Capturar la lluvia con el lente no es solo retratar el agua, es aprender a mirar el mundo sin filtros y sin paraguas.
POR FRANCISCO ORTIZ PARDO
En medio de la lluvia y mojándose, es menos probable que la fotografía salga como uno siente, con ese frío y ese goteo sobre la cabeza. Sin embargo, cuando resulta, la vivencia es una ganancia doble. No se trata solo de la imagen capturada, sino del proceso de inmersión que la precede. Es una forma de honestidad que una ventana no permite: estar ahí, empapado, sintiendo el clima en la propia piel y respirando el aroma que despierta la tierra mojada.

Muchas de esas fotos las tomé antes con una camarita consentida, equipada con un excelente lente Leica que permitía una precisión y una calidez óptica distintas. Hoy, en cambio, las tomo con el celular. Quizás el cambio nos ha vuelto un poco más flojos, pero también más receptivos; hoy es imposible adivinar cuándo vendrán esas lluvias intempestivas que, sin avisar, nos regalan momentos únicos. Ante la rapidez de lo efímero, el celular se vuelve la herramienta indispensable para no dejar escapar lo que el cielo dicta.
Esta experiencia visceral nos vuelve más conscientes del momento, obligándonos a negociar con los elementos para extraer una verdad que el lente, a salvo tras el cristal, simplemente no puede alcanzar. Aprendí a mirar de otra manera hace años, cuando apenas tenía 19 y me tocaba ordenar el inagotable archivo de fotografía de Proceso. Esa escuela silenciosa me enseñó que la fotografía no es solo capturar un instante, sino ser un testigo-aficionado que goza de que la cámara lo acompañe en sus trabajos periodísticos.
Tengo fotos tomadas al estar metido literalmente en la lluvia. La de Madero, con su vida agitada; la de Malasaña, con ese chipi chipi de salida que refleja una emoción pura. Esas fotos son como pinturas que logran congelar una melancolía que uno siente en cada poro.
A veces, la lluvia transforma los lugares que creemos conocer de memoria. Como ocurre en una imagen del Parque Hundido, el camino se convierte en un espejo donde el cielo baja a tocar el suelo, y el entorno habitual se vuelve un paréntesis en medio de la agitación. Me gusta ver cómo el agua altera la rutina del sendero, obligándonos a mirar dos veces antes de avanzar. Es ahí, cuando el charco nos corta el paso y el parque se llena de una quietud distinta, donde la ciudad deja de ser un simple lugar de tránsito para convertirse en un escenario vivo. No hace falta más: un par de pasos, el reflejo de los árboles sobre el agua y esa persistencia de quien no se detiene a pesar del aguacero, nos recuerdan que caminar bajo la lluvia siempre tiene algo de revelación.
A veces, la lluvia simplemente se impone y altera el ritmo: una granizada que cubre el asfalto y lo detiene todo, convirtiendo la calle en un escenario invernal donde una motocicleta espera, paciente, bajo el follaje de un árbol. O el marco de ternura donde un abrazo se vuelve el único punto de enfoque en medio del aguacero, recordándonos que la tormenta no siempre es amenaza, sino el escenario donde la calidez humana cobra sentido.
Detrás de las ventanas, sin embargo, la intriga persiste. Es una combinación única: los charcos, los paraguas, la gente que pasa y se vuelve más importante en su andar. Hace unos días caminé de mi casa en la Del Valle al centro de Coyoacán y agradecí haber olvidado el paraguas. De regreso, la llovizna me acompañó y pude sentir ese aroma que despierta con la propia respiración. Como que también la lluvia moja la respiración, y eso es muy vital; nos vuelve, finalmente, más conscientes del momento.
Mi mayor esperanza es esa: que, conforme el tiempo pase, uno no se cubra más de la lluvia. Que sigamos siendo vulnerables a ella, porque es ahí, sin refugio, donde la vida se siente con más fuerza. Cuando además de sentirla, logras capturarla —sea con un Leica o con la inmediatez del celular—, el círculo se cierra: has vivido, has sentido y has dejado constancia. Es, de verdad, una ganancia doble.
comentarios