La experiencia de impartir musicoterapia a adultas mayores demuestra cómo la música, el juego y el afecto revitalizan la memoria y el espíritu.
POR ISABEL STIVALET
En 2014 me invitaron a dar clases de musicoterapia en la Residencia San José de Lyon, para exalumnas del Colegio Francés del Pedregal y fue una experiencia entrañable que atesoro en el corazón.
Mi intención era acompañarlas con la musicoterapia a encontrar paz y reconciliarse con su vida. Me imaginaba que, por su edad, la educación que las había formado podía haber generado en ellas sentimientos de culpa o autorecriminaciones, tal y como era el caso de algunas.
Así llegué un día con mi campana de cuarzo, mi pequeña bocina y mi iPod. De ellos solo queda la campana, pues la bocina fue sustituida porque el uso acabó con ella, mientras el iPod fue desplazado por Spotify en el celular o la laptop.
¡Disfrutaba mucho ver a “mis señoras”! Al principio iba por las mañanas, una vez a la semana. Llegaba después de que les dieran la Comunión y a veces me tocaba todavía escuchar algunos rezos.
Tenían personalidades tan distintas entre ellas, que llamaba la atención. Había unas muy cariñosas y participativas; otras de plano no tuvieron interés en la clase. Un par, sobre todo, tomaban la sesión, pero se quejaban de su condición física (achaques, falta de oído, etcétera) y para ellas todo estaba mal. Carlota, por ejemplo, tiene un carácter muy fuerte y cuestionaba para qué servía cada una de las actividades que realizábamos; me costaba trabajo que entendiera que sobre todo se trataba de pasar un tiempo contentas, ejercitando su cuerpo y su cerebro, y que eso era suficiente para hacer un poquito de esfuerzo.
Fue un regalo de vida conmovedor ver la transformación de la mirada de algunas de mis señoras mayores. Recuerdo la alegría que me dio la primera vez que Susy aceptó que había cosas por las cuales estar agradecida, aunque “medio viera, medio oyera y medio entendiera”, o cuando Betty me agradeció la paz que le daba alguna de las meditaciones. Algunas no sé si me reconocían, pero sonreían cuando llegaba; recuerdo, por ejemplo, los bellos ojos de Irma. No tengo memoria de haberla escuchado hablar, pero me podía quedar viendo sus ojos, que me provocaban una dulce paz.
Conforme pasaron los años, les iba siendo más fácil entregarse a las meditaciones, relajarse, cerrar los ojos. Me encantaba la facilidad con la que llegaron a entrar en esos estados de silencio y paz.
Había una meditación que yo disfrutaba más que ninguna otra: era la del Día del Niño. Cada año me llenaba de alegría ver sus ojitos iluminados al terminar la sesión y compartir sobre los juegos de cuando eran niñas. ¡Claro! Si esas niñas vivían en ellas. El cuerpo cambia, envejece, aprendemos, experimentamos, “maduramos” y nos dicen que ser adultos es ser serios; pero dentro, nuestra alma es la misma con la que nacimos y yo lo recordaba cada vez que mis señoras de ochenta y tantos, noventa y tantos y hasta cien, recordaban sus juegos o cantaban a Cri-Cri y se llenaban de sonrisas.
Fue sucediendo, conforme avanzaban sus vidas, que algunas perdían la capacidad de seguir la meditación, ya no les era fácil mantener la atención o comprender algunas cosas; entonces me solicitaron que cambiara la dinámica de la clase y fui transformando las sesiones de meditación en unas sesiones que pensé con mucho amor para ellas. Buscaba ejercitar sus articulaciones, sus músculos, su coordinación motriz, hacer trabajar a su cerebro y creo que lo que más quería es que su alma disfrutara, que tuvieran un espacio de gusto, de juego y bellos recuerdos.
Toda la sesión era con música, seguía siendo musicoterapia. En la primera parte de la clase hacíamos movimientos con el cuerpo todas sentadas, nos estirábamos, poníamos a prueba nuestra atención para seguir ciertos ejercicios y en esta parte fui poco a poco integrando elementos que hicieran la dinámica más lúdica, interesante y retadora: aros hula-hula, pelotas, barras de madera, pelotitas, sonajas, sombreros, juguetes, burbujas de jabón, abanicos… Me encantaba llevarles algo nuevo.
La segunda parte eran las canciones. Les preparaba música de sus tiempos, música ranchera, boleros, zarzuelas y también baladas de los ochenta, españolas y mexicanas. Era mágico ver lo que sucedía con la música, recordaban, se alegraban, cantaban, tarareaban, despertaban… A veces había quien pedía alguna canción, pero los últimos tiempos que di clase, había dos señoras que pedían cada semana la misma canción, nada más que una la versión de Vicente Fernández y la otra la de Frank Sinatra: My Way, “A mi manera”.
Uno de los prodigios que lograba la música fue que Eugenia, cuando empezamos a cantar, si había una canción que le gustaba, recuperaba la dicción que había perdido; ya no era posible entender lo que hablaba, pero si escuchaba “Solamente una vez” o “Farolito”, pronunciaba cada palabra perfectamente y cantaba sin ningún problema, además sus ojos se iluminaban. Otro caso hermoso fue el de Nelly, con sus 96 años y tras una cirugía de cadera, aunque prácticamente no se comunicaba, con ciertas canciones comenzaba a mover el pie para llevar el ritmo y sonreía, incluso en algunas sesiones llegó a bailar con ayuda.
Al final de la clase había baile, ¡cómo lo disfrutaban! Tanto, que me solicitaron que fuera otro día a la semana solo a bailar con ellas. Salía de la residencia con el alma expandida tras recibir su cariño y brindarles el mío, y ver cómo la música y el afecto las revitalizaba. Cada día era un disfrute.
Y llegó la pandemia… y la Residencia San José de Lyon cerró sus puertas por unos meses y no volví sino hasta muchos meses después, pero algo ya no pudo ser como antes: ya no podía abrazarlas cuando llegaba y me iba, siempre tuve que usar cubrebocas. Extrañaba los abrazos, los besos, el cariño, los apapachos, y sé que ellas también lo extrañaban.
Pero seguimos cantando, moviéndonos y bailando; unas más, otras menos. Algunas iban perdiendo entusiasmo o condición para bailar. Había unas que aún con un gran esfuerzo y apoyadas en su enfermera se paraban, aunque fuera para bailar una sola canción. Ya no volvimos a tener la clase de baile, pues ya no tenían resistencia para tanto movimiento y la sesión iba ajustándose a sus necesidades. Socorrito pasaba mucho tiempo con los ojitos cerrados, era un reto hacer que se interesara en la clase y el máximo logro era cuando quería bailar. A lo que nunca se pudo resistir fue a las pelotas: cuando sentía que estábamos pateando las pelotas en círculo, siempre se ponía a patear.
Perdí a varias de mis señoras… Fueron partiendo. Algunas pérdidas me dolieron más, pero de todas formas, era mayor la ilusión de verlas disfrutar la clase, que la tristeza de verlas envejecer, ir perdiendo condición, capacidades o contacto con la realidad.
Aprendí mucho de esta experiencia; aprendí que nos conviene cultivar la humildad, no sabemos si en algún momento dependeremos de alguien para movernos, si tendremos que estar en una residencia en donde cuiden de nosotrxs. También me di cuenta de que tener propósito de vida es fundamental. Había algunas de mis señoras que no tenían interés alguno en nada, solo estaban aquí porque “Dios no se las había llevado” y su vida era muy distinta a la de quienes se interesaban por algo, por escuchar noticias o por hacer actividades, por conversar.
Es algo muy sabido, pero en la residencia era tan evidente la importancia del afecto. Hacía una enorme diferencia la cercanía de seres queridos que las visitaran, que estuvieran pendientes de ellas. Me entristecía saber que algunas de mis queridas señoras apenas y eran visitadas por su familia o por conocidos, que pasaban domingos, navidades o fines de año en la residencia sin visitas.
Parece que cada vez es más común el que personas mayores vayan a residencias de retiro y lo que he observado es que la experiencia es muy distinta para cada quien. Hay para quienes puede ser la salvación poder convivir con otras personas y no correr el riesgo de tener un accidente fatal estando solas. También hay aquellas personas para las que es un claro mensaje de que ya no hay lugar para ellas entre sus hijos o familiares. No es fácil para nadie tomar la decisión y depende de tantas cosas, que recomiendo que se tenga muy clara la intención y que siempre se haga de una forma amorosa que abone a la seguridad y el bienestar de la persona mayor.
Doy gracias por haber tenido la oportunidad de convivir con cada una de ellas, aprendí mucho y recibí tanto cariño. Mi tocayita todavía me llama de vez en cuando nada más para saber cómo estoy, y cuando puedo, la busco yo.
Esta experiencia me ha hecho reflexionar y pensar en lo importante que es prepararnos para la vejez. ¿Qué significa eso? Para mí significa que observemos y seamos conscientes de la vida que estamos viviendo y de la vejez que construimos desde hoy. ¿Tenemos intereses, propósitos? ¿Qué tipo de vínculos estamos estableciendo y nutriendo? ¿Estamos fortaleciendo nuestros vínculos con quienes amamos y nos aman? ¿Estamos enseñando a nuestra mente a ver de lo malo lo bueno y de lo bueno lo mejor, o nos quejamos y sufrimos por todo lo que “nos pasa”? ¿Buscamos lo que nos produce dicha? ¿Apreciamos y fomentamos estar en la naturaleza? ¿Valoramos y honramos nuestro camino de vida? ¿En qué “nos gastamos” nuestro tiempo y nuestros pensamientos? ¿Qué estamos haciendo por la salud de nuestra casa móvil, por el cuerpo que hace posible que estemos vivxs? ¿Nos ejercitamos? ¿Comemos sanamente? Hay mucho que hacer para procurarnos llegar en las mejores condiciones físicas, mentales y emocionales a donde todxs llegaremos, si antes no tenemos el mal gusto de morir.
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