Entre sorbos de espresso y acuerdos en voz baja, la diplomacia se sirve con escolta incluida.
Hay cafés que se piden cargados, otros descafeinados y algunos —los más peligrosos— se sirven con discreción diplomática y escolta incluida. En este cartón, la mesa es pequeña pero el menú es internacional: él, con ese peinado inconfundible y el dedo índice en modo “deal”, le susurra a Clau que entre ellos sí hay entendimiento. Como si el café fuera soluble, pero las alianzas, instantáneas.
Mientras tanto, a un costado, el tipo del FBI no bebe nada: solo observa. Porque hay encuentros que no necesitan azúcar, sino micrófono ambiental. La escena parece cita romántica de cafetería hipster, pero huele más a thriller político con aroma a espresso. Y uno no sabe si el verdadero sabor amargo está en la taza… o en la conversación.

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