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Las Meninas del museo del Prado

“Una severa mirada masculina hacia el libre albedrio que al oleo dibuja a una mujer sobre el tronco de un árbol enterrado en la nieve y vestida con sus ramas y raíces…”

POR IVONNE MELGAR

En sus cartas desde Madrid, nuestro padre Luis Melgar nos contó de su feliz visita al Museo del Prado y de la bella reproducción de una de sus pinturas que llevaría a su regreso a San Salvador.

Eran Las Meninas de Diego Velázquez, acaso el primer cuadro que se colgó en las paredes de la casa de la colonia Las Rosas, una imagen que en esos años provocaba en las personas que nos visitaban un comentario de asombro. “¿Esas niñas eran enanas?”, “¿De qué se trata ese retrato?”

Si un objeto describe, junto con el piano Kawai, la iconografía de nuestra infancia en El Salvador es esa pintura que daba testimonio del viaje a España de un joven atípico en sus ambiciones de conocimiento y creación cultural, en un entorno donde otras eran las expectativas que se consideraban de éxito.

Luis Melgar Brizuela tenía 28 años cuando ganó la beca para profundizar en la literatura hispanoamericana y de paso conocer algunos puntos de Europa, un destino poco visibilizado entonces en una sociedad que veía en Estados Unidos el mejor destino para la migración económica, turística o académica.

Candelaria Navas compartía con su amado esposo la aspiración de realizar estudios de posgrado fuera del país, una meta que la emergente guerra civil salvadoreña precipitó cuando viajamos a México, en 1978.

Y aunque la pinacoteca familiar volvió a colgarse en las paredes de la casa de Las Rosas, una vez que nuestros padres regresaron a finales de los ochenta y principios de los noventa, el cuadro de Las Meninas nunca regresó.

Pero en mis sueños y recuerdos infantiles, el cuadro sigue ahí, intacto, con el marco dorado y el vidrio que hacía las veces de espejo, como un referente del medio año en que nos llegaron cartas y postales de Madrid.

Por eso, la tarde del verano de 2005 en que conocí El Prado, un sentimiento de gratitud y nostalgia hizo de las suyas mientras contemplaba el icónico lienzo de Velázquez, acompañada de Martín y nuestros hijos Santiago y Sebastián.

Porque además de celebrar el privilegio de disfrutar uno de los cuadros venerados del lugar, fue reencontrarme con esa pieza del arte universal que tanto significó en la historia personal, cuando aprendí a reconocer la singularidad de mis padres.

Con la regla familiar que los Beltrán establecieron siendo muy niños, de que en los museos cada uno va al ritmo que necesita y recorre las salas en el orden que se le antoja, pero sin prisas ni horario limitante, en esa ocasión, me invadió el gozo de saber que me había tocado ser parte de una época en que la tercera edad aun estaba lejos para mí.

Faltaban dos meses para mi cumpleaños número 40 y, acaso por eso, me estremeció el luto en las pinturas que retratan a reinas y mujeres de la realeza que no alcanzaron esa edad.

Cuando en 2018, en un periplo europeo para celebrar el cumpleaños de mi amada hermana Gilda, regresamos al Museo del Prado, con el creciente gusto por conocer de la vida de las reinas, esas protagonistas que han puesto en pausa al patriarcado de su circunstancia, me estremecí frente al cuadro Doña Isabel la Católica dictando su testamento.

El autor, Eduardo Rosales, recrea e imagina, tres siglos después, la escena de la reina que agoniza a los 53 años, a causa de un cáncer de útero, según estudios contemporáneos, mientras dicta su ultima voluntad a un escribano, y están ahí su esposo Fernando y su hija Juana de Castilla, un religioso, e integrantes de la corte.

Y de nueva cuenta me emocionó saber que yo en ese momento tenía la misma edad de esa gran soberana, una de las primeras jefas de Estado de la que tenemos registro. Y que, medio milenio más tarde, estábamos ahí, empapándome de esa memoria colectiva que los museos resguardan y que, con el tiempo, se traduce en un instante personal en el que se encriptan las alegrías del alma.

En esa USB de la vida se grabó la tarde en que Candy, mi hermana Gilda, su hija María Paula, mi amada sobrina y yo, en recompensa por la decepción de saber que el Guggenheim estaría cerrado ese septiembre de 2016, nos llenamos de brillo en la Neue Galerie de Nueva York, cerca del Central Park, disfrutando Retrato de Adele Bloch Bauer.

Y aunque no era fan de Gustav Klimt, a partir de ese otoño de caminatas, carcajadas y complicidades imborrables con las Melgar, ese cuadro, también conocido como La dama de oro, tomó en mi cromografía el lugar del amarillo perfecto.

Con ese antecedente, durante la obligada selección de que sí y que no podíamos ver en el Museo Belvedere, ante la imposibilidad de disfrutar todas las salas de sus dos palacios en un solo día, le dimos prioridad a la colección del pintor austriaco.

Sin el oro de las obras más famosas, en ese otoño de 2024, en Viena, conocimos al Klimt que trazó la ternura en Madre con niños, una mujer de negro, de ojos cerrados, que carga con gesto protector a dos bebés dormidos. Y en la misma sala, una pintura desgarradora del italiano Giovanni Segantini, Las malas madres, evocando en 1894 a quienes decidieron no serlo. Una severa mirada masculina hacia el libre albedrio que al oleo dibuja a una mujer sobre el tronco de un árbol enterrado en la nieve y vestida con sus ramas y raíces.

A unos pasos, la inescapable de Klimt, su pintura más famosa, rodeada por decenas de visitantes que hacían fila para la selfi, El beso, ese lienzo dorado que encierra entrega, éxtasis y enamoramiento.

Y bajo el hermoso retrato del amor que el artista legó al mundo, del que se despidió a los 55 años, a causa de un derrame cerebral que la epidemia de la Gripe Española complicó, nosotros, sobrevivientes del COVID, en el prólogo de la tercera edad, esperamos pacientemente el turno del beso propio. Y ese instante es la portada de la USB del museo de nuestras vidas.

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