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El Mundial que me devolvió una guerra

Entendí que el marcador futbolero y la violencia de los hinchas había sido sólo una válvula de escape que escenificaba la persecución que los migrantes salvadoreños padecían en el vecino país.

POR IVONNE MELGAR

Nueve meses atrás se nos había sacudido el alma y supimos de los topos y de perros rescatistas entre los escombros y juntamos, como estampas de esperanza, los milagros de quienes se habían salvado.

El hombre que bajó por el periódico en un edificio de Tlatelolco, los recién nacidos intactos en las cunas térmicas del hospital general, el que se fue de fiesta y no regresó al hotel derruido, el conductor que se quedó transmitiendo…

Eran los años de formación universitaria en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, donde grandes maestros desataban, con sus lecciones y preguntas, el entusiasmo de una generación que se autoproclamaba crítica y anti priista.

Habíamos seguido las crónicas sobre las costureras atrapadas en las fábricas de la Calzada de Tlalpan y las malas condiciones laborales que quedaron al descubierto, y las críticas al manejo gubernamental de la tragedia.

Cuatro décadas después, dudo que las acciones de la reconstrucción fueran tan desastrosas como dijimos. Porque hoy tenemos otras terribles pruebas de lo que significa ausencia del Estado y nula capacidad de respuesta.

Lo cierto es que, en medio del saldo negativo que teníamos del manejo institucional de los sismos del 19 y 20 de septiembre de 1985, al cierre de la primavera del siguiente año, nos instalamos festivos a disfrutar del Mundial.

Es importante recordar, aunque sea obvio para los mayores como yo, que los acontecimientos públicos de esa época no sucedían en tiempo real. Así que de la rechifla al presidente Miguel de la Madrid nos enteramos mucho después.

Esa mentada ocurrió en la inauguración del Mundial, el 31 de mayo, como evidencia de una coyuntura que analistas consideraron el quiebre de la relación de gobernados con el poder, asumiendo su carácter de ciudadanos.

La ilusión de que la desigualdad y el desarrollo encapsulado de México tendrían remedio con la transición política y una añorada alternancia del sistema hegemónico era patrimonio de todos, con los priistas incluidos.

Así que, sin importar pulsiones ideológicas, los estudiantes de Ciencias de la Comunicación seguimos algunos de los encuentros y, en mi caso, gracias a la querida Lilia Monroy, ir al Estadio Azteca para padecer, creo, el México-Paraguay.

Y es que como la memoria es selectiva y el futbol no ha sido una prioridad en la mía, sólo conservo el recuerdo de que funcionarios del gobierno recibieron boletos de cortesía para diversos partidos y que de ese reparto fui beneficiaria.

Emocionadas de volver al lugar donde seis años atrás hicimos nuestro examen de admisión a la Preparatoria 5 y al CCH Sur, Lilia y yo nos preguntábamos dónde y cómo había sido posible el sonoro repudio presidencial.

Gracias a nuestro admirado maestro Alberto Dalall en la materia de Géneros Interpretativos, habíamos leído el libro Las botas del polaco Ryszard Kapuscinski, una compilación de sus crónicas periodísticas como corresponsal del mundo.

Aquel libro de pasta crema, con púas negras en la portada, se convirtió en una de las mayores inspiraciones para quienes queríamos dedicarnos a la prensa y soñábamos con llegar a publicar todos los días en un periódico.

La antología recuperaba, entre otros textos de conflictos en Africa y Latinoamérica, el que Kapuscinski difundió en Varsovia bajo el título de La guerra del fútbol, en referencia al enfrentamiento entre El Salvador y Honduras en 1969.

Si bien la realidad salvadoreña conmovía a los mexicanos desde finales de los setenta, esa lectura que nos encargó Alberto Dalall me hizo sentir todavía más arropada por el sentimiento de solidaridad de mis compañeros.

Porque en el relato, el polaco contaba cómo en la selección previa al Mundial de 1970, los aficionados salvadoreños y hondureños se enfrentaron con un fanatismo que rayó en la xenofobia y desencadenó la también llamada guerra de 100 horas.

Ahí me enteré de los detalles de una vivencia nebulosa que teniendo casi cuatro años experimenté debajo de la cama, una mañana de julio de 1969, cuando los gobiernos de ambas naciones invadieron con sus respectivos ataques aéreos los territorios del mal vecino.

Y aunque a San Salvador nunca llegaron los enfrentamientos militares, que únicamente fueron fronterizos, esa vez, acaso por instrucciones oficiales, debimos permanecer en el suelo, a la espera de supuestos bombardeos.

Y en un siglo en el que las situaciones difíciles no eran parte de la conversación de las familias con los niños, mi hermana Gilda y yo ignorábamos que una jovencita se había suicidado por la derrota de la selección nacional.

Así que gracias a Las botas rememoré las horas de un día nublado, en el que los salvadoreños creían reivindicar la dignidad herida por “los catrachos”, como despectivamente se les decía a los hondureños.

La simplificación de los hechos justificaba la respuesta armada por el agravio al equipo nacional que, hospedado en un hotel de Tegucigalpa, nunca logró dormir por los insultos de la porra local que continuó al día siguiente en el juego.

Como se supone que esas hostilidades le impidieron la concentración al equipo, llevándolo a perder, los salvadoreños hicieron lo mismo cuando los suyos jugaron de locales, obligando a la FIFA a llevar el desempate a México.

El odio que los tristes nacionalismos conllevan alcanzó una de sus peores escenas con la quema de la bandera de Honduras y la colocación, en su lugar, de un trapo sucio, en un poblado que comparte frontera y el Río Lempa con El Salvador.

Y fue con Kapuscinski que reviví la tarde en que fui con la familia materna a recibir a los soldados heridos que volvían en muletas y sillas de ruedas, mientras Mamá Angélica rezaba por ellos.

Entendí que el marcador futbolero y la violencia de los hinchas había sido sólo una válvula de escape que escenificaba la persecución que los migrantes salvadoreños padecían en el vecino país.

Volvió a mí la imagen de Candelaria Navas, mi madre, con sus tacones rojos, quebrada en llanto, en el cuarto donde por las tardes nos peinaba, porque desconocía qué le había sucedido a su querido tío Manuel, quien radicaba en Tegucigalpa.

Centenares de salvadoreños regresaban a pie, huyendo de la expulsión que les había declarado el gobierno de Honduras, y el hermano de Papá Benito se vio obligado a dejar su próspero puesto de verduras en el mercado central.

El tío Manuel logró volver. También la penosa polarización en cuentos de violación soberana que el futbol difícilmente cura.

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