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POR LA LIBRE / Destellos de felicidad

El estado de felicidad es un mito por supuesto inalcanzable, pero a cambio podemos tener vivencias felices.

FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

Por supuesto que es un mito eso del estado de felicidad. Una de las características de la vida es su veleidosa inestabilidad física y emocional. Suponer que un día “encontraremos” la felicidad es como esperar una existencia sin cambios, pero también sin emociones.

Me parece que ese es precisamente el atractivo que nos ofrece la posibilidad de tener vivencias, encuentros, experiencias, momentos felices, generalmente pasajeros, efímeros pero no por eso menos intensos e inolvidables.

Al hacer un repaso de nuestra vida podemos identificar, convertidos ya en recuerdos, esos destellos de felicidad que en su momento fueron plenos. De niño, por ejemplo, no es para mí grato el recuerdo de mis días en la escuela primaria. Me parece que fueron más las experiencias de sufrimiento que las de felicidad. En  cambio, tengo en la memoria registrados como momentos felices cuestiones personales y familiares. Me sentí feliz, por ejemplo, el día de mi primera Comunión en la parroquia de San Juan Bautista, en Coyoacán. Y también los viajes en tren dormitorio a Veracruz con mis padres. Y los simples paseos con ellos por el Centro Histórico de la ciudad.

De mi adolescencia guardo también momentos gratos, felices tal vez. Los traslados y paseos en bicicleta con mi hermano Humberto son algunos de ellos. En general, muchas de nuestras travesías por Chapultepec fueron muy gratos. Me sentía feliz también al jugar béisbol con mis primos y mis amigos en los polvosos terrenos de la cervecería Modelo. Y desde luego recuerdo con gusto la emoción que sentí al aproximarme y platicar con Patricia, una niña simpática y linda que fue tal vez mi primera pretendida.

Los momentos que puedo considerar felices durante mi juventud y madurez están muy relacionados con mi vida emocional, afectiva. Mi noviazgo y matrimonio con mi admirada y querida Elena, el nacimiento de mis hijos y los regalos frecuentes de sus avances y logros; pero también con mi actividad profesional. Es difícil identificar si las satisfacciones en este campo fueron instantes de felicidad. Lo que puedo asegurar es que fueron emociones que me hicieron sentir bien, sobre todo en los escasos casos en que se podía constatar un efecto directo y positivo de mi trabajo como periodista con cambios favorables en la vida de las personas, de una comunidad quizá. Por supuesto, fueron vivencias efímeras, algunas de las cuales más tarde irremediablemente se revirtieron.

Los logros personales y profesionales de los hijos se convierten con frecuencia en momentos felices. Como pocos otros. Así me ocurrió muchas veces con mi hijo Francisco José y mi hija Laura Elena. Posteriormente también, hasta la fecha, con mi nieta Lua. En este campo creo que registro los momentos más felices de mi vida.

De los años más recientes puedo decir que mis mejores momentos ocurrieron al lado de mi inolvidable compañera Becky –fallecida hace tres años—, con la que compartí casi un cuarto de siglo de mi vida, sobre todo nuestros viajes. Momentos inolvidables, que podría llamarlos felices, pasamos lo mismo al lado del imponente Danubio, en Budapest, o en el jardín de las Tullerías, en París, que sentados en unas sillas de tronco a las afueras de una cabaña rustica frente al lago de Zirahuén, en Michoacán. O caminando por las empinadas calles del apartado pueblo mágico de Tapalpa, en Jalisco, para comer timbales (tamalitos envueltos en hojas de acelga) en una fonda frente al quisco. 

Hace unos meses tuve una inesperada experiencia, francamente feliz. Al cumplir mis primeros 80 años de edad, en octubre pasado, mi hijo, con la complicidad de amigos entrañables que incluso cooperaron económicamente, además de mi hija y mi nieta, me organizaron una fiesta sorpresa, que estrictamente lo fue. Ni chance tuve de sospecharlo. De pronto ahí estaban mis amigas y amigos, protagonistas de diferentes etapas de mi vida, listos para comernos una enorme paella. Algunos que no veía desde hacían treinta, cuarenta años. Abracé a cada uno de ellos, a punto de llorar.  Me sentí querido y cobijado, tal vez como nunca en mi existencia.

Esa comida se sumó además a otro festejo previo, también feliz, en el cual me acompañaron mis hermanas, mis primos y mis sobrinos –además de mis hijos y nieta que también se ocuparon de organizar el encuentro–,  en un paseo inolvidable –con tortas del Monje Loco y vino francés– por los canales de Xochimilco, abordo de dos trajineras.

En suma, me parece que el estado de felicidad es un mito por supuesto inalcanzable, pero que a cambio podemos tener vivencias felices como algunas de las aquí relatadas, tan simples e intensas como mirar un bello atardecer en el parque Hundido de la colonia Nochebuena.

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