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Marzo: umbral de vida, voz y movimiento

“Es quizás un mes especial porque se encuentra en medio de la nada, o mejor dicho, en el centro de una tensión: entre el silencio aprendido y la voz que irrumpe…”

POR MELISSA GARCÍA MERAZ

Marzo es un mes que lleva consigo la memoria de los antiguos romanos, quienes lo dedicaron a Marte, dios de la guerra, y lo consideraban el inicio del año. Con el tiempo, al añadirse enero y febrero, pasó a ser el tercer mes, pero conservó su carácter de transición y fuerza. Es un mes que marca el paso del frío hacia la renovación, un umbral simbólico entre lo que muere y lo que florece. Digamos que, si enero y febrero se nos antojan como cuestas de inicio de año, la vida parece florecer con el mes de marzo. Me gusta este mes porque el frío termina pero aun no se aprecia el calor infinito que vendrá en la primavera y en el verano. También porque es la antesala a mi cumpleaños, como signo aries comienza el mes regido por marte y a los que somos guerreros de marte de corazón, nos encanta marzo como gesto simbólico del inicio de la vida.

También es cierto que en el calendario contemporáneo, marzo se ha convertido en un espacio de conciencia social y de celebración de la vida. El Día Internacional de la Mujer, el Día Mundial del Agua y el natalicio de Benito Juárez en México son hitos que lo llenan de significado político y cultural. También el equinoccio de primavera, que ocurre alrededor del 20 o 21, recuerda la antigua relación entre humanidad y naturaleza, el equilibrio entre luz y oscuridad. Mes en el que los movimientos sociales se gestan en las calles, las chicas se visten de violeta y salen a las calles a manifestarse.

Este año, marzo lo inaugura Shakira en el Zócalo. Una fiesta potente para celebrar a las mujeres y la música en general. Pero esto no es trivial. En una sociedad que acepta con gusto y con jubilo una cantante que expresa su odio, su dolor y su rabia como formas de expresión, un concierto masivo es quizás, la mejor forma de festejarlo. Y si, porque si bien Shakira no intenta ser una mujer rebelde que expresa sus emociones más internas, vaya que ayuda bastante al jubilo colectivo.

Es quizás un mes especial porque se encuentra en medio de la nada, o mejor dicho, en el centro de una tensión: entre el silencio aprendido y la voz que irrumpe. Marzo no es sólo transición climática; es también tránsito afectivo. Durante siglos, a las mujeres se nos enseñó que la emoción debía habitar lo privado, que el enojo debía domesticarse, que el dolor debía procesarse en voz baja, en la intimidad del hogar y en el ámbito de lo privado. La buena feminidad ha sido históricamente una pedagogía de la contención. Por eso no es trivial que una mujer pueda subirse a un escenario público, nombrar la traición, la rabia, el desamor y convertirlo en coro colectivo. Cuando Shakira canta su enojo en una plaza pública, no sólo produce entretenimiento; descoloca el mandato de callar. Hace visible aquello que durante tanto tiempo fue vigilado, corregido o patologizado: la emoción femenina intensa. Y en esa escena masiva hay algo más que música; hay una fisura en el guion que nos pedía discreción sentimental. Mostrando no solo las emociones que antaño eran condenadas a lo privado y las lágrimas en el hogar, muestra a una mujer que vuelva estas letras para performar su arte y convertirse en empoderamiento.

Marzo también encarna una disputa performativa. Si, como diría Butler, el género se sostiene en la repetición de normas, entonces cada gesto público que desborda la contención esperada introduce una variación en la coreografía. La mujer que canta su rabia en el Zócalo, la que marcha vestida de violeta, la que nombra la violencia o la desigualdad, interrumpe la expectativa de equilibrio emocional permanente. Frente a una cultura que premia la mesura femenina y tolera la explosión masculina, el espectáculo masivo de una emoción femenina sin disculpas se vuelve político. No porque declare una revolución explícita, sino porque altera el reparto simbólico de quién puede sentir y cómo.

Marzo no está en medio de la nada. Está en medio del invierno y la primavera, del silencio y la palabra, del duelo y el baile. Es el mes donde la tierra se despereza y las mujeres se nombran. Tal vez por eso fue buen mes para empezar a bailar: porque bailar es otra forma de desobedecer la contención, de sacar el cuerpo a la luz antes de que el verano lo reclame. Marzo no es un punto intermedio. Es un umbral.

El canto, el baile, no hay mejor mes para salir a las plazas públicas a bailar salsa, cumbia, bachata y lo que se presente al oído. Es cierto que enero fue el primer mes del año, fue cuando comencé a buscar una academia para aprender a bailar, porque si, a los que tenemos cero coordinación no nos basta con aprender el ritmo a través de la improvisación, es necesario ir a una escuela. Y aunque jamás creí que me gustara tanto ir a clases de otro tipo aparte de las universitarias, debo reconocer que me encanta. Si enero es el inicio del año moderno y el mes perfecto para iniciar nuevas metas y propósitos, pero marzo, ese viejo mes de inicio de año romano es el perfecto para el inicio de la vida. La primavera se me antoja para salir a baila a las plazas públicas, para dar giros y compartir aunque mi baile no sea del todo bueno. Marzo. la música y el baile me han dado muchos motivos para festejar, para iluminar, para enamorarme. Porque sí, el baile nunca llega solo, llega con amores y desamores, con ritmos y con impaciencia.

Por eso este mes se reconoce como un tiempo de renacimiento y lucha. Es el mes en el que la tierra despierta y las comunidades se movilizan para recordar derechos, resistencias y esperanzas. Entre efemérides y estaciones, se convierte en un recordatorio de que la vida se renueva y que la memoria histórica se mantiene viva en cada fecha que convoca a la reflexión colectiva.

Y quizá por eso marzo siempre me ha parecido una promesa personal. Antes de que llegue mi cumpleaños, antes de que el calendario me recuerde que soy Aries y, por tanto, hija simbólica de Marte, el mes ya me está diciendo algo: comenzar es un acto de valentía. No la valentía ruidosa de la guerra, sino la de quien se atreve a salir a la pista sin dominar el paso, a cantar aunque la voz tiemble, a amar aun sabiendo que puede doler. Si los romanos iniciaban el año bajo la tutela de Marte, yo inauguro cada vuelta al sol bajo el impulso de moverme. Marzo me recuerda que nacer no ocurre una sola vez. Se nace cada vez que se ocupa la plaza, cada vez que el cuerpo gira, cada vez que la voz se alza sin pedir disculpas. Y tal vez eso sea, al final, lo que más celebro: no cumplir años, sino volver a empezar.

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