en una ciudad que intenta equilibrar sus raíces históricas con las nuevas sensibilidades del siglo veintiuno. El gigante de la calle de Augusto Rodin sigue en pie, custodiando el recuerdo de aquellos hombres que, vestidos de luces, desafiaron al destino sobre su arena.

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