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Emilio Montemayor, nuevo director del Museo Nacional de Culturas Populares

Un relevo con perfil técnico y experiencia en estudios de público

El reto de devolverle al museo la intensidad crítica de los años noventa.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

El patio empedrado de Coyoacán ha visto pasar danzantes, músicos jarochos, artesanos wixaritari, cocineras tradicionales y académicos con libreta en mano. Ahí, entre bugambilias y puestos de libros, el Museo Nacional de Culturas Populares fue durante los años noventa algo más que un museo: un laboratorio vivo donde la cultura popular no se exhibía, se discutía… y también se disfrutaba.

La llegada de Emilio Montemayor Anaya a la dirección, anunciada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, supone un relevo con un perfil marcadamente técnico. Antropólogo social egresado de la ENAH y maestro en Estudios Mesoamericanos por la UNAM, ex alumno del Colegio Madrid, Montemayor ha desarrollado su trayectoria en la gestión museística, la investigación de públicos y el diseño de contenidos curatoriales.

Entre 1992 y 2005 trabajó en la Coordinación Nacional de Museos y Exposiciones del INAH, donde fundó el Programa Nacional de Estudios de Público, una línea pionera enfocada en analizar perfiles y hábitos de visitantes para ajustar contenidos, evaluar impacto cultural y diseñar estrategias con base en evidencia. Ha participado en la planeación de guiones científicos, cedularios y proyectos multimedia en recintos como el Gran Museo del Mundo Maya, el Museo Regional de Guadalupe, la Galería de Historia Museo del Caracol y el Museo de Historia Natural en Chapultepec.

Pero el desafío que enfrenta no es solamente de gestión. Es de espíritu.

En los años noventa, el MNCP —fundado en 1982 por Guillermo Bonfil Batalla— logró algo poco común: combinar rigor antropológico con convocatoria popular. Las exposiciones sobre arte wixárika o textiles indígenas incorporaban contexto ritual y presencia directa de creadores; las dedicadas al Día de Muertos o a juguetes tradicionales activaban talleres, música, interacción. Las familias acudían en número considerable, no por obligación escolar sino por genuino interés.

La muestra sobre el circo mexicano convirtió las salas en carpa simbólica: carteles vibrantes, memoria de dinastías itinerantes y el humor del payaso como crítica social. La dedicada a la radio no solo exhibía aparatos antiguos; recreaba cabinas, voces, jingles, radionovelas. Había nostalgia, sí, pero también análisis sobre cómo los medios moldearon imaginarios colectivos.

El museo discutía migración, culturas urbanas y transformaciones artesanales cuando esos temas apenas comenzaban a ganar espacio público. Pero lo hacía sin solemnidad excesiva. Había densidad conceptual y, al mismo tiempo, un componente lúdico que atraía públicos diversos. Se aprendía y se pasaba bien.

Con el cambio de siglo, el recinto mantuvo actividad constante, pero no ha recuperado aquella mezcla de intensidad crítica y vitalidad festiva que lo convirtió en referente. La programación se volvió más prudente; menos arriesgada, menos expansiva.

Montemayor asume con la encomienda de fortalecer vínculos con comunidades originarias y afrodescendientes y de consolidar la salvaguarda del patrimonio vivo. Si su experiencia en estudios de público logra traducirse en exposiciones que convoquen, provoquen y diviertan sin trivializar, el museo podría recuperar esa fórmula rara: pensamiento profundo con patios llenos.

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