Peligra el árbol Laureano con una simulación semejante
La figura de protección no es ley y carece de mecanismos efectivos de defensa
Un ejemplar de 150 años intervenido semanas después de aprobar su inútil plan de manejo.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
La escena es conocida: el árbol se vuelve emblema, la autoridad anuncia su “protección” y, aun así, la intervención llega. Esta vez fue el fresno Eugenio, ubicado en la colonia Del Valle, un ejemplar añejo cuya copa —amplia, antigua, generosa— constituye su rasgo más distintivo. Y, sin embargo, fue objeto de una poda mayor.
El comunicado de la Secretaría del Medio Ambiente de Ciudad de México insiste en la pulcritud técnica: no se retiraron ramas primarias, hubo arboristas certificados, protocolos y supervisión. Todo correcto en el papel. Pero lo que queda fuera del encuadre es lo sustantivo: el alcance real de una declaratoria y el momento en que se decide intervenir.
Sin ambigüedades: una “declaratoria” no forma parte de una ley en sentido estricto. Es un acto administrativo —un decreto— que no necesariamente está respaldado por una legislación precisa que establezca límites claros, sanciones específicas y mecanismos efectivos de cumplimiento.
En los hechos, eso significa que la protección puede volverse interpretativa. Se reconoce el valor del árbol, pero no se blinda jurídicamente su integridad. La consecuencia es evidente: la declaratoria opera más como un posicionamiento político que como una herramienta vinculante.
En el caso del gran fresno Eugenio, el desfase temporal resulta particularmente revelador. El plan de manejo —que debería definir criterios estrictos de conservación— fue firmado apenas en febrero pasado. Sin embargo, en cuestión de semanas se ejecutó una poda mayor.
Ese contraste abre una interrogante difícil de eludir: ¿cómo se transita tan rápido de un instrumento de protección recién aprobado a una intervención que modifica la estructura del árbol?
Porque en un fresno de aproximadamente 150 años, la copa no es un elemento secundario. Es su equilibrio, su historia, su capacidad fotosintética. Intervenirla implica alterar la esencia misma del ejemplar.
La técnica no sustituye la conservación
El argumento técnico —que no se retiraron ramas primarias— establece un umbral mínimo, pero no resuelve el fondo. La poda de copa en árboles longevos puede generar estrés fisiológico, alterar microclimas y debilitar su resiliencia.
La técnica, en este contexto, funciona más como justificación que como garantía. Se cumple el procedimiento, pero no necesariamente el principio de máxima conservación que debería regir en un árbol con estatus especial.
Y ahí es donde el caso del fresno Eugenio conecta con una preocupación más amplia, señalada por el movimiento #SalvemosALaureano: ninguna declaratoria garantiza por sí sola la supervivencia de un árbol.
El ejemplo del laurel de la India en Miguel Laurent y Fresas, en Tlacoquemécatl del Valle, es más que ilustrativo: es un antecedente documentado. Libre en el Sur ha dado cuenta, con base en diagnósticos de la propia alcaldía Benito Juárez, de que la raíz del árbol —conocido como Laureano— fue mutilada desde el interior del predio colindante. Es decir, el daño no vino de una poda visible, sino de una intervención subterránea, silenciosa y profundamente agresiva para su estabilidad.
Ese dato cambia la conversación: evidencia que el riesgo no sólo está en lo que la autoridad hace, sino también en lo que permite o no logra impedir.
Por eso, la exigencia vecinal ha ido más allá de la declaratoria: integrar el árbol a un parque de descanso, proteger su zona de raíces y construir un pozo de absorción de agua de lluvia que garantice su viabilidad a largo plazo.
En días pasados, la diputada federal Laura Ballesteros, de Movimiento Ciudadano, encabezó junto con seguidores suyos, habitantes de la alcaldía Benito Juárez, la colocación de una placa en la que se presume dicha declaratoria, colocada afuera del predio donde se encuentra el árbol Laureano, junto al propio ejemplar. Ni ella ni su grupo han acompañado la demanda del movimiento #SalvemosALaureano para que, en el predio donde se pretende construir un condominio de lujo, se levante en cambio un parque vibracional que sustituya al concreto y beneficie realmente al entorno urbano, no a las inmobiliarias.
Y ahora, el pasado 19 de marzo, la propia ballesteros publicó en X acreca del árbol Eugenio: “Lo que está pasando en la Del Valle es gravísimo. Están desmochando el árbol Eugenio, patrimonio natural y cultural, en manos de una desarrolladora, sin escuchar a las y los vecinos y con alertas claras de daño ambiental. Hay declaratoria y amparos. Aún así, avanzan. No es desarrollo: es abuso. No podemos permitir que destruyan lo que le da vida a nuestra ciudad”.
Lo ocurrido con Eugenio deja un precedente incómodo. Si un árbol con declaratoria y plan de manejo reciente puede ser objeto de una poda mayor —y si otro, como Laureano, puede ser dañado desde su raíz aun con visibilidad pública— entonces la protección es, en el mejor de los casos, frágil.
Y la pregunta, inevitable, permanece: ¿qué protege realmente a un árbol en esta ciudad: un decreto… o la presión de quienes se niegan a dejarlo caer?
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