Obra pública acelerada por el Mundial deteriora el arbolado; pese a denuncias, este ejemplar sigue en riesgo
Un árbol de 25 años crece comprimido en una jardinera mínima, con raíces sin espacio.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
En plena avenida Revolución, sobre la banqueta frente al Soriana de la colonia Nonualco Mixcoac, un fresno mexicano —Fraxinus uhdei, especie emblemática del arbolado urbano capitalino— sobrevive en condiciones que distan mucho de lo que requiere para desarrollarse de manera sana.
No se trata de un ejemplar menor: por su porte y desarrollo, alcanza una altura aproximada de entre 10 y 12 metros, con una copa ya formada que evidencia años de crecimiento sostenido. El diámetro del tronco, estimado a la altura del pecho, ronda los 40 centímetros, lo que ubica su edad en torno a los 25 años.
Es decir, no es un árbol joven ni prescindible. Es un individuo adulto, en plena capacidad de ofrecer servicios ambientales: sombra, captura de contaminantes, regulación térmica. Y, sin embargo, se encuentra —literalmente— contenido en un espacio que lo estrangula.
La jardinera en la que fue plantado resulta visiblemente insuficiente. El suelo está completamente sellado alrededor, limitado por concreto colocado recientemente, que impide la correcta expansión de las raíces. No hay área de infiltración suficiente, ni espacio para el intercambio de oxígeno.
Lo que debería ser un sistema radicular amplio y profundo —propio de un fresno— ha sido forzado a crecer en condiciones de encierro. De ahí la imagen elocuente: un árbol “ahorcado” por la infraestructura urbana.

Este escenario no es casual. La condición actual del árbol es consecuencia directa de una obra del Gobierno de Ciudad de México, ejecutada de manera apresurada como parte de la renovación de banquetas en la zona, en el contexto de intervenciones vinculadas al Mundial.
La intervención priorizó la rapidez y la uniformidad del pavimento por encima de cualquier criterio técnico de arboricultura: se redujeron al mínimo las jardineras, se compactó el suelo y se sellaron superficies que antes permitían cierta respiración del subsuelo.
El caso de este ejemplar en avenida Revolución, a la altura de Nonualco Mixcoac, es paradigmático. A sus 25 años, debería encontrarse en una etapa de madurez plena, con un sistema radicular estable y una copa equilibrada.
En cambio, presenta signos de estrés estructural: crecimiento condicionado, posibles cortes de raíces derivados de la propia obra pública y una copa probablemente intervenida para evitar conflictos con cableado o mobiliario urbano.
El problema no es el árbol. Es el entorno que se le impone.
Tras la denuncia pública realizada en Libre en el Sur, autoridades capitalinas intervinieron en al menos dos casos similares en la misma zona, donde se liberó parcialmente el espacio de plantación para permitir la recuperación de otros árboles.
Sin embargo, este fresno permanece en las mismas condiciones críticas. Nadie ha regresado a abrir su entorno inmediato ni a corregir el sellado del suelo que hoy compromete su supervivencia.
Diversos especialistas en arboricultura urbana han señalado que especies como el fresno requieren espacios mínimos de plantación mucho mayores a los que comúnmente se les asigna en banquetas de la ciudad.
Cuando estos requerimientos no se cumplen, no solo se compromete la salud del árbol, sino también la seguridad pública: raíces que fracturan el concreto, troncos debilitados, riesgo de caída en eventos de viento o lluvia.
A pesar de ello, la política de manejo del arbolado urbano sigue privilegiando la contención sobre el desarrollo. Se poda para controlar, se encajona para ordenar, se interviene para adaptar al árbol a la ciudad, en lugar de adaptar la ciudad al árbol.
Así, frente a un supermercado y a la vista de miles de personas que transitan diariamente por la zona, un fresno mexicano de 25 años permanece como testimonio vivo de esa contradicción: un organismo que creció para expandirse, obligado a sobrevivir en un espacio que lo asfixia.
No es una metáfora exagerada. Es, literalmente, un árbol al que el propio Gobierno de Ciudad de México mantiene “ahorcado”.
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