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Pase a gol

“Al paso del tiempo, un grupo de amigos y vecinos del barrio tampoco escapamos del imán futbolístico e inspirados en una madrugada fiestera, siendo muy jóvenes, concebimos la idea de formar un equipo de fútbol…”

POR ALEJANDRO ORDORICA SAAVEDRA

Practiqué varios deportes en los días de mi infancia y adolescencia, pero no el fútbol como tampoco tuve el gusto de portar el uniforme de algún equipo, salvo en la franja lúdica de la cascarita callejera.

Hubiera podido estrenarme en la liga infantil que auspiciaban los hermanos Lasallistas. Sin embargo, los juegos se efectuaban los sábados en horas tempranas y en unas lejanísimas canchas de donde vivíamos, más allá del Olivar del Conde, además de las complicaciones por los tiempos que exigían las tareas cotidianas de mis padres. Luego, en la secundaria pública, donde me inscribieron, sólo había espacios para el básquet, el boli y el frontón a mano, aunque mi inclinación por el fut resurgió y pronto me aficioné a favor de las invencibles Chivas del Guadalajara, el campeonísimo entre la década de los años 50 y 60, e integrado por mexicanos, en la envolvente bandera de un incipiente nacionalismo, que nos infundieron los maestros laicos. Y algo más: mi marcada ascendencia jalisciense, vía paterna, hasta donde la memoria llega. En aquellos días escolares, un ánimo competitivo nos llevaba a discutir semana a semana sobre los resultados de nuestros equipos favoritos, o bien intercambiábamos estampillas para ser los primeros y llenar el álbum anual, si bien a diferencia de nuestros días, no aparecían discusiones tan polarizantes en torno al arbitraje ni estábamos enajenados por el consumo de camisetas equiperas o unos tenis de relumbrón. No cabía en la imaginación de entonces el robotizado VAR o el fervor publicitario, ni las llamadas recurrentes del consumismo bajo el disfraz del espectáculo deportivo y la multiplicación de plataformas en la TV global, siempre abonados a la distracción social. En México, apenas en 1956 empezaban a transmitirse los partidos en vivo, o como se decía, a control remoto, todavía con audiencias limitadas, pues tener una televisión en aquella época era una opción sólo para los muy pudientes.

Al paso del tiempo, un grupo de amigos y vecinos del barrio tampoco escapamos del imán futbolístico e inspirados en una madrugada fiestera, siendo muy jóvenes, concebimos la idea de formar un equipo de fútbol envueltos en un extraño humor negro, escogimos como escudo el murciélago emblemático del ron Bacardí. Obvio, no ganamos nunca el campeonato, ni muchos partidos, y el team duró unos tres o cuatro años, pero eso sí nos divertimos a granel.

A la vez, sobrevendría el desencanto de las mafias del fútbol, la excesiva comercialización, los fracasos recurrentes de la selección nacional, la violencia en las gradas, la vocinglería de los locutores y otras desviaciones del mero espíritu deportivo, que navegan junto a los grandes problemas del país, ya el debilitamiento de las instituciones, la recurrente autocracia, la caída de la calidad educativa, el desastre del sistema de salud o la inseguridad imperante, todo derivado de la ineficiencia generalizada y la búsqueda del poder por el poder mismo del gobierno, anclado a los carteles criminales, sin omitir el declive urbano en la propia capital del país, ahora con sus inútiles maquillajes color moretón, en uno más de sus autogoles.

Ahora sólo me asomo a la liguilla, que de momento parece elevar la calidad del juego y las intensas emociones que fluyen dentro y fuera de la cancha, pero me ausento de los demás partidos regulares de la aburridísima liga mexicana, de repente sacudida por el atractivo fut femenil, que empieza a cosechar más audiencias, al igual que algunos partidos de la escudería internacional. Por cierto, recordé que a finales del siglo pasado, se hizo una encuesta, con resultados escandalosos, pues los niños mexicanos identificaban más y mejor a los jugadores, que a personajes notables de nuestra historia.

Pero en su lado bueno el balompié cruza por igual y transversalmente el espectro social, político y cultural, y nos deja lecciones sobre el trabajo en equipo, la inclusión identitaria, la apuesta solidaria, y desde luego, la salud física y mental inherente al deporte o la competencia ética y hasta el desahogo catártico. Por ejemplo, cuando la selección nacional, para no perder la costumbre es eliminada, se asocia consciente o inconscientemente al buen o mal gobierno, y es capaz de despertar estallidos eufóricos o pesimismos que bordean la depresión. Por igual, reaparece en la literatura con libros de autores reconocidos (Cela, Sartre, Marías, Bolaño, Galeano…) o en la pintura con relevantes creadores (Chagall, Zárraga, Warhol, Botero…).

En fin, ese amasijo llamado fútbol, que paradójicamente inventaron los supuestamente flemáticos ingleses, tan lleno de estruendo y polarización, coronado por el orgiástico grito de !Goooool!

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