“Ya estamos en febrero y me comprometí a escribir un elogio de mi amistad con Consuelo Sáizar Guerrero, cuando la festiva soltería era nuestro estado civil…”
POR PATRICIA VEGA
Todavía conservo el buen sabor de boca y un espíritu alegre y festivo: hace unos días mi querida y admirada amiga Consuelo Sáizar de la Fuente ingresó a la Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras, correspondiente de la Real Española. Por su pertinencia y audacia, su discurso de esa noche será leído y analizado en distintos círculos intelectuales de México y el extranjero. Me atrevo a sostener que marcará un parteaguas de cara a la historia cultural de nuestro país. De manera indiscutible es uno de los muchos picos que han existido en su vida.
“Los archivos del porvenir: la memoria y su custodia” fue el título de una disertación sobresaliente en la que Sáizar se posicionó de manera brillante ante los objetos más amados por ella y a los que ha dedicado gran parte de su trayectoria profesional: los libros, ya sea como su editora, promotora y custodia –funcionaria pública o de manera privada—o como centro de una íntima fuente de placer, conocimiento y conversación profunda a través de su lectura constante; el libro, en síntesis, “como el instrumento cultural más poderoso de nuestra civilización”.
Además Sáizar transformó su gratitud en un compromiso intelectual, pues asume con responsabilidad la distinción de ocupar un lugar en la mencionada academia con la certidumbre de poder enfrentar el reto que se despliega entre “la preservación de los fondos bibliográficos y el examen crítico de las tecnologías que reorganizan la memoria”. Es decir, defender “la permanencia del impreso e impulsar paralelamente la innovación en sus formas digitales…”
Ya habrá otra ocasión y espacio para retomar muchas de las ideas que Sáizar nos presenta en su discurso de ingreso a la academia mencionada. Simplemente añadiré que encuentro una gran coherencia entre sus profundos planteamientos intelectuales y la sencillez con la que se presenta en su perfil de Facebook, como una persona “tan amante de los libros de papel como de las pantallas”, síntesis engloba con precisión sus afanes cotidianos.
Ya estamos en febrero y me comprometí a escribir un elogio de mi amistad con Consuelo Sáizar Guerrero, cuando la festiva soltería era nuestro estado civil. En 1983 coincidimos en un curso de producción radiofónica impartido en una de las estaciones radiales más relevantes del país: Radio UNAM. Ambas acabábamos de egresar de nuestras licenciaturas en Ciencias de la Comunicación Social, donde nuestros orígenes provincianos –ella nació en Acaponeta, Nayarit y yo en Tijuana, Baja California—fueron cincelados de múltiples maneras al tiempo que observábamos al mundo que se desplegaba ante nosotras con gran curiosidad y desparpajo.
En 1984 buscábamos la mejor manera de encajar en las actividades que definirían nuestro futuro. Muy pronto tuvimos la oportunidad de incorporarnos a dos proyectos que fueron la piedra de toque inicial en nuestras incipientes trayectorias profesionales: Consuelo fue nombrada directora de la Editorial Jus –la niña Jus, la llamaban– y yo me incorporé a la sección cultural de un periódico que recién nacía: La Jornada y me decían la Vega, Vega o Veguita. Descubrimos juntas muchas de las actividades culturales y nocturnas de la otrora gloriosa Ciudad de México, que entonces bullía en medio de una gran cantidad de grupos de artistas independientes o alternativos que florecían por todas partes.
Era frecuente que Consuelo –Cheli, para sus amistades más cercanas—y yo nos encontráramos en exposiciones y museos; íbamos a las mismas obras de teatro y salas de conciertos; veíamos las películas de moda y las de arte, leíamos los libros que nos recomendábamos y que eran el tema de muchas conversaciones que se iniciaron con un “no te puedes perder…”
Pasaron los años y fuimos madurando en forma paralela; prácticamente frente a frente y tomadas de la mano, aprendiendo a respetar nuestras diferencias y cultivar nuestras coincidencias, construyendo así las identidades y formas de ser que hoy nos caracterizan. Nuestros puntos de vista divergentes nos permitieron ampliar y enriquecer nuestra manera de ver el mundo o asomarnos a mundos que a las dos nos son ajenos. El futbol, por ejemplo, del que yo no entiendo ni papa.
Ahora que vivo en la colonia Del Valle, muchas veces tomo la avenida Coyoacán y paso frente al que fuera su primer hábitat: un departamento muy pequeño –el edificio todavía existe– muy ad hoc para una joven que, terminando sus estudios en la Universidad Iberoamericana, se estaba convirtiendo en una prometedora y exitosa empresaria editorial, rodeada de mentores como Carlos Monsiváis o Andrés de León por mencionar a sólo un par.
Todavía me asombro ante los pocos metros cuadrados que Consuelo necesita para vivir bien y las pocas cosas materiales que necesita para ser feliz. Es realmente una persona que viaja ligera de equipaje, lo que facilita un espíritu nómada que cultiva con esmero, pues le encanta viajar cada que su situación lo permite.
Cierro los ojos y todavía puedo reproducir mentalmente el restaurante Konditori de Insurgentes Sur, su lugar preferido para desayunos, comidas y cenas sociales y de negocios. Ahí nos encontramos muchas veces y fuimos desarrollando los protocolos y etiquetas para nuestras interacciones.
Ahora que veo lo recorrido en retrospectiva, me doy cuenta de que a lo largo de los años Cheli y yo hemos cultivado los mejores valores y virtudes morales de la amistad: la entrega, la sinceridad, la confianza, la igualdad, la generosidad… nos hemos acompañado de manera solidaria en nuestras derrotas y tristezas, pero también hemos celebrado nuestros triunfos y alegrías, sin envidias ni competencias.
Conocí a sus papás y hermanos y ella a mi mamá durante el eclipse de 1991 en la playa de Novillero, en Nayarit. Vivimos por unos minutos una falsa noche y volteamos al cielo para descubrir los secretos de la bóveda celeste y su efecto en nuestras vidas.
Ese misterio permanece todavía intocado al igual que el de las redes neurológicas que nos apasionan tanto…
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