La medicina ha curado, pero también ha causado daño al promover tratamientos que luego se revelaron peligrosos; estos casos muestran que el conocimiento médico avanza con errores y debe analizarse críticamente.
POR NADIA MENÉNDEZ DI PARDO
Una de las principales obligaciones del médico es enseñar a la población a no tomar medicamentos.
William Osler, 1904.
Desde sus inicios, la medicina no solo ha combatido múltiples enfermedades y padecimientos, sino que ha derivado de manera indirecta a generar nuevos problemas de salud. A lo largo de los siglos XIX y XX el saber médico de diferentes países, incluido México, promovió sustancias y diferentes tipos de tratamientos que hoy sabemos son altamente adictivas, dañinas y perjudiciales.
Estos episodios no pueden reducirse simplemente como “errores” médicos, sino como parte de la forma en que el conocimiento científico se ha construido a lo largo del tiempo.
La medicina no avanza en línea recta, sino dentro de contextos marcados por lo que se sabe, lo que se cree posible y también por intereses y limitaciones de cada época.
Como explica Michel Foucault (1976), cada periodo define sus propias “verdades”, mientras que Georges Canguilhem (1968) señala que incluso los llamados errores forman parte del desarrollo del conocimiento. Más que calificar el pasado con criterios actuales, estos acontecimientos replantean entender cómo y por qué ciertas prácticas fueron consideradas válidas y validadas en un momento determinado.
A finales del siglo XIX, por ejemplo, la empresa farmacéutica Bayer introdujo la heroína como un fármaco innovador.
Se le consideraba un sustituto seguro de la morfina y un eficaz remedio contra la tos. Como señalan Virginia Berridge (2013) y Susan Zieger (2008), muchos médicos adoptaron rápidamente su uso clínico, convencidos de sus beneficios terapéuticos.
Sin embargo, en pocos años se hizo evidente que la sustancia generaba una dependencia más intensa que aquella que pretendía reemplazar.
Algo similar ocurrió con la cocaína, utilizada en el siglo XIX como un estimulante y anestésico revolucionario. Diversos médicos la emplearon en tratamientos clínicos e incluso en productos comerciales de consumo cotidiano. Según David Herzberg (2009), su popularidad se debió en parte a la falta de comprensión sobre sus efectos a largo plazo. Lo que inicialmente fue visto como un avance médico terminó siendo reconocido como un problema de salud pública. El caso del tabaco resulta aún más revelador.
Durante buena parte del siglo XX, algunas campañas publicitarias presentaban a facultativos recomendando cigarros como una opción “saludable” o relajante. Tal como documenta Robert N. Proctor (2012), la industria tabacalera logró posicionar el consumo de cigarros dentro de un discurso médico que minimizaba sus riesgos. No fue sino hasta décadas después que la evidencia científica consolidó su relación con enfermedades graves como el cáncer.
Pero estos no fueron los únicos casos. Durante el siglo XIX, el uso de mercurio fue ampliamente promovido para tratar enfermedades como la sífilis y aunque podía generar cierta mejoría temporal, sus efectos tóxicos incluían daño neurológico, pérdida de dientes y deterioro general del organismo. Como explica Porter (1997), el tratamiento era tan agresivo que dio origen a la frase “una noche con Venus, una vida con Mercurio”. Otro ejemplo es el del arsénico, utilizado en tónicos medicinales y productos cosméticos en el siglo XIX. Estas preparaciones prometían mejorar la salud y la apariencia física, pero su consumo prolongado podía causar intoxicación crónica.
Según Jonathan Parascandola (2011), muchos de estos remedios reflejaban una medicina todavía en transición, donde los límites entre cura y veneno no estaban claramente definidos.Incluso en el siglo XX, tratamientos considerados innovadores terminaron mostrando efectos adversos severos. Por ejemplo la lobotomía, fue un procedimiento promovido como una solución para trastornos mentales severos, miles de pacientes fueron sometidos a este procedimiento que, aunque reducía ciertos síntomas, provocaba graves alteraciones cognitivas y emocionales. Como señala Jack Pressman (1998), su uso masivo respondió tanto a la falta de alternativas terapéuticas como al prestigio de la autoridad médica.
Más recientemente, la crisis de los opioides ha puesto en evidencia que medicamentos como OxyContin (un potente analgésico) fueron promovidos en la década de 1990 como tratamientos seguros para el dolor crónico. De acuerdo con Nancy D. Campbell (2007), la confianza en estudios financiados por la industria llevó a muchos médicos a recetarlos de manera masiva, subestimando su potencial adictivo. El resultado fue una crisis sanitaria de gran magnitud.
Estos casos muestran que los alcances y límites de la medicina no responden únicamente a prácticas y situaciones, sino a condiciones estructurales. La falta de estudios a largo plazo, la influencia de intereses económicos y la confianza excesiva en la innovación científica han sido factores recurrentes. Además, durante mucho tiempo la adicción y la toxicidad fueron mal comprendidas, ya sea como problemas morales o como efectos secundarios inevitables del progreso médico.
Reconocer estos episodios no implica desacreditar la ciencia, sino comprender su carácter dinámico. Como señalan diversos estudios históricos, el conocimiento médico avanza a través de revisiones, correcciones y, en ocasiones, rectificaciones profundas, muchas veces impulsadas por crisis sanitarias que evidencian sus límites.
Hoy, en un contexto marcado por el desarrollo constante de nuevos tratamientos, estas historias impulsan a adoptar una mirada reflexiva, pues la medicina no avanza de forma lineal sino en medio de cambios, debates y límites propios de cada época.
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