“El pan recién horneado, la buena comida, el café puro y los precios módicos hicieron del lugar un sitio propicio para nuestros encuentros, charlas y discusiones…”
POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI
Quizá por estar lejos del Centro Histórico no tenía ni el carácter ni la prosapia de cafeterías emblemáticas de la Ciudad de México, como el La Habana, el Tupinamba o La Blanca. Era sin embargo un lugar particularmente entrañable.
Estaba en pleno Insurgentes Sur, justo enfrente de la Tintorería Francesa, a uso pasos del Parque Hundido. Nació en 1954 como una panadería fundada por refugiados españoles. Años después, ya en los sesenta del siglo pasado, el negocio se expandió e incluyó una cafetería con servicio de restaurante de corte español, con un menú limitado, café fuerte y tertulias largas.
La Veiga, que así se llamaba en alusión a la campiña gallega, se convirtió en un sitio de reunión habitual para vecinos de las colonias Del Valle, Extremadura Insurgentes e Insurgentes Mixcoac; pero también fue refugio de estudiantes de la UNAM, profesores, periodistas y activistas. En sus mesas de melanina color crema se discutieron tesis, se escribieron artículos, se planearon movilizaciones y conjuras.
En los días convulsos de 1968, fue uno de los espacios donde líderes estudiantiles se reunían para organizar asambleas, redactar volantes y debatir estrategias. Su cercanía con Ciudad Universitaria y su ambiente discreto la hacían ideal para encuentros informales. Aunque no fue un centro operativo del movimiento, sí fue testigo de conversaciones que marcaron la lucha cívica.
Entre sus clientes frecuentes se contaban escritores, académicos y políticos de izquierda. También era común ver a empleados de la cercana tienda París-Londres, a oficinistas de la zona y a familias que acudían los domingos por su paella valenciana, que era estupenda. Muchos aficionados comían ahí antes de caminar hasta la plaza de toros México, ubicada en la vecina Ciudad de los Deportes, en los días de corrida. También preparaban callos a la madrileña y, en temporada, bacalao a la vizcaína, ambos excepcionales.
Empecé a frecuentarla a finales de los setenta, cuando tras el golpe de Luis Echererria contra Excélsior fundamos con Julio Sherer García el semanario Proceso. Alguien del grupo encontró una casa en renta en la calle de Fresas número 13, en la colonia Tlacoquemécatl del Valle de la entonces delegación Benito Juárez y ahí ocurrió el alumbramiento de nuestra revista el 7 de noviembre de 1976, hace precisamente 50 años.
Aunque La Veiga estaba del otro lado de Insurgentes, la relativa cercanía con nuestra redacción, y sobre todo el buen café que ahí se servía, la convirtieron en sitio frecuentado por reporteros y funcionarios del semanario. El pan recién horneado, la buena comida, el café puro y los precios módicos hicieron del lugar un sitio propicio para nuestros encuentros, charlas y discusiones.
Además, cuando llegué a vivir a la propia colonia Tlacoquemécatl, La Veiga fue también un lugar que frecuentábamos familiarmente. Estaba a tres cuadras de casa. Con frecuencia íbamos a comer o merendar ahí mis hijos y yo. Todos recordamos platillos como la pechuga parmesana con espagueti, los molletes, el pescado empanizado con papas, la tortilla española.
La Veiga sobrevivió a terremotos, devaluaciones, transformaciones urbanas y cambios de administración. Su mobiliario apenas cambió con los años: sillas de madera, barra, vitrales con motivos gallegos. El servicio era sobrio, sin prisas, ejecutado por meseros amables –don Pedrito entre ellos– de impecable filipina blanca. Y el café se servía en tazas gruesas, o en el clásico vaso lechero.
En los últimos años de ese recinto inolvidable, solíamos encontrarnos ahí Armando Ponce (el editor de la sección de Cultura de Proceso) y yo con el poeta ya desaparecido David Huerta, amigo inolvidable. El hijo del Gran Cocodrilo era nuestro vecino de la calle Magnolias y como nosotros gustaba frecuentar la cafetería. Para ese entonces la Tintorería Francesa había desaparecido y en su lugar funcionaba, como hasta ahora, una flamante unidad de Sanborns al que, por estar precisamente frente a La Veiga, el grosero de David llamaba “la naiga”.
En 2013, tras casi 60 años de historia, La Veiga cerró sus puertas. El predio fue vendido para dar paso a un desarrollo inmobiliario: primero y centro comercial, luego un hotel de cadena, ambos abortados. La noticia pasó casi desapercibida, pero para quienes crecieron con su aroma a pan caliente y sus tardes de tertulia, fue una pérdida irreparable.
Hoy, quienes caminan por esa acera de Insurgentes Sur difícilmente imaginan que ahí donde actualmente se levanta la enorme torre anaranjada que alberga a El Heraldo Media Group, se tejieron amistades, se discutieron ideas y se vivieron momentos clave de la vida cultural y política del país.
La Veiga no dejó placa ni monumento, pero permanece en la memoria de quienes la habitamos como un símbolo del barrio, de resistencia cotidiana, la amistad y de café con historia.
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