Más de tres mil menores trabajan en las calles de la capital durante la jornada del 30 de abril, Día del Niño.
Mientras los festejos oficiales saturan el espacio público, la niñez en situación de calle en avenidas como Insurgentes Sur y calzada de Tlalpan padece el olvido oficial.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
Cada 30 de abril, la Ciudad de México se vuelca en festejos, festivales y programas gubernamentales destinados a celebrar el Día del Niño. Sin embargo, detrás de la parafernalia oficial y el consumo estacional, persiste una realidad que se ha vuelto parte del paisaje urbano pero que permanece invisible en las políticas públicas de fondo: la de los miles de menores que pasan su jornada laboral en los camellones y semáforos de las principales avenidas del sur y poniente de la metrópoli.
En arterias como Insurgentes Sur, Calzada de Tlalpan y el Anillo Periférico, la infancia no se vive en las aulas ni en los parques, sino entre el esmog y el riesgo constante de atropellamiento.
De acuerdo con las estimaciones de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) y diversos organismos de asistencia social, en la capital del país laboran aproximadamente 3 mil 200 niñas, niños y adolescentes en situación de calle. Esta cifra suele incrementarse durante la segunda quincena de abril, cuando la movilidad urbana aumenta y los puntos de mayor afluencia comercial se convierten en espacios de supervivencia para familias que han migrado de estados como Chiapas, Oaxaca y Puebla.
En demarcaciones como Benito Juárez y Coyoacán, la presencia de menores realizando malabares, limpiando parabrisas o vendiendo golosinas se ha intensificado en los últimos meses debido a la falta de programas de integración efectivos y al encarecimiento de la canasta básica.
La problemática de la niñez en situación de calle es multifactorial y se ha visto agravada por la crisis económica persistente en este 2026. Los centros de asistencia integrados por el Gobierno de la Ciudad de México reportan una saturación que impide un seguimiento personalizado de cada caso.
Muchos de estos menores no cuentan con actas de nacimiento ni registros escolares vigentes, lo que los condena a un ciclo de marginalidad del que es casi imposible salir sin una intervención institucional profunda.
A pesar de los esfuerzos de algunas organizaciones civiles que operan en el sur de la ciudad, la respuesta oficial suele limitarse a operativos de retiro de las vialidades que no solucionan las causas de raíz: la pobreza extrema y la falta de oportunidades reales para sus familias.

En los cruceros de avenidas estratégicas como Río Mixcoac y Barranca del Muerto, la jornada de un niño trabajador comienza a las siete de la mañana y puede extenderse hasta pasadas las diez de la noche. El impacto en su salud física es evidente y alarmante: enfermedades respiratorias crónicas por la inhalación constante de gases de combustión, afecciones dermatológicas por la exposición prolongada al sol de primavera y problemas de nutrición severos.
No obstante, el daño más profundo es el psicosocial. Al ser parte de un entorno donde el peligro es constante y la protección adulta es nula o coercitiva, estos menores desarrollan mecanismos de defensa que los alejan de las etapas normales de desarrollo emocional propias de su edad.
Para este 30 de abril, las autoridades locales han anunciado una serie de eventos masivos en el Zócalo y en diversas plazas públicas de las alcaldías del sur capitalino. Sin embargo, para los niños que habitan los semáforos, el Día del Niño es simplemente otra jornada de trabajo intensivo bajo el sol de abril, que este año ha registrado temperaturas récord de 32 grados en la zona metropolitana.
La brecha entre el discurso de los derechos humanos y la realidad de los camellones evidencia un fracaso estructural en la protección de la población más vulnerable de la ciudad. Mientras la “Ciudad de los Derechos” celebra con globos y regalos, una generación de menores sigue creciendo en la intemperie absoluta, sin más horizonte que el próximo cambio de luces en el semáforo.
La deuda histórica con la infancia en situación de calle requiere más que programas asistencialistas de corta duración; exige una reingeniería de los sistemas de protección integral y una fiscalización real de la deserción escolar.
Al concluir las festividades de este día, cuando las luces de los festivales se apaguen y las cifras de asistencia se celebren en los comunicados oficiales de prensa, los niños del asfalto seguirán ahí, en las esquinas de la Benito Juárez y el resto de la capital, recordándonos con su presencia silenciosa que, para ellos, la protección del Estado sigue siendo una promesa incumplida en el calendario de las efemérides nacionales que cada año se repite sin cambios sustanciales en su calidad de vida.
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