Libre en el Sur

Y nuestros héroes –de cartón– siguen ahí

En el discurso oficial, todos ellos fueron patriotas,  honestos, impolutos, casi santos… Y se ocultan deliberadamente sus errores, defectos y excesos para poder usarlos con fines políticos a conveniencia del gobierno en turno. ¡Viva México!

FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

Dados como somos los mexicanos a venerar a nuestros reales o supuestos héroes nacionales, septiembre nos ofrece la oportunidad ideal para desatar no sólo nuestro nacionalismo nato, sino un patriotismo desaforado  y festivo que en mucho ha sido alentado e inducido  por desde el poder, lo mismo en tiempos del PRI que en la autollamada Cuarta Transformación.

Durante más de 70 años, los herederos de la Revolución Mexicana se encargaron de poner y mantener en el Altar de la Patria a las figuras más destacadas de nuestra historia, según ellos, desde la Independencia hasta la Revolución. Lo sorprendente es que esos personajes, convertidos en héroes de cartón, están ahí, en el santuario patriótico, inclusive en el emblema oficial del actual gobierno: Los mismos de siempre: Miguel Hidalgo, José María Morelos y Pavón, Francisco I. Madero, Benito Juárez y, de pilón, metido con calzador, mi general Lázaro Cárdenas del Río. A su lado hay un espacio reservado a un sexto héroe… que por lo visto no será llenado por ahora.

A la mayoría de los mexicanos nos tocó de niños trabajar en la escuela con las monografías de esos héroes que nos dieron Patria y Libertad. Las comprábamos en cualquier papelería de barrio y nos servían lo mismo como fuente para nuestros trabajos o tareas que como ilustraciones para los mismos e incluso para adornar con ellos el salón de clases durante el mes de septiembre. A algunos hasta nos vistieron de Vicente Guerrero, con su impecable uniforme militar de botones, insignias y condecoraciones o nos plantaron un paliacate en la cabeza para disfrazarnos a la manera del Siervo de la Nación. 

Fotoarte: Víctor Durán

Sus imágenes no se han modificado en décadas, pese a estudios que comprueban que ni don Miguel Hidalgo era ese viejo pelón, ni José María Morelos vestía permanentemente un largo abrigo, lo que asombra con razón a nuestro colaborador Rodrigo Vera en su espléndido texto que publicamos en esta misma edición.

La historia patria también esconde injusticias, por supuesto. Las heroínas nacionales son escasas y de reciente reconocimiento en las festividades de cada mes patrio. Desde luego está entre ellas y en primerísimo lugar doña Josefa Ortiz de Domínguez, cuyo aviso a zapatazos prendió la alerta que precipitó el levantamiento Insurgente de la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Poco a poco han sido incorporadas al altar otras mujeres distinguidas o anónimas, aunque siempre en categoría menor, como Leona Vicario y otras que hasta la fecha son prácticamente desconocidas por el grueso de los mexicanos, todas  pertenecientes a la época de la guerra de Independencia.

Entre ellas anote a María Soto la Marina, Carmen Camacho, Gertrudis Bocanegra, Altagracia Mercado, María Ignacia Mercado, María Rodríguez y las conocidas como Las Guadalupanas: Antonia Piña, Mariana Anaya, Josefa Sixtos, Petra Arellano, Juana Villaseñor, Francisca Torres, María “La Campanera” Andrea, Antonia Ochoa, Gertrudis Jiménez, María Dolores Basurto, María Antonia García, María de Jesús Iturbide y Catalina González, que  intercambiaron su vida por la liberación de algunos insurgentes.

Por fortuna, el humor también está presente en nuestro escenario patriótico, de manera que no es raro encontrar por ahí imágenes caricaturizadas de don Benito o historietas en las que alterna el Charro Matías con los generales de la triple A: Allende, Aldama y Abasolo.

Fotoarte: Víctor Durán

Por cierto, también hay excesos de horror, como lo son las cuatro jaulas de hierro que durante años colgaron en cada una de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato capital, en las que  fueron exhibidas las cabezas de Hidalgo y sus compañeros luego de ser ejecutados por las fuerzas realistas en Chihuahua el 26 de junio de 1811, luego de ser aprehendidos en las Norias del Baján, Coahuila.  

Nuestros Héroes de Cartón, en fin, persisten hasta nuestros días, tal vez ahora con mayor fuerza. A menudo, más bien parecen de plastilina, por la facilidad con que son moldeables por las manos diligentes de los gobernantes, que acomodan sus facciones y actitudes a su conveniencia. Su uso político, en efecto, los ha llevado a que sus historias se distorsionen de acuerdo a los intereses de quienes detentan el poder en determinado momento. Por ejemplo, hoy en día Benito Juárez es el héroe favorito del Régimen, porque su historia oficializada lo describe como un niño indígena que cuidaba sus ovejas en el cerro y que sin embargo fue capaz de llegar a ser Presidente de México.

Así ocurre con los otros héroes de nuestro altar patrio.  Por supuesto,  en el discurso oficial todos ellos fueron patriotas,  honestos, impolutos, casi perfectos. Y se ocultan deliberadamente sus errores, defectos y excesos, como las atrocidades cometidas por el ejército Insurgente comandado por don Miguel Hidalgo. Por cierto, no se dice nunca que el cura de Dolores se levantó en armas para apoyar al Rey de España, Fernando VII, ante la invasión napoleónica de la península ibérica y no para llamar a la independencia de México. Decirlo suena como a blasfemia, más o menos.

Un claro ejemplo de lo anterior es el cuestionado contenido de los nuevos libros de texto, que por un lado repiten datos aislados de las biografías oficiales de nuestros héroes y por otra los usan y acomodan para apuntalar posiciones ideológicas del régimen y sus más radicales propagandistas. Las distorsiones históricas se justifican en aras de los objetivos políticos e ideológicos del gobierno, igualito que se hacía hace 50 o más años con los gobiernos del PRI.

Más grave aún es el hecho de que los nuevos y controvertidos textos escolares que acaban de recibir nuestros hijos prácticamente eliminan la materia Historia: reducen a sólo un seis por ciento su contenido, en comparación con las ediciones anteriores, según un análisis de Enrique Krauze publicado en la revista Letras libres.

En los libros anteriores, precisa el historiador, hay volúmenes independientes para cada materia: Historia, Geografía, Formación Cívica y Ética, Español, Lecturas, Atlas de México, Desafíos matemáticos, Ciencias Naturales. En los nuevos libros, los contenidos históricos aparecen en unas cuantas páginas desperdigadas en el volumen titulado Nuestros saberes.

Fotoarte: Víctor Durán

Pone Krauze tres ejemplos:

–El libro anterior de Historia de 4o año, tiene 192 páginas (152, si descontamos las páginas de actividades, portadillas, índices y bibliografía), precisa el historiador,  y abarca desde la llegada del hombre a América hasta la consumación de la Independencia. El libro nuevo incluye solo 12 páginas de historia y aborda únicamente de la época de las exploraciones al virreinato, sin tocar el México prehispánico.

–El libro de Historia de 5o año anterior tiene 192 páginas (150, descontando con los mismos criterios) y va del México Independiente hasta el año 2020. El libro nuevo solo tiene siete páginas de temas históricos y va de la Independencia al triunfo de la República, omitiendo inadmisiblemente la Guerra de Reforma y la República Restaurada.

–El libro anterior de Historia de 6o año tiene 136 páginas (105, con iguales criterios) y está dedicado a la historia universal. El libro nuevo habla del Porfiriato, la Revolución y la Posrevolución en solo siete páginas. Y, por supuesto, no trata la historia universal.

A pesar de todos los pesares, nuestros héroes siguen ahí. De cartón, yeso o plastilina, sobreviven a todas las vicisitudes y se prestan de nuevo, sin chistar, a exaltar nuestro nacionalismo desaforado envuelto en banderas, serpentinas y confeti tricolores, mientras las cornetas de cartón entonan una marcha militar. ¡Viva México!

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