Libre en el Sur

Cuando las palabras separan y unen: la historia del sueño de una lengua universal

Hoy la inteligencia artificial está cambiando el paradigma de la necesidad de que aprendamos un idioma común.

POR ESTEBAN ORTIZ CASTAÑARES

Cuenta la Biblia que, en un tiempo remoto, toda la humanidad hablaba una sola lengua. Unidos por ese entendimiento común, los seres humanos decidieron construir una gran torre que llegara hasta el cielo. El proyecto, conocido como la Torre de Babel, terminó abruptamente cuando Dios confundió sus lenguas, impidiéndoles comunicarse y obligándolos a dispersarse.

Más allá de su sentido religioso, este relato encierra una intuición sorprendentemente moderna: El lenguaje, además de un medio fundamental de comunicación, constituye la base sobre la que se construyen las culturas, las identidades y los vínculos sociales. Compartir un idioma implica compartir una forma de ver el mundo: conceptos, valores, creencias e ideales. Por eso, una lengua común crea un sentido de pertenencia a un grupo cultural.

La vinculación es tan fuerte que inclusive es suficiente para definir grupos nacionales. Por ejemplo, en la edad media, en el mosaico de reinos que configuraron el Sacro Imperio Romano, su vinculación era una misma lengua, el alemán, con una infinidad de dialectos. La palabra Deutsch significa, literalmente, “quien habla alemán”. La lengua era el verdadero elemento de unión.

El problema es que cuando se establece la pertenencia a un grupo (nosotros), inmediatamente se establece la exclusión de los que no pertenecen a él (los otros). Y es exactamente lo que ocurrió a la conformación de las naciones europeas, las diferencias lingüísticas facilitaron la diferenciación cultural y los motivos de rivalidad, dando lugar a conflictos constantes.

Durante el siglo XIX, algunos pensadores comenzaron a imaginar una solución ambiciosa: crear un idioma común que permitiera a toda la humanidad comunicarse y vincularse universalmente para poder vivir en paz. En 1879, el sacerdote alemán Johann Martin Schleyer presentó el Volapük, el primer idioma artificial moderno. Su idea era sencilla y audaz: una lengua fácil de aprender, sin vínculos nacionales, que sirviera como idioma auxiliar internacional.

Torre de Babel. Especial.

Pocos años después, en 1887, surgió un proyecto aún más influyente. En la ciudad de Białystok —entonces parte del Imperio ruso— convivían con dificultad comunidades rusas, polacas, judías y alemanas. Los conflictos eran frecuentes y la comunicación, escasa. Allí vivía Lázaro Zamenhof, un médico judío convencido de que muchos de esos enfrentamientos nacían de una incomprensión lingüística y una falta de vinculación cultural.

Zamenhof creó el Esperanto, cuyo nombre significa “el que tiene esperanza”. Diseñado para ser lógico, regular y fácil de aprender, el esperanto se difundió rápidamente por Europa. Surgieron clubes, congresos y publicaciones, como la revista La Esperantisto, que ayudaron a construir una comunidad internacional entusiasta.

Aunque en 1907 apareció una versión reformada llamada Ido, que buscaba simplificar aún más el idioma, la mayoría de los hablantes permaneció fiel al esperanto original.

Entre 1909 y 1914, el movimiento creció con fuerza. Se consideró inclusive crear una zona en Moresnet (entre Alemania y Bélgica), donde se enseñase como lengua materna, pero el proyecto nunca se concretó; se empezaron a dar conferencias científicas en esperanto, había correspondencia internacional y literatura. Pero el crecimiento de los movimientos nacionalistas, que llevaron a la Primera Guerra Mundial, frenaron su expansión.

Tras la guerra, el ideal de un idioma universal resurgió con renovado impulso. En 1927, la Liga de las Naciones –una organización precursora de la ONU– por iniciativa de Irán, trató de promoverlo como segundo idioma en el mundo y el idioma de la diplomacia. Pero en esa época el francés era el idioma más utilizado internacionalmente, y Francia no solo vetó el proyecto, sino que prohibió su enseñanza en todas sus universidades acusando al movimiento de promover ideas comunistas; así debilitó de manera contundente su desarrollo. Una década después los estados, en especial los totalitarios, bloquearon o persiguieron a sus promotores: la Alemania Nazi, URSS, Italia, España y Japón. Pero no desapareció, sino que sobrevivió gracias a una comunidad activa que lo utilizaba y promovía como parte de un ideal universalista.

Zamenhof, creador del esperanto.

Hoy se estima que entre 100,000 y 2 millones de personas lo hablan con fluidez, y alrededor de mil lo aprendieron como lengua materna. Ningún otro idioma artificial ha alcanzado cifras similares.

Otros proyectos surgieron con objetivos más modestos. En 1951 apareció el Interlingua, pensado para facilitar la comunicación científica internacional. Su estructura simple y su cercanía con las lenguas romances lo hacían bastante comprensible, pero finalmente fue desplazado por el inglés, que se consolidó como idioma de la ciencia y los negocios.

Más adelante, en 1998, nació la Lingua Franca Nova, un experimento basado en lenguas romances que buscaba parecerse más al lenguaje natural. Su impacto ha sido reducido y se limita casi por completo a comunidades en línea.

En 2001 surgió una propuesta muy diferente: el Toki Pona. Este idioma, que hoy está aprendiendo mi hijo y que motivó este artículo, fue diseñado con una filosofía radicalmente minimalista. Inspirado en el Tok Pisin de Nueva Guinea —una lengua híbrida basada en el inglés, que permite que comunidades de esta región con más de 500 idiomas se puedan comunicar entre sí—, incluyó además estructuras de simplificación utilizadas en el chino, finlandés, hebreo e inglés. Tiene solamente 137 palabras (el esperanto tiene 3,000 aproximadamente), lo que permite que se pueda aprender en solo dos semanas.

En lugar de crear palabras que definen algo muy específico, se describen los objetos utilizando las palabras como átomos que se aglomeran para generar un concepto específico. Depende mucho del contexto y de la interpretación del hablante. Por ejemplo, la palabra escuela se escribe como la integración de 2 conceptos como (casa) y sona (conocimiento) à “tomo sona”, u oficina como casa de trabajo à “tomo pali”.

Gracias a internet, el Toki Pona ha ganado popularidad desde 2010. Existen comunidades globales que crean canciones, textos y juegos.

Pero a pesar de todos estos intentos, fue el poder económico y político el que terminó imponiendo una lengua común: el inglés. Primero gracias al Imperio británico, desde siglo XVIII hasta mediados del siglo XX, que en sus momentos de máxima expansión tuvo el 24% de todo el territorio mundial y el 25% de su población. Y desde su decaimiento hasta la fecha, fue suplido por Estados Unidos, que no solo lo ha impuesto como base de la comunicación global a través de su poder político y económico, sino a través de su influencia cultural y el desarrollo de Internet.

Sin embargo hoy la inteligencia artificial está cambiando el paradigma de la necesidad de que aprendamos un idioma común. Transfiriendo la universalización a las máquinas que deberán convertirse en el intermediario para que cualquier persona pueda comunicarse con otra sin importar la lengua que cada una tenga.

Confieso que me cuesta imaginar que esta mediación tecnológica pueda ayudar a crear una afinidad universal entre distintas culturas. Entender palabras no siempre significa entender y empatizar con el otro.

Pero regresando al origen de toda esta historia, si el objetivo es la generación de una república europea, se requerirá impulsar un idioma oficial auxiliar para todos los países pertenecientes, que naturalmente debería ser el inglés. Aunque de facto es el idioma usado en todos los organismos de la UE, por razones políticas no se ha impulsado; solo ha habido proyectos nacionales de algunos de sus miembros que, por cierto, tampoco han prosperado. Como la iniciativa de tener el inglés como lengua oficial para todos los trámites administrativos, impulsada en el 2022 en Bruselas (Bélgica), a nivel local, o por el Partido Liberal (FDP) en Alemania, a nivel nacional; o la de Luxemburgo presentada en este año. Encuestas nacionales, en especial del norte de Europa, indican que la población estaría de acuerdo en su implementación.

Ojalá y en poco tiempo empecemos a ver estos temas en el Parlamento Europeo. Si es así esperemos que Francia y España, los países que más se resisten, tengan la altura política para impulsar el proyecto, que se convertiría en la transformación de un sueño iniciado en el siglo XVIII.

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