Ícono del sitio Libre en el Sur

Entrar al hospital para morir

El miedo al hospital es una memoria histórica que persiste entre los avances de la medicina y las deudas de la atención humana.

POR NADIA MENÉNDEZ

Más allá de estas puertas hay salas, y tras ellas otras salas, y aún más salas, cada vez más lejanas y más difíciles de regresar. (Philip Larkin, 1974)

El miedo popular a la idea de ir al hospital para morir debe entenderse no como una superstición, sino como una memoria histórica social arraigada en experiencias repetidas de enfermedad y muerte. La frase “al hospital no vayas, que de ahí no se sale” concentra una experiencia colectiva, ya que durante siglos el hospital fue percibido no como un espacio de curación.

Como explica Risse (1999), el hospital medieval europeo nació bajo el signo de la caridad cristiana, no de la terapéutica moderna. Instituciones como el hospital Hôtel-Dieu (Casa de Dios) de París recibían sobre todo a pobres, peregrinos, enfermos graves y moribundos. La curación, cuando ocurría, era secundaria frente a la asistencia espiritual y material.

Esa asociación entre hospital y muerte tuvo bases concretas. Antes de la bacteriología, las salas hospitalarias solían estar hacinadas, mal ventiladas y sometidas a condiciones que favorecían la transmisión de enfermedades. Howard (1789), al inspeccionar hospitales europeos, describió espacios donde la mortalidad podía ser extremadamente elevada y donde el ingreso suponía un riesgo adicional al padecimiento original.

Por ello, el miedo al hospital no surgió solo de creencias populares, sino de una experiencia social, ya que ingresar al hospital podía significar exponerse a infecciones y a morir.

Durante el siglo XVIII, la reforma ilustrada intentó transformar el hospital en una institución racional y salubre. La arquitectura, la ventilación, la separación de camas y la reorganización de los espacios fueron presentadas como soluciones para reducir la mortalidad. Tenon (1788), en su memoria sobre los hospitales parisinos, describió con detalle las condiciones de hacinamiento, los problemas sanitarios y la necesidad de reformar la organización hospitalaria.

Sin embargo, aquellas reformas tuvieron límites evidentes. Sin una teoría microbiana de la infección, el rediseño físico de los edificios no bastaba para convertir al hospital en un espacio plenamente terapéutico.

La transformación llegó con la revolución bacteriológica del siglo XIX. Pasteur, Lister y Semmelweis permitieron reinterpretar el hospital como un espacio que podía ser controlado mediante higiene, antisepsia y esterilización. Porter (1997) señala que la medicina moderna cambió radicalmente con el descubrimiento de los gérmenes, el lavado de manos, la separación de pacientes infecciosos y la esterilización del instrumental. A partir de entonces, ciertas intervenciones quirúrgicas comenzaron a ser más seguras dentro del hospital que en el domicilio.

Sin embargo, la memoria social no cambió al mismo ritmo que la estadística médica: generaciones enteras habían aprendido a asociar el ingreso hospitalario con la posibilidad de morir.

En México, esa desconfianza tuvo rasgos propios. Carrillo (2002) documenta que, en las primeras décadas del siglo XX, algunos pacientes del Hospital General de México resistían el internamiento, escapaban o se negaban a permanecer hospitalizados. Para poblaciones indígenas, campesinas y pobres, el hospital podía representar no solo un riesgo físico, sino también una separación de la familia, de la comunidad y de las formas propias de cuidado.

La desconfianza, por tanto, expresaba una relación desigual entre instituciones médicas y grupos sociales con poco poder para negociar las condiciones de su atención.

El siglo XX convirtió al nosocomio en el centro simbólico de la biomedicina. La anestesia, los antibióticos, la imagenología diagnóstica, las unidades de cuidados intensivos y los trasplantes reforzaron la imagen del hospital como lugar de salvación.

No obstante, esa centralidad también produjo críticas. Foucault (1963) argumentó que la medicina clínica moderna transformó el cuerpo del paciente en objeto de observación, clasificación y saber. Desde esta perspectiva, el hospital no solo cura: también ordena, vigila y reduce al paciente a expediente, cama, diagnóstico o caso clínico.

La crítica se profundizó con Illich (1975), quien sostuvo que la medicina industrial podía producir nuevas formas de enfermedad mediante la iatrogenia, es decir, daños causados por los propios tratamientos o instituciones médicas.

Bajo esta mirada, el hospital aparece como una institución ambivalente: salva vidas, pero también puede generar infecciones nosocomiales, errores de medicación, úlceras de decúbito, efectos adversos y experiencias de despersonalización. El viejo temor a la «fiebre de hospital» no desaparece, sino que se transforma en preocupaciones contemporáneas sobre bacterias resistentes, procedimientos invasivos y pérdida de autonomía del paciente.

La pandemia de covid-19 reactivó con fuerza esa memoria histórica. Las imágenes de hospitales saturados, pacientes intubados en soledad y familias incapaces de despedirse de sus familiares moribundos devolvieron al imaginario público la idea del hospital como espacio de salvación y muerte simultáneas.

Roozenbeek et al. (2020) muestran que la pandemia también abrió paso a teorías y narrativas de desconfianza hacia las instituciones sanitarias. Aunque muchos de esos planteamientos, para algunos, fueron extremos, revelaron un malestar real: la opacidad de los sistemas médicos, la mala comunicación institucional y la angustia de morir aislado dentro de un espacio altamente tecnificado.

La continuidad histórica no reside en que el hospital medieval y el hospital contemporáneo sean equivalentes. Lo que cambia es la naturaleza del peligro: antes predominaban el hacinamiento, la falta de higiene y el desconocimiento de la bacteriología; hoy pesan las infecciones resistentes, los errores institucionales, la saturación de servicios y la deshumanización de la atención.

Lo que permanece es la estructura de la experiencia: el hospital es un lugar donde el cuerpo queda expuesto a riesgos que no existían antes del ingreso.

Por ello, el miedo al hospital debe entenderse como un indicador de desigualdad y de confianza institucional. Históricamente, quienes más han temido al hospital han sido quienes menos poder han tenido frente a sus lógicas: pobres, ancianos, migrantes, poblaciones rurales e indígenas. Su desconfianza expresa experiencias acumuladas de invisibilidad, maltrato, separación familiar o muerte sin acompañamiento.

En ese sentido, la humanización hospitalaria —cuidados paliativos, comunicación empática, acompañamiento familiar y respeto a la muerte digna— no es un complemento menor de la medicina científica, sino una condición para reconstruir la confianza social.

En síntesis, el hospital moderno no puede negar su capacidad de curar, prolongar la vida y realizar intervenciones imposibles fuera de sus muros. Pero tampoco puede olvidarse que esos mismos espacios han sido históricamente lugares de sufrimiento, poder y muerte.

La frase popular que identifica el hospital con el riesgo de no volver no pertenece simplemente al pasado: es la memoria de una ambivalencia institucional. Mientras los sistemas de salud no resuelvan sus deudas con la equidad, la transparencia y el trato humano, esa memoria seguirá siendo socialmente comprensible.

Compartir

comentarios

Salir de la versión móvil