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Gotas al mayoreo

“La caída del agua desde el cielo me instaló luego en diversos estados de ánimo, y de la curiosidad  de la niñez, salté a la sensaciones de lo que uno supone conecta con el romanticismo, la nostalgia o la alegría de mirar la lluvia sin mojarse…”

POR ALEJANDRO ORDORICA SAAVEDRA

La primera vez que sentí la lluvia, me llevó a la cama. Todo empezó cuando al salir de la escuela, en los primeros años de la primaria, me topé con charcos inmensos, frescos, reflejantes, invitándome a cruzarlos y chapotear hasta quedar sumergidos mis zapatos en su totalidad. Un día después, amanecí resfriado y con una fiebre que me condujo al horror de las inyecciones tan temidas.

Experiencia, que completó mi conocimiento de la lluvia, que apenas asomaba teóricamente en  las explicaciones del maestro sobre las 4 Estaciones, cuando todavía podían delimitarse con precisión. No ahora, cuando en un solo día pueden experimentarse en su conjunto.

La caída del agua desde el cielo me instaló luego en diversos estados de ánimo, y de la curiosidad  de la niñez, salté a la sensaciones de lo que uno supone conecta con el romanticismo, la nostalgia o la alegría de mirar la lluvia sin mojarse. En especial, lo que llamaría la resurrección meteorológica, en tanto que conjugar el verbo llover es vida que renace, disipa, limpia, renueva…

Ya en mi adolescencia e incipiente, conciencia cívica, advertí que tan vital líquido se inscribía en las noticias con escasez, ocasionando hambre y muerte por el desborde de ríos y caudales, que anegando sin distinguir campiñas y ciudades, pero por igual provocando grandes perjuicios.

Al paso del tiempo, esas omisas o incontroladas precipitaciones me infundieron un sentimiento de impotencia por la incapacidad de los gobiernos para prever o aprovecharla y distribuirla con equidad, sin importar la calle o la colonia donde uno viva. Apenas,  pude paliarla siendo Delegado Político en Tláhuac, al tratar de conservar los grandes humedales de la zona, eximiéndolos de las recurrentes invasiones urbanas o de la voracidad de las inmobiliarias. Recuerdo de paso las inundaciones en el Centro, todavía sin el calificativo de Histórico, cuando de la mano de mi madre caminábamos  sobre tablones para llegar al Centro Mercantil o a Palacio de Hierro, urgida de comprar lo que no se podía adquirir en las inmediaciones de donde vivíamos.

Tuve también el privilegio de trabajar en algunos proyectos de la UNAM, por ser el responsable de la Coordinación General de Asuntos Metropolitano del Gobierno de la Ciudad de México, donde advertí la existencia de soluciones para tantos problemas que padecemos, entre ellos el del agua, particularmente en lo referente al aprovechamiento de las lluvias, gracias a las propuestas del doctor Manuel Perló, que es quien conoce mejor el tema, aunque hasta ahora las siga devorando impunemente La Mancha Gris. Y muy lamentablemente, sin permear aún en gobernantes  y partidos políticos que pueden y deben o debieron resolver el problema.

Viene a mí, inevitablemente, la asociación con el arte que arroja la fantástica lluvia de mariposas amarillas de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, o los cuentos de Rulfo, que marcan el destino de los pueblos según falten o sobren las lluvias. Y en Llovizna, de Juan de la Cabada, la crueldad humana, así como en el Chac Mool de Fuentes, que tanto logra asustarnos .Y en la dimensión poética, donde abundan los versos con ese enfoque, mencionar  a Shelley y su Nube, poema que conlleva la profecía de anunciar una lluvia que ha de multiplicar las flores. De mis artistas favoritos, atraer aquí a Van Gogh con su pintura, que justo se titula lluvia. Y así de las tormentas borrascosas de Turner o qué decir de ese chubasco de hombres que descienden en el surrealismo exquisito de Magritte.

Lluvia que se traduce en sonidos asombrosos con Chopin o Debussy y las concebidas Cuatro Estaciones de Vivaldi. Abundan en fin torrentes de belleza literaria, musical y plástica, bajo el pretexto de ese fenómeno meteorológico, que tampoco es ajeno al cine y mencionar como ejemplo la producción hollywoodense de corte musical Cantando bajo la lluvia, si bien con frialdad y exactitud nos la muestran los científicos.

Cielos nublados y humedad latente, cuando parece caerse el cielo y recabar en inspiración de Lara su canción Escarcha. Y la que conservo en mi memoria sentimental de aquellas tonadas que nunca se van,  como la Nube Gris, aún cuando mucho después me enteré que había sido compuesta por el peruano Eduardo Márquez. Repertorio que rescata igualmente El día que llegaron las lluvias de Gilbert Becaud, que aunque alude a la fertilidad lluviosa, me transmitió una tristeza esperanzada desde el día en que la escuché. O en años más cercanos, La gata bajo la lluvia, del español Pérez Botija, simbolizando la ruptura amorosa en la interpretación que tanto me gusta de la Dúrcal.

Incluyo, desde luego, las referencias bíblicas que tanto nos hicieron pensar en el intento de trasladarlas  a la realidad, como el viaje de Noé en medio de El diluvio, con tanto animal a cuestas. Y en la mitología, la tragedia que se desencadena al ver Narciso reflejado su rostro en el agua; junto a los pesares de Ulises ante el vengativo Poseidón, que destruye con furia de mar la cuadrilla de sus embarcaciones, bajo la complicidad de Zeus, si bien por nuestra parte inventamos a muy buen tiempo al gigantesco y acuoso Tláloc, acompañado de Chalchiuhtlicue, su inasible esposa fluyendo siempre en lagos y arroyos.

Cierro  entonces con una frase popular que humedece y perfila fielmente  nuestros actuales tiempos futboleros, aquí y ahora,  donde “Llueve sobre mojado”, y más aún, como se pronostica políticamente, una vez que se disperse la euforia del Mundial.

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