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Líneas museísticas

“Tenía la idea, por completo errónea, de que aquello que me esperaba en ese museo pertenecía a una historia ya contada, una grave falta de mi parte…”

POR OSWALDO BARRERA FRANCO

El viento frío que recorre las calles de Dublín, en Irlanda, no impide disfrutar un sol que cae a plomo sobre los jardines del Trinity College. El motivo de la visita es conocer la famosa biblioteca de este colegio, sin embargo, hay un cambio de planes, al enterarme de que muchos de los libros que resguarda han sido retirados de sus espléndidos estantes y anaqueles, por lo que el costo de 25 euros de las entradas me parece un despropósito. Será para otra ocasión, cuando mi gusto por la cerveza Guinness, el estofado de res y los paisajes verdosos de la isla me lleven de nuevo por aquellas tierras.

Por fortuna, tengo pensado otro sitio donde pasar la mañana a mis anchas. Tomo camino, bajo ese sol que apenas entibia el aire, y luego de unos minutos me encuentro frente a las escalinatas que conducen a una sobria fachada ecléctica y de llanas ventanas rectangulares en sus cuatro niveles, cuya simpleza queda interrumpida por un pórtico de columnas clásicas bajo un pretil resguardado por un león pétreo de mirada vigilante. Y no es para menos, ya que me encuentro ante el Museo de la Literatura de Irlanda, que se ubica en la Newman House en St. Stephen’s Green, y cuya engañosa sencillez no debe desalentar a quien busca adentrarse en los vastos terrenos de una de las literaturas más fértiles del mundo.

Los nombres casi sagrados de quienes han marcado el amplio mundo de la literatura irlandesa son dignos de todo mi respeto, más si consideramos que un país tan pequeño y sin tantos recursos ha sido la cuna de verdaderos monstruos de las letras, entre ellos cuatro Premios Nobel de Literatura, cuyas obras son enaltecidas por edificios como en el que estoy a punto de entrar.

Lo primero que viene a mi mente, antes de trasponer el acceso y entrar al vestíbulo principal, es una ingenua pregunta: ¿qué tiene para exponer un museo dedicado a los escritores de un solo país? ¿Serán volúmenes de sus títulos más afamados? ¿Reproducciones de algunos de sus textos más ilustres? Sin duda, espero encontrar algunas páginas escritas por ellos o las máquinas de escribir en las que obras monumentales fueron transcritas de las fecundas mentes de sus autores a la sobriedad receptiva y cálida del papel inmaculado.

Tenía la idea, por completo errónea, de que aquello que me esperaba en ese museo pertenecía a una historia ya contada, una grave falta de mi parte. No hay que olvidar que la palabra vive y se transforma más allá incluso de las limitaciones del tiempo. Tiene la posibilidad de invocar y llevarnos al pasado, de mostrarnos la crudeza del presente y de hacernos vislumbrar el incierto futuro. Así entonces, y más en un país en constante evolución como Irlanda, la literatura sigue transformándose y gestando nuevos temas, nuevas formas de narrar, nuevas imágenes que forman parte de los extraordinarios universos de las y los autores irlandeses.

Y eso es lo que el museo quiere mostrar, que las palabras viven en un continuum constante, ajeno incluso a aquello que no somos capaces de nombrar hasta que tenemos la frase precisa ya sea en la punta de la lengua o en la de nuestros dedos sobre el teclado de una computadora. Pero no sólo eso, las palabras nos pertenecen a todos, no sólo a los Joyce, Wilde, Beckett, Yeats o Shaw, sólo por mencionar a los autores más famosos de Irlanda, lo que sería una cruel injusticia si ignoro a las no menos talentosas autoras de ese país, que incluyen a las O’Brien, Bowen y Murdoch.

Ahí me encuentro entonces, en la planta baja del museo, justo en la primera sala que te recibe entre finos anaqueles con los bustos y las fotografías de aquellas y aquellos genios de las letras, para mi regocijo y envidia al mismo tiempo, mientras contemplo algunas de las portadas de sus imperecederos libros, artículos personales y cartas que formaban parte de intercambios epistolares entre ellos, con preguntas triviales o cuestionamientos sobre sus propias obras entre pares. Quién no quisiera haber sostenido un intercambio de ese calibre.

Luego viene la parte más interesante y rica del museo, en la que, con exposiciones temporales repartidas entre tres pisos y un anexo que da a un apacible jardín, ya sea sobre temas de actualidad, como la importancia de las “novelas rosas” para el desarrollo de la literatura y los autores de literatura juvenil más recientes, o sobre el estudio de ciertas épocas de la literatura, se incita a los espectadores a llevarse algunas de esas palabras consigo, las cuales han quedado para la posteridad, y a la vez dejar algo de uno mismo, de su puño y letra.

Para concluir este relato, me atrevo a reproducir el poema que escribí a unos cuantos pasos de una primera edición del Ulises de James Joyce y que fue inspirado por una actividad de este museo. Lo comparto con ustedes y, si me perdonan la falsa modestia, dejo la traducción para quienes les haga ruido que lo haya escrito en inglés (total, si estás en Irlanda…):

I came in search of words,

Words of peaceful meaning,

Words of utter anger,

Words for every occasion,

To use them wisely.

An entire world of them received me kindly,

Gave me a meaning,

Game me a voice.

But suddenly, I ran out of words,

And that entire world became silent,

Far, far away from every place,

Where no one else could find me.

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