Libre en el Sur

La herencia de la Castañeda en Mixcoac

El rastro del legendario hospital psiquiátrico que marcó la fisonomía del sur de la capital.

Un recorrido por la historia de la Castañeda, el recinto inaugurado por Porfirio Díaz, y el destino de su hermosa fachada arquitectónica.

STAFF/LIBRE EN EL SUR

En el corazón de Mixcoac, donde hoy se levantan las torres de departamentos de la unidad Lomas de Plateros y diversos centros comerciales, existió un complejo que definió el imaginario social de la Ciudad de México durante más de medio siglo: el Manicomio General de La Castañeda. Inaugurado el 1 de septiembre de 1910 por Porfirio Díaz como parte de los festejos del Centenario de la Independencia, este hospital no solo fue un hito de la medicina psiquiátrica de la época, sino también una pieza arquitectónica monumental que transformó la zona sur.

La Castañeda fue concebida bajo los estándares europeos más avanzados de su tiempo, siguiendo el modelo de pabellones separados para clasificar a los pacientes según su padecimiento. El terreno, que originalmente formaba parte de una antigua hacienda pulquera, fue elegido por su clima benigno y su relativa lejanía del bullicio del centro. Durante décadas, decir “Mixcoac” era para muchos capitalinos una referencia directa al hospital, cuya presencia imponente marcaba el límite de la urbanización hacia el surponiente.

El gran manicomio. El día de su inauguración, en 1910.

Sin embargo, con el paso de los años, el modelo de asilo comenzó a caducar y el hospital sufrió un proceso de hacinamiento y deterioro que culminó con la famosa “Operación Castañeda” en 1968. Bajo el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, se decidió clausurar el recinto y trasladar a los pacientes a nuevas unidades especializadas. La demolición del complejo fue total, borrando del mapa urbano los pabellones de “Distinguidos”, “Indigentes” o “Epilépticos”, para dar paso a la modernidad habitacional que urgía en una ciudad en plena expansión.

Lo que pocos transeúntes que hoy caminan por la zona de Plateros saben es que una parte fundamental de ese patrimonio sobrevivió. La fachada principal del edificio de servicios, una joya de cantera con detalles neoclásicos y afrancesados, no fue destruida. El empresario Arturo Quintana Arrioja, fascinado por la belleza de la estructura, decidió rescatarla. Piedra por piedra, el frontispicio fue numerado, desmontado y trasladado a un predio de su propiedad en Amecameca, en el Estado de México.

Hoy, esa fachada se levanta como un fantasma arquitectónico en la llamada “Hacienda de Panoaya”, frente a los volcanes. Es un espectáculo surrealista observar la entrada original de lo que fue el mayor manicomio del país sirviendo ahora como marco para un entorno turístico y cultural. Mientras tanto, en los terrenos originales de Mixcoac, solo quedan algunos muros perimetrales ocultos entre las construcciones modernas y la memoria oral de los vecinos más antiguos que aún recuerdan el paso de las ambulancias y el rigor de aquellos muros.

La desaparición de La Castañeda también marcó el fin de una era en la planeación urbana de la zona. El espacio que ocupaba el hospital permitió la construcción de una de las unidades habitacionales más grandes de la época, integrando a Mixcoac de forma definitiva a la dinámica de la clase media ascendente. No obstante, el nombre del hospital sigue resonando en la cultura popular, en la literatura y en el cine, como un símbolo de la fragilidad mental y de una arquitectura que buscaba el orden absoluto en un siglo convulso.

Los internos. Ejercicios gimnásticos. Foto: especial.

Recuperar esta historia es vital para entender la identidad de Mixcoac y de la alcaldía Benito Juárez. La colonia no solo es un centro de servicios y educación, sino un territorio donde las capas del pasado siguen presentes bajo el pavimento. La Castañeda no fue solo un hospital; fue una ciudad dentro de la ciudad que dejó una herencia de leyendas y un vacío arquitectónico que hoy ocupan miles de familias en su vida diaria.

Conservar el recuerdo de estos sitios permite a los habitantes de la Ciudad de México reconocer que el entorno actual es el resultado de transformaciones profundas. La fachada que hoy descansa a los pies del Popocatépetl es el testimonio de un Mixcoac que ya no existe, pero que sigue enviando señales a través del tiempo sobre la importancia de resguardar el patrimonio, incluso cuando su función original ha quedado en el olvido.

Compartir

comentarios

Salir de la versión móvil