“Estas líneas son el primer esbozo de lo que será la biografía de la casa que sigue en pie en la calle de Río Hudson, en el lugar de siempre, desde que fue construida y ha visto pasar el tiempo y lo que ha sido gran parte de mi vida…”
POR PATRICIA VEGA
Una casa con larga historia y que hoy sigue ahí, sobre el terreno en el que la construyeron, con su fachada prácticamente intacta y con muy pocas modificaciones en su interior.
Se trata de una casona construida a finales de los años treintas y principios de los cuarentas –no tengo el registro de la fecha exacta– en la colonia Cuauhtémoc, ubicada en la alcaldía del mismo nombre, en la capital del país.
Es una zona que en sus inicios fue residencial y que con el paso de los años se convirtió paulatinamente en un área mixta con una mayor cantidad anual de comercios y edificios de oficinas, en la que tambien ya es común que los viejos y nuevos edificios habitacionales se acojan con mayor frecuencia al modelo actual de renta por estancias cortas conocido como AB&b.
Sin embargo esa zona, hoy sujeta a la protección de diversas autoridades ubanas por ser un área con inmuebles considerados como patrimonio artístico pertenecientes a la arquitectura mexicana del siglo XX, permanece salpicada de ese tipo casonas blancas con aplicaciones de hierro y cantera que nos remiten a una de las caras de la ciudad que estuvo muy de moda en esa época: el estilo colonial californiano o colonial español que, de una manera simbólica, permitía referirnos a un pasado ficticiamente común entre México y Estados Unidos.
Por haber nacido en la fronteriza ciudad de Tijuana, me acostumbré a ver y conocer muchos ejemplos de ese etilo colonial californiano que estuvo de moda en ambos lados de la frontera. Mencionaré, sólo a manera de ejemplo, los hipódromos y galgódromos en los que se llavaban a cabo las populares carreras de apuestas tanto en la Baja California mexicana como en la California estadounidense.
Ya he narrado varias veces que en 1967 llegué a la Ciudad de México –entonces Distrito Federal—para vivir de manera larga. En 1966 se había adquido la casa de estilo colonial californiano, ubicada en la colonia Cuauhtémoc, con la única condición o promesa de que esa casona se convirtiera en la permanente casa familiar para mi tía Silvia, mi madre María Teresa, el adolescente Élmer y la niña Patricia, bajo la mirada protectora de mi padrino José, el promotor del cambio de lugar de residencia.
Es así como la casa de Río Hudson es ahora un punto de encuentro entre los recuerdos de mi vida personal insertada en un entorno urbano peculiar, que se remonta a la segunda mitad del siglo XX y que alberga, entre sus paredes todo tipo de historias: desde mis vivencias durante la culminación de la enseñanza primaría –llegué aquí a terminar de cursar el cuarto año—y la educación secundaria en una escuela ubicada en Polanco, zona muy cercana al lugar en el que he vivido la mayor parte de mi vida y que ahora me toca defender –un tercio—a capa y espada.
Desde esta casa, mi refugio y santuario en muchos sentidos, fui testigo de la masacre de estudiantes y de los Juegos Olímpicos de 1968. Aquí pasé los últimos años de mi infancia y me convertí en una adolescente rebelde con los ojos bien abiertos y montada en una mini moto color azúl turquesa que me permitía recorrer a gran velocidad las calles de la colonia cuajadas, en ese entonces, de preciosas palmeras y otro tipo de frontas.
Aquí viví con mucha intensidad mis primeros enamoriamientos de algunos de los chicos de la cuadra –aunque estos noviazgos fueran más producto de mi imaginación que de la realidad—al compás de las canciones de los Beatles, los carteles de los ídolos de la época entre los que resaltaba uno de color rojo con la figura del Che Guevara estilizada en forma de un Cristo.
Casi siempre viví en ese lugar privilegiado de la ciudad, ubicado a dos calles de la emblemática avenida Reforma auna altura entre la glorieta de la Diana Cazadora y el inicio del Parque de Chapultépec.
Es decir, mi casa –la casa familiar—quedó ubicada en el centro de una zona que estaba destinada a convertirse –según promesas aún incumplidas de los políticos en turno– en una especie versión a escala de la ciudad de Manhattan con su distrito financiero incluido. Lo cierto es que la casa de Río Hudson estaba a unos pasos de los cines Latino, Chapultepec y Roble; colindaba desde entonces con la llamada Zona Rosa y la ilustre colonia Juárez. Las colonias Roma y Condesa quedaban a una distancia razonble que podía ser recorrida a pie.
Tras un intermedio de un par de años en los que me fui a Tijuana para cursar un bachillerato único, regresé a la casona de Río Hudson en la que continué viviendo los cinco años de enseñanza universitaria. A esas alturas de la vida ya me sentía incómoda por vivir bajo candiles de cristal cortado y unos preciosos vitrales que hoy ya no se fabrican. Bueno, lo de los pilares de cantera y puertas talladas en madera color caoba quedaba también cada vez más lejos de mi estilo hippioso e informal en el vestir cuyos vestigios todavía conservo en la actualidad.
Años depués de terminado el servicio social con el que culminó mi liceanciatura en Ciencias de la Comunicación, en la Universidad Anáhuac, regresé a mi casa de siempre y en la que viví el terremoto de 1985. Por primera vez agradecí el tipo de construcción de la vivienda: muros y cimientos sólidos que también han resistido sin mayor daño varios de los temblores propios de la zona sísmica en la que se ubica la capital mexicana. Aquí pasé mis inicios periodísticos en Radio UNAM y después en el diario La Jornada.
Estas lineas son el primer esbozo de lo que será la biografía de la casa que sigue en pie en la calle de Río Hudson, en el lugar de siempre, desde que fue construida y ha visto pasar el tiempo y lo que ha sido gran parte de mi vida. Aquí murieron mi padrino José, mi hermano Élmer y mi madre María Teresa, en ese orden. Es así como los objetos se han convertido no sólo en posesiones materiales, sino en guardianes de una terca memoria destinada a quedar plasmada en letras, antes de que desapaarezca y queden sólo ruinas.
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