El llamado ‘Fiscal de Hierro’ publicó un texto testamentario sobre el desgaste físico, la dignidad y la corrupción en México
Entre los episodios que reivindicó en los últimos años destacó la defensa gratuita de familiares de víctimas fallecidas durante la pandemia de Covid-19.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
“Todo lo que empieza, acaba”. Con esa frase, el exsubprocurador de la República Javier Coello Trejo abrió un texto que rápidamente provocó reacciones por su tono íntimo, solemne y profundamente crepuscular.
Publicado este 27 de mayo en El Financiero bajo el título “Mi última palabra”, el abogado y exfuncionario dejó entrever que podría tratarse de su despedida definitiva de la vida pública —e incluso de algo más profundo— al afirmar que probablemente sea “la última vez” que escribe para ese medio.
A lo largo del artículo, Coello Trejo construye una reflexión sobre el desgaste físico, el tiempo y el sentido de la dignidad.
“Cuando el cuerpo se cansa, cuando la voz no resuena igual y cuando el reloj de arena se está acabando, uno entiende con brutal claridad qué es aquello que vale”, escribió.
El texto, firmado por quien durante décadas fue conocido como “El Fiscal de Hierro”, mantiene el tono duro y frontal que marcó buena parte de su trayectoria pública.
No hay confesiones sentimentales ni victimismo. Por el contrario, el exfuncionario reivindica haber vivido “de frente”, sin negociar su dignidad y sin pedir permiso para decir lo que pensaba.
En distintos pasajes lanza críticas abiertas al estado del país, a la corrupción, a la simulación política y a quienes “se refugian en el poder”.
También insiste en la idea de la conciencia como límite moral último:
“La dignidad no es soberbia, sino la capacidad de obedecer a nuestra conciencia cuando todo alrededor sugiere conveniencia”.
Esa idea de la dignidad como obligación moral estuvo también presente en una de las causas que marcó la última etapa de su trayectoria pública: la defensa gratuita de familiares de personas fallecidas durante la pandemia de Covid-19. Las familias denunciaban negligencias médicas, falta de atención hospitalaria y abandono institucional en medio de la emergencia sanitaria.
Coello Trejo asumió esa representación legal como una causa de justicia y de responsabilidad pública frente al dolor de cientos de familias que buscaban respuestas tras perder a sus seres queridos.
Uno de los momentos más significativos del artículo aparece cuando recuerda una frase que —según dice— le dejó su padre en el lecho de muerte: “Antes muerto que indigno”.
Esa sentencia funciona como columna vertebral del mensaje y como síntesis del personaje público que Coello Trejo construyó durante décadas.
El texto adquiere además un tono claramente testamentario cuando se dirige a los jóvenes mexicanos y les pide no acostumbrarse a la corrupción ni justificar la arbitrariedad por miedo.
“El día que callen para conservar el privilegio, la patria llorará a sus hijos”, advierte.
Hacia el final, la despedida se vuelve todavía más explícita: “Yo ya no podré caminar al frente en esta batalla”.
Después afirma que se retira “con la frente en alto” y con la certeza de que “el mal no es invencible”.
Más que un artículo político, “Mi última palabra” parece una pieza de balance moral y legado personal. Un texto escrito desde la conciencia del desgaste y del final, pero también desde la necesidad de fijar, antes de irse, una última postura frente al país, el poder y la propia vida.
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