Libre en el Sur

Cierre anticipado

“Por supuesto que nos emocionan los preparativos de una nueva celebración, una que señala el final de un ciclo anual, pero, por otra parte, con ello pareciera que el tiempo se comprime”.

POR OSWALDO BARRERA FRANCO

A comienzos de la segunda semana de noviembre pasado, mientras caminaba cerca de la casa de mis padres, me sorprendió ver que los adornos de calaveras y otros alusivos a Día de Muertos o Halloween (este último muy arraigado desde hace tiempo en la ciudad, como otras costumbres y motivos importados) habían sido sustituidos por luces de colores que formaban la silueta, del todo reconocible, de un reno. De pronto, los colores naranja, morado y negro habían cedido su lugar al verde, blanco y rojo navideños, cuando el olor a pan de muerto recién hecho todavía podía sentirse en el aire cada vez más fresco.

Días después, a punto de arrancar la época de buenos deseos y propósitos, quise plantear la siguiente pregunta: “¿Está de acuerdo con la colocación de adornos navideños inmediatamente después de Día de Muertos?”. ¡Vaya frivolidad!, cuando hay tantos temas más de los que valdría la pena hablar antes de cerrar este año. Sin embargo, esto tiene que ver precisamente con los cierres, aquellos que, a veces de forma arbitraria y en ocasiones del todo imprevistos, nos señalan etapas y acontecimientos que hemos adoptado comúnmente para tener una sensación de orden.

Los ciclos nos llevan a poner límites, de hecho muy necesarios, a fin de evaluar lo acontecido y comenzar a planear con miras a un nuevo horizonte temporal. Los objetivos tienen una fecha de inicio y también una de término, para ver si los hemos cumplido. Sólo así tenemos la oportunidad de valorar el esfuerzo realizado y replantear lo que haga falta. Entonces, dividimos el tiempo en periodos con un comienzo y un final, sin embargo, por razones no del todo claras, pareciera que a algunas personas les gusta adelantar los tiempos como si éstos fueran un mero accidente o capricho. Y en parte lo son, pero en general hemos convenido que hay un tiempo para cada cosa, lo que nos da cierta certidumbre y permite ubicarnos, temporalmente, en medio del vaivén de nuestras vidas.

Claro, nos gusta adelantar aquello que percibimos como algo positivo, ya sea una celebración, las bien merecidas vacaciones o el arribo de alguien a quien desde hace mucho queremos ver. Por otro lado, cuando podemos, retrasamos lo más posible lo que nos parece desafortunado, lo que nos entristece o preocupa, como algún pago o la entrega de un molesto trabajo. Siempre quisiéramos tener más tiempo para las cosas que requieren de nosotros un esfuerzo mayor o que, simplemente, vemos como una poco afortunada obligación.

Y con ello regreso a la pregunta de mi imaginaria encuesta: ¿nos gusta ver adornos navideños cuando hace apenas unos días estábamos ocupados en adornar altares de muertos? De lo cual surge otro cuestionamiento: ¿ha habido la suficiente distancia entre un acontecimiento y otro? Por supuesto que nos emocionan los preparativos de una nueva celebración, una que señala el final de un ciclo anual, pero, por otra parte, con ello pareciera que el tiempo se comprime o corre más rápido, tanto así que, cuando llegan las fiestas de fin de año, esa celeridad continúa y pasamos de una posada a otra hasta que, cuando nos damos cuenta, ya estamos lamentando el final de aquella temporada mientras comemos rosca de reyes y tomamos chocolate.

Es obvio, en términos mercadológicos, que cuanto antes se fije en la mente de los clientes la necesidad de comprar regalos y adornos, más pronto comenzará a circular el dinero que fluye y desaparece tan rápido como las festividades asociadas con ellos. No importa cuánto queramos estirarlas, al igual que los ahorros, se esfuman tan pronto comenzamos a disfrutar el famoso maratón Guadalupe-Reyes. Por este motivo, desde principios de septiembre empezamos a encontrar árboles de Navidad perdidos entre la parafernalia relativa a un aniversario más de la independencia de México (curiosamente, los colores asociados con ambas celebraciones son los mismos, así que, sin proponérselo, hay un ahorro en ello).

Pareciera que esta prisa por abandonar un festejo y abrir la puerta al que sigue sirviera como una forma de compensar el exceso de monotonía en nuestras vidas. Son muchas semanas de rutina que necesitamos olvidar por un momento, refugiándonos en festividades que nos sirven para reunirnos con amigos y familiares a los que quizá no hemos visto desde finales del año pasado o con quienes disfrutamos tener cualquier pretexto para estar juntos. Como sea, adelantamos fechas sin darnos cuenta de que, para extrañar o anhelar algo, es el tiempo lo que le da un valor adicional.

Así entonces, la aparición de casas adornadas con luces y fetiches navideños desde principios del mes pasado, unos cuantos días después del Día de Muertos y sin referencia alguna a las conmemoraciones revolucionarias (que cada año parecen olvidarse más y convertirse en un mero día de asueto), en vez de hacerme sentir festivo me provoca una sensación de desconcierto sumada a cierta nostalgia por aquellos días en los que, precisamente, era el tiempo nuestro bien más preciado. Aun así, celebremos mientras tengamos la oportunidad de hacerlo.

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