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Ese soplo no cancela la luz 

El óleo parece haber retenido el instante exacto en que el aire abandona los labios del niño. No hay movimiento, pero todo vibra:

POR NANCY CASTRO

El sueño no se archiva: se repliega. Respira donde la memoria aún no decide si recordar o inventar. La imagen que sucede es la de un niño apagando la vela, tampoco es una escena: es un umbral. Por eso la imagen del niño no desaparece, sólo se suspende —como una brasa contenida— en ese borde donde el cuerpo duda en duermevela  entre exhalar y sostenerse.

 Al soplar no extingue la luz, la desplaza. La empuja hacia adentro. La imagen va y viene como la luz cuando amanece: no irrumpe, tantea. Se filtra por las rendijas de lo aún no dicho, avanza con cautela sobre las superficies del pensamiento, temiendo fijarse del todo y perder su condición de sueño.  A ratos es nítida —el gesto preciso, los labios en forma de soplo, la llama inclinándose—, y a ratos se disuelve, como si alguien hubiera pasado la mano por encima de lo que la noche trae.

Pero en ese ir y venir hay una insistencia.

No regresa para ser entendida, sino para ser habitada.

Algo en esa oscilación convoca al cuerpo: el pecho acompasa su ritmo, el aliento se ajusta sin saber por qué, como si la imagen no sólo se viera, sino que se respirara. Y en ese vaivén —entre aparición y repliegue— la luz no termina de nacer ni de extinguirse.

Permanece.

Como si el amanecer no fuera un momento, sino una herida abierta de la noche.

Y es allí donde, años después —o siglos, porque en estos pasajes el tiempo no transcurre: se sedimenta—, el visitante entra en aquella sala. No llega por indicaciones, ni por mapa, sino por una especie de fidelidad secreta. Algo en él ya conocía ese cuadro y entonces una suerte de algarabía surgiendo desde el diafragma hasta el hipotálamo explota como confetis propulsados:  ¿Qué significa esto? ¿Dónde lo he visto?

En la penumbra del museo, la pintura de Él Greco no cuelga: vigila. No representa: insiste.

El óleo parece haber retenido el instante exacto en que el aire abandona los labios del niño. No hay movimiento, pero todo vibra: la llama en retirada, el gesto concentrado, la oscuridad que no invade sino que espera. Porque en El Greco la sombra nunca es ausencia: es materia en tensión, una forma de la espera.

El espectador —que ha venido cargando durante años con esa imagen sin saberlo— se acerca. No reconoce el cuadro, pero algo en su cuerpo se adelanta. El diafragma vuelve a responder, como si aquella escena reclamara una respiración específica para ser vista.

Y entonces ocurre.

No es comprensión. No es recuerdo.

Es resonancia.

Las lágrimas no brotan por tristeza ni por belleza. Brotan porque algo, finalmente, encuentra su lugar de eco. Como si esa imagen que había quedado atrapada en el archivero de la memoria no buscara significado, sino correspondencia. No preguntaba “¿qué es esto?”, sino “¿dónde puedo seguir siendo?”.

Y la pintura responde.

Pero no con palabras.

Responde manteniendo encendida, en otro plano, la misma vela que el niño parece apagar.

Porque el gesto —ese soplo— no cancela la luz: la traslada al que mira.

Y ahora es el visitante quien la sostiene, sin saber aún qué hacer con ella.

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