El compromiso de los tamales une a las familias mexicanas cada 2 de febrero, tras la Rosca de Reyes.
La Ciudad de México se convierte en el epicentro de la celebración de la Candelaria con ferias gastronómicas, venta de trajes para el Niño Dios y procesiones religiosas.
STAFF/LIBRE EN EL SUR
El 2 de febrero marca en México una de las festividades más arraigadas en el calendario popular: el Día de la Candelaria. Esta fecha combina elementos del catolicismo con herencias prehispánicas y representa el cierre oficial del ciclo navideño en el país.
Su origen religioso conmemora la presentación del Niño Jesús en el templo y la purificación de la Virgen María. En la práctica cotidiana mexicana, se ha transformado en una fiesta de convivencia comunitaria y familiar que moviliza a millones de personas.
La tradición dicta que aquellas personas que encontraron la figura del niño en la rosca de reyes el pasado 6 de enero se convierten en los padrinos de la celebración. Esta responsabilidad implica costear y organizar la tamalada para sus allegados.
El compromiso es ineludible y forma parte del tejido social que refuerza los lazos de amistad y parentesco. Los participantes esperan con entusiasmo la llegada de esta fecha para degustar la amplia variedad de tamales que ofrece la gastronomía nacional en la capital.
En la Ciudad de México, la festividad cobra una dimensión particular. Uno de los puntos neurálgicos es la zona de Coyoacán, donde anualmente se realiza la Feria del Tamal con productores de diversas regiones.
En este espacio se ofrecen desde los clásicos de verde, mole y dulce, hasta versiones con ingredientes regionales como el chipilín de Chiapas o los tamales de oaxaca. La afluencia de visitantes demuestra que la tradición sigue vigente a pesar de los cambios generacionales.
Otro aspecto fundamental de esta jornada es la bendición del Niño Dios. Miles de fieles acuden a las iglesias de la capital cargando figuras de diversos tamaños, cuidadosamente vestidas con atuendos que representan a santos o motivos de salud y trabajo.
El proceso de vestir al niño es una labor artesanal que sostiene a numerosos talleres y comercios especializados. En barrios como La Merced o el Centro Histórico, la oferta de trajes es inmensa y los precios varían según la complejidad del diseño artesanal.
La vinculación prehispánica de esta fecha es igualmente relevante para entender la identidad nacional. Coincide con el inicio del mes Atlcahualo del calendario azteca, periodo en el que se realizaban ofrendas para pedir por la temporada de lluvias.
El maíz, elemento sagrado en la cosmogonía mesoamericana, era el protagonista de estas ofrendas a Tláloc. Al producirse el sincretismo religioso tras la conquista, el consumo de tamales se integró de manera natural a la celebración de la Candelaria.
El impacto económico de esta fecha en la capital es considerable para los pequeños comercios. Las panaderías, los molinos de masa y los vendedores ambulantes de tamales experimentan un incremento significativo en sus ventas anuales durante esta jornada.
Se estima que el consumo de tamales este día se cuenta por millones de unidades en el área metropolitana. Esto impulsa la economía local y mantiene vivos los oficios relacionados con la elaboración artesanal de este alimento a base de masa y manteca.
Más allá del aspecto gastronómico, el Día de la Candelaria funciona como un mecanismo de cohesión social. La dinámica de pagar el niño fomenta la reciprocidad y el encuentro físico en un entorno que suele ser cada vez más digitalizado.
Las oficinas, las escuelas y los hogares se detienen por un momento para compartir los alimentos. Es una costumbre que ha pasado de padres a hijos durante siglos y define una parte esencial de la identidad del mexicano contemporáneo en la gran ciudad.
En el contexto urbano, la logística para este día se transforma notablemente. Es común observar desde tempranas horas largas filas en los puestos de tamales más reconocidos de cada colonia, donde la demanda supera habitualmente la oferta cotidiana.
El atole, bebida que acompaña invariablemente al alimento sólido, se prepara en grandes ollas para completar el ritual. La variedad de sabores refleja la riqueza biodiversa de México, incorporando chiles, carnes, legumbres y frutas según la receta familiar.
La celebración concluye así el ciclo que inició con las posadas y la Navidad en diciembre. El 2 de febrero no es solo un compromiso culinario, sino una manifestación de la resiliencia cultural de un pueblo que encuentra en la mesa el lugar para honrar su pasado.
Con la bendición de las velas y la comida compartida, la capital mexicana renueva sus votos de fe y tradición un año más. Se cierra de este modo un círculo de festividades que otorgan identidad y sentido de comunidad a la sociedad capitalina.
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