“Una cosa es el cambio climático y otra las políticas que durante años han relegado la gestión del territorio y la prevención”.
POR NANCY CASTRO
Madrid.- El olor a humo se metía hondo. Las cenizas permanecían suspendidas, como pinceladas tenues sobre un día que se urdía apocalíptico. El aire adquiría un tono ambarino, como cuando el polvo del Sáhara lo invade todo en España y el paisaje se desliza, muy al estilo de Mad Max. Así fue. Poco a poco, aquel resplandor se destiñó hasta inmovilizarse en una neblina maligna que borraba los contornos y convertía el aire en una amenaza.
La ciudad seguía su marcha, pero bajo una luz ajena, como si el incendio hubiera llegado antes con el cielo que con las llamas.
Detrás de esa bruma había miles de historias desplazadas. Miles de personas y un número incontable de animales tuvieron que abandonar sus pueblos. El fuego no solo devoró bosques; arrasó casas, recuerdos, cosechas y formas de vida.
Los incendios forestales ya no son una excepción del verano español. Se han convertido en una secuencia que se repite cada año con mayor intensidad. Las llamas avanzan sobre Madrid, Ávila y Toledo. Hoy son ya más de noventa mil las personas desplazadas: lo han perdido todo. Otras personas permanecen confinadas, mirando a través de sus ventanas una neblina de humo tóxico. Semanas antes, el fuego había comenzado en Los Gallardos, Almería, obligando a familias enteras a dejar atrás sus hogares y dejando una huella difícil de borrar en una extensión de 150 mil hectáreas.

Se veía venir. El calor extremo, la sequía y el viento crean las condiciones, pero también pesan los años de abandono del territorio y la insuficiente prevención. Apagar el fuego es urgente; impedir que nazca debería ser la verdadera prioridad.
El verano en España está desbordado. No hay manera de extinguir los incendios. Una cosa es el cambio climático y otra las políticas que durante años han relegado la gestión del territorio y la prevención. Hoy se repite una idea con insistencia: no es lo mismo prevenir que intentar apagar el fuego cuando ya lo ha devorado todo.
Mientras las llamas avanzaban, el miércoles pasado los bomberos del Consorcio Provincial de Valencia se concentraban frente al Palau de la Generalitat Valenciana y la Diputación con un lema que resumía su malestar: “Más bomberos y menos toreros”. Denuncian la falta de aproximadamente un tercio de la plantilla y sostienen que los efectivos actuales son insuficientes para garantizar una respuesta adecuada. El incendio no solo revela la vulnerabilidad de los bosques; también pone a prueba las prioridades de quienes deciden cómo se distribuyen los recursos públicos.
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