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Espejismos de Año Nuevo    

“En años medimos principalmente el transcurso de nuestras vidas; pero aparte de ser una marca en el tiempo, cada año es también una esperanza de cambio…”

POR RODRIGO VERA

Un año nuevo siempre despierta en nosotros esperanzas desbocadas, como las del ritual de las uvas realizado la medianoche de cada 31 de diciembre, cuando las familias reunidas suelen comer 12 uvas pidiendo prosperidad en cada uno de los meses del año que comienza. Un mes venturoso por cada uva. Piden dinero, buena salud, felicidad, éxitos y todo lo mejor de la vida.     

Entre copa y copa, en esa última cena de año viejo, amigos y familiares se preguntan unos a otros con mucho entusiasmo:

–¿Cuál es tu principal deseo de año nuevo?

         –Comprarme un auto del año.

         –¿Y el tuyo?

         –Tener salud, dinero y amor.

         –¿Y el tuyo?

         –Sacarme la lotería.

Luego se dicen la frase común del festejo: “Que todos tus deseos se vuelvan realidad, muchas felicidades”, como si tal cosa fuera tan fácil.

En años medimos principalmente el transcurso de nuestras vidas. Pero aparte de ser una marca en el tiempo, cada año es también una esperanza de cambio. Por eso las vísperas de año nuevo nos provocan la ilusión de que nuestro pasado es una especie de vestido viejo y desgastado el cual podemos cambiar con facilidad por uno nuevo y reluciente, totalmente distinto. “Año nuevo, vida nueva”, dice el refrán.  

Así, por esas fechas no solo los niños viven esperanzados con la llegada de Santa Claus y los Reyes Magos, personajes de la imaginación popular, también los adultos esperamos –entre villancicos, posadas y árboles navideños— la llegada de un futuro mejor. Las ilusiones florecen para todos.

Pero la mayoría de las veces solo sucumbimos al hechizo del llamado “pensamiento mágico”; el creer que sin un esfuerzo constante de nuestra parte se cumplirán nuestros deseos, que el ansiado futuro exitoso no forma parte de una continuidad con nuestro pasado, sino más bien es producto de una repentina buena suerte debido a algún amuleto, a las oraciones a nuestro santo preferido o incluso a los planetas del universo que se desplazaron a nuestro favor, como si Júpiter o Plutón estuvieran al pendiente de nuestras vidas.

Ortega y Gasset dedicó parte de su obra filosófica a sacarnos de esos equívocos, al recordarnos que no podemos escapar a “la continuidad” con nuestro “pasado” porque éste es parte de nuestro “ser”, por lo que siempre se vuelve “presente”. De ahí que para mejorar nuestras vidas necesitemos un “quehacer” continuo. Ese es nuestro “trágico destino”. Y nos aconseja: “Para superar el pasado es preciso no perder el contacto con él; por el contrario, sentirlo bien bajo nuestras plantas porque nos hemos subido sobre él”.

Pero la realidad misma se encarga de poner las cosas en su sitio tan pronto pasan las vacaciones decembrinas colmadas de ilusiones y buenos deseos. Hay un duro regreso a la vida cotidiana: volver al trabajo, a la rutina, a las carencias diarias y aparte debemos afrontar los gastos de los viajes, regalos y festejos navideños, para lo cual hay que apretarse el cinturón e incluso pedir préstamos.      

Subir una “cuesta” requiere mucho mayor esfuerzo que caminar sobre terreno plano, y más todavía si está muy empinada y exige agarrarse de ásperos matorrales para apoyarnos. Por ello, nada más exacto que llamarle “cuesta de enero” a ese pedregoso camino de subida que cada comienzo de año debemos recorrer para volver a la normalidad.        

En ese periodo, en el Nacional Monte de Piedad se dispara el número de prendas dejadas en empeño a cambio de un préstamo. En enero de 2025 se registraron 211 mil 821 empeños, “desde un anillo hasta un automóvil”, según informó la institución. Se les prestó un promedio de 5 mil 487 pesos a cada desventurado que se vio en la necesidad de recurrir al empeño para sortear la “cuesta de enero”.

 Viene después febrero, marzo, abril y los siguientes meses del año… Y vemos que nuestros deseos no se cumplen. El tiempo pasa. Nuestra vida sigue igual.

Se les llama “fata morgana” a los fenómenos de espejismo que se ven a lo lejos en los desiertos, semejando frescos lagos de agua azulada. Pero esas visiones desaparecen al llegar al punto en el que supuestamente estaban. Nunca existieron. Fueron pura ilusión óptica. La ardiente arena del desierto sigue ahí. Igual ocurre con nuestros espejismos de principios de año, muy pronto se esfuman.

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