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La ‘redención’ del Plan B: perdón y olvido para los aliados de la 4T

Morena rehabilita al PT y al PVEM tras haberlos acusado de corruptos y traidores por frenar la reforma electoral constitucional.

El acuerdo para impulsar el Plan B garantiza la unidad del bloque oficialista y protege el financiamiento de los partidos satélites.

STAFF/LIBRE EN EL SUR

La política de alianzas en la administración de Claudia Sheinbaum Pardo ha operado una metamorfosis radical en menos de una semana. El Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), que hasta hace apenas unos días eran señalados por la cúpula del oficialismo como entes corruptos, oportunistas y enriquecidos a costa del erario, han obtenido finalmente su redención. Su decisión de suscribir el llamado Plan B de la reforma electoral ha transformado el discurso de la traición en una narrativa de unidad patriótica.

La mañana de este lunes, la Presidenta selló esta rehabilitación al confirmar que enviará la iniciativa mañana martes, asegurando que existe un acuerdo total con sus aliados tras superar lo que llamó “diferencias menores”.

La fractura original se hizo evidente cuando ambas formaciones se negaron a votar la eliminación de las diputaciones plurinominales y la reducción drástica del financiamiento público en la propuesta constitucional. En ese momento, la respuesta de Morena no fue diplomática, sino incendiaria.

El senador Félix Salgado Macedonio fue uno de los más vocales al advertir que aquellos que frenaran la reforma quedarían inscritos en lo que llamó el muro de la traición. Para el legislador guerrerense, la negativa de los aliados no era una discrepancia técnica, sino un acto de deslealtad al pueblo de México para proteger sus propios intereses económicos y privilegios de grupo.

En los pasillos de San Lázaro, la retórica no fue distinta. Diversos cuadros de Morena calificaron a las dirigencias de Alberto Anaya y de la familia González en el PVEM como mercenarios que pretendían dar un golpe a la democracia desde el interior del movimiento.

La consigna en las redes oficialistas y en los comunicados internos era clara: los aliados se habían convertido en un lastre enriquecido que se negaba a soltar las prerrogativas millonarias. Incluso la propia dirigencia nacional de Morena subrayó que no se podía negociar con el PT y el PVEM lo esencial de la reforma, insinuando que sus socios buscaban prebendas inaceptables en un régimen que pregona la austeridad como principio moral.

La descalificación llegó a extremos de linchamiento mediático. Se publicaron listas y rostros de quienes inicialmente se opusieron, acusándolos de ser cómplices de la oposición conservadora para mantener un sistema electoral costoso. Se les tildó de parásitos del presupuesto que, tras haber obtenido cargos gracias a la fuerza electoral de Morena, daban la espalda a la Presidenta en su primera gran prueba legislativa.

El discurso oficial fue implacable: quien no apoyara la desaparición de las plurinominales estaba defendiendo la corrupción y el enriquecimiento ilícito de las cúpulas partidistas que han vivido del sistema por décadas.

Sin embargo, este fuego amigo se extinguió tan pronto como se puso sobre la mesa el Plan B. Tras una serie de cónclaves en la Secretaría de Gobernación, la retórica del reproche se diluyó de forma casi instantánea para dar paso a la redención política de los señalados.

Este lunes, en su conferencia matutina, Sheinbaum Pardo minimizó las fricciones pasadas, señalando que el 99 por ciento de los legisladores del bloque están unidos. La nueva vía legislativa eliminó convenientemente los puntos que asfixiaban a los socios menores. Con la garantía técnica de que sus estructuras financieras no serían desmanteladas y que el sistema de representación proporcional que les da vida seguiría intacto, el PT y el PVEM anunciaron su adhesión total al proyecto presidencial.

De inmediato, los mismos legisladores que los fustigaron por su falta de ética pasaron a elogiar su altura de miras. Ricardo Monreal pasó de advertir sobre la falta de consensos a celebrar la actitud positiva y el compromiso de los dirigentes aliados.

La contradicción es absoluta: los partidos que el lunes eran descritos como obstáculos enriquecidos que impedían el avance de la nación, hoy son presentados como pilares indispensables y honorables del proyecto nacional. El Plan B se perfila así como la herramienta técnica que permitió soldar una alianza que estuvo cerca de la ruptura por la defensa de intereses monetarios.

Este viraje demuestra que la pureza ideológica es un recurso elástico. La rehabilitación de estos institutos no responde a un cambio en sus prácticas, sino a la urgencia de Morena para alcanzar los votos necesarios en las reformas por venir. El costo de esta paz ha sido el silencio absoluto sobre las acusaciones que hace unas horas llovían desde el propio oficialismo. La moralidad del movimiento parece terminar donde comienza la necesidad de los votos y la supervivencia del bloque oficialista frente a los desafíos electorales futuros.

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