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Radiografía de la vejez en México: Luces y sombras frente al espejo del Día del Abuelo

La esperanza de vida de 75.3 años convierte cumplir 60 en una etapa intermedia y prolongada de vulnerabilidad

El Día del Abuelo contrasta con la precaria realidad de un México que envejece sin redes de protección universales.

El aburrimiento y la falta de propósito arrastran a muchos adultos mayores al alcoholismo y la ludopatía en bares y casinos.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

El calendario oficial mexicano marca cada 28 de agosto la conmemoración del Día del Abuelo, una fecha instituida formalmente para reconocer la experiencia, la sabiduría acumulada y el papel central que desempeñan las personas adultas mayores en el núcleo familiar.

Aunque existen diversas versiones populares sobre su instauración —algunas ligadas a congresos internacionales de gerontología o a tradiciones católicas arraigadas—, los antecedentes más socorridos sitúan su origen a finales de la década de 1980 y principios de los 90. Esta celebración fue impulsada por iniciativas radiofónicas pioneras como el programa “La Hora Azul”, transmitido en el estado de Chihuahua y conducido por el locutor Edgar Fernando Gaytán Monzón, con el propósito inicial de revalorizar su figura pública, combatir el abandono social y dignificar su presencia en la vida comunitaria.

Para dimensionar institucionalmente a este sector dentro del marco normativo del país, las directrices del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM) y de la Secretaría de Bienestar establecen que una persona es considerada oficialmente como adulto mayor a partir de los 60 años cumplidos.

Este umbral legal permite el acceso universal a programas de protección social, pensiones gubernamentales y al trámite de credenciales oficiales que otorgan tarifas preferenciales en servicios de salud, transporte público y artículos de primera necesidad.

Sin embargo, en el México contemporáneo, cumplir 60 años representa apenas una etapa intermedia dentro de un ciclo vital que se ha extendido notablemente. De acuerdo con las estadísticas oficiales del INEGI, la esperanza de vida nacional se sitúa en un promedio de 75.3 años —con un desglose diferencial que alcanza los 72.3 años para los hombres y los 78.6 años para las mujeres—, lo que significa que cruzar este umbral da paso a un periodo senecto cada vez más prolongado y demandante.

Adentrarse en esta etapa de la vejez en territorio mexicano expone una compleja red de problemáticas estructurales y socioeconómicas que dista profundamente de la idílica postal festiva. Porque llegar es un privilegio, pero también un reto.

Los datos derivados de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM) y de los registros del INEGI dibujan un panorama epidemiológico sumamente adverso, donde destaca una epidemia crítica de enfermedades crónico-degenerativas. El 41.5 % de la población adulta mayor de 50 años vive con un diagnóstico médico de hipertensión arterial y el 25.5 % padece diabetes mellitus, padecimientos acumulativos que merman de manera drástica la calidad de vida y ejercen una presión descomunal sobre la infraestructura de los hospitales públicos.

A esto se suman marcadas brechas y vulnerabilidades con perspectiva de género, como la feminización de la viudez, un fenómeno que golpea severamente a las mujeres al registrar un 22.6 % de afectación frente a tan solo el 7.3 % en el caso de los hombres, exponiéndolas a mayores escenarios de aislamiento, soledad y falta de redes de apoyo económico.

Lejos de disfrutar de un retiro apacible y libre de cargas laborales o familiares, la realidad cotidiana revela que el 35.0 % de las personas de 50 años y más asume tareas cotidianas de cuidado de menores de edad o de familiares enfermos y con discapacidad. Esta labor recae de forma desproporcionada sobre las mujeres al elevarse hasta el 43.8 % en su sector.

Esta intensa dinámica de soporte al hogar contrasta dramáticamente con el escenario financiero y laboral al que se enfrentan millones de mexicanos en la senectud. Gran parte de este sector arranca esta etapa inmerso en la informalidad económica crónica, carente de pensiones contributivas sólidas o con retiros insuficientes para garantizar una subsistencia autónoma.

A este cúmulo de tensiones se suma un factor psicológico y existencial con frecuencia ignorado: el retiro laboral, concebido tradicionalmente como una etapa de descanso tras décadas de esfuerzo, suele chocar con una realidad imprevista marcada por el aburrimiento crónico y la falta de un propósito diario.

Cuando la rutina estructurada desaparece de la vida de los adultos mayores, el tiempo libre se multiplica y, ante la ausencia de redes de apoyo, actividades recreativas accesibles o estímulos significativos, el vacío existencial se apodera del día a día.

Para sobrellevar este tedio y la soledad, muchas personas mayores buscan refugio en espacios de socialización urbana como los bares o los casinos. Lo que inicia como un simple pasatiempo para matar las horas o buscar algo de compañía pronto puede transformarse en un mecanismo de evasión psicológica.

Las máquinas tragamonedas, las apuestas y el consumo de alcohol ofrecen un estímulo artificial y constante de dopamina que parodia la emoción y distrae temporalmente de la melancolía, el aislamiento familiar y las preocupaciones económicas.

Sin embargo, estos espacios comerciales están diseñados precisamente para retener al cliente mediante luces, sonidos y una falsa sensación de comunidad. Lo que comienza como una salida ocasional para combatir el aburrimiento se convierte con facilidad en una ludopatía o en un problema severo de dependencia al alcohol.

Para una población que ya enfrenta vulnerabilidades biológicas, económicas y de salud mental, caer en estas adicciones agrava el deterioro físico, profundiza el distanciamiento familiar y dilapida los escasos recursos de una pensión o ahorro, transformando el anhelado descanso de la vejez en una trampa de la que es sumamente difícil salir.

Ante una transición demográfica acelerada donde México envejece de manera vertiginosa y se proyecta que hacia 2050 cerca del 30 % de la población tendrá 65 años o más, conmemorar el Día del Abuelo exige trascender el plano meramente simbólico. Es indispensable consolidar políticas públicas de Estado que garanticen seguridad económica real, esquemas de salud preventiva y bienestar integral de largo plazo.

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