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DAR LA VUELTA / El ‘Damo’ de Negro

Una puesta que confirma su vigencia no por el susto, sino por la maestría de quien convierte el escenario en un territorio vivo e impredecible.

POR DIEGO A. LAGUNILLA

Ocupo mi lugar al lado de mi familia, en el célebre Teatro 11 de Julio, ese que se ubica sobre Dr. Vértiz en la colonia Narvarte y si mal no recuerdo pertenece a uno de nuestros grandes sindicatos del priismo más clásico y antediluviano, confirmo que al de los mineros, napitos mediante.

El recinto pasa desapercibido, se encuentra rodeado por casas y edificios residenciales. Me sorprende que siga funcionando; aquí venía de niño, con la escuela, ya hace muchos años. Lo recordaba más grande, y con otra orientación, me llama la atención que es relativamente pequeño, pero me alegra apreciar que es cómodo y notar que las butacas están, casi, llenas.

Nos convoca un clásico del teatro, la Dama de Negro, nos reímos nerviosos; nos van a asustar, la vi hace más o menos dos décadas, pero evoco que serán de esos sobresaltos simpáticos, que alegran, como la de los niños que saben que lo van a pescar para hacer cosquillas y corren riendo a todo pulmón para que no suceda, pero más temprano que tarde, lo esperado ocurre. Se liberan de la tensión a carcajadas, reconozco que por esto la obra lleva tantos años en cartelera; a todos nos enamora la incertidumbre, particularmente la que acaba bien y de buenas.

A la puesta se le han agregado avances tecnológicos, en imagen y en sonido, aplaudo el hecho a la producción, no es necesario una gran inversión escénica para transportar al respetable a dichos, otros, mundos. El “menos es más” reina, a sus anchas, cual espacio zen, eso sí soberanamente sombrío.

Mientras la mirada divaga me llama la atención ver a alguien del público en el escenario ¿porqué está ahí? ¿cómo lo dejaron subir?, me pregunto, el caballero nos observa desde arriba con atención, ¿estará buscando a alguien? ¡qué raro!, pienso.

Para mi sorpresa empieza a hablar, titubeando, como si no quisiera, lo veo y no lo creo, no solo el cuate se subió al escenario, además se atreve a hablar al público ¿¡qué es esto!? reclamo a mis interiores, ¿por qué no lo bajan? Supongo que seguridad no tarda.

Quedo absorto con la escena, pero cual cachetada descomunal, tomo consciencia que estamos ante un actor, pero ¡qué actor!, no había visto algo así, ¡la obra comenzó sin darme cuenta!, me acomodo en la butaca, que manera de transitar del histrión, nos, me, transportó entre estadios, nos trajo de donde quisiera que viniéramos hacia ello, hacia él, magistralmente, cual sustantivo, se hizo puente, ¡increíble!

Estamos en sus manos, hace lo que quiere, nos sume conforme avanza la obra hacia un pozo, hacia una sima, donde la complejidad del personaje se proyecta sin freno, el actor lo moldea como quiere, sin miramientos ni concesiones. Los momentos de penumbra, de murmullos, de sonrisas, me permiten respirar, me abrazo con los míos, nos carcajeamos, sentimos “manitas” que tocan nuestras espaldas, pero no volteamos, no miramos, solo reímos, ¡no vaya a hacer la de malas! ¡que se aparezca algo que no queremos!

La Dama de Negro se pasea entre la concurrencia, gritos y risas se confunden, todos atentos a ella, pero para mí es lo de menos, sigo absortó en el amigo, qué manera de actuar, la señora es el rodeo, el pasaje es el “otro” Kipps, ¡qué bárbaro! ¿por qué no conocía a este clown? De apellido Pazzo, de nombre Fabián.

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