La SEP modifica sobre la marcha la reducción de clases tras críticas de padres, maestros, especialistas y sectores productivos
Queda la duda de si la Presidenta conocía —o incluso impulsó— una decisión que terminó provocando rechazo en prácticamente todos los ámbitos de la sociedad mexicana.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
Lo que fue presentado como un ajuste administrativo terminó convertido en uno de los tropiezos políticos y educativos más visibles del arranque del nuevo ciclo gubernamental.
Luego de días de críticas, burlas y rechazo creciente entre padres de familia, docentes, especialistas, empresarios y usuarios en redes sociales, el gobierno federal terminó reculando parcialmente en el polémico recorte al calendario escolar 2025-2026 impulsado por la Secretaría de Educación Pública.
La propuesta original implicaba una reducción significativa de días efectivos de clase. Entre las razones esgrimidas aparecieron las altas temperaturas registradas en distintas regiones del país, la falta de infraestructura adecuada en miles de escuelas —muchas sin aire acondicionado ni ventilación suficiente— y la necesidad de reorganizar actividades ante el calendario extraordinario que implicará el Mundial de Futbol de 2026.
Pero conforme avanzó la polémica comenzó a instalarse otra hipótesis, mucho más política y potencialmente más inquietante: el temor gubernamental a protestas, bloqueos y movilizaciones masivas durante el Mundial, particularmente de parte de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y otros grupos sindicales o sociales con alta capacidad de presión callejera.
El antecedente pesa. En años recientes, la CNTE ha demostrado capacidad para paralizar avenidas, aeropuertos, casetas, estaciones y centros administrativos durante semanas enteras. En un país que se prepara para albergar uno de los eventos internacionales más importantes del planeta, la posibilidad de protestas masivas en plena vitrina mundial aparece como un escenario políticamente delicado para cualquier gobierno.
La sospecha comenzó a crecer precisamente por la magnitud de la medida anunciada. Porque el calor, aunque real y cada vez más severo, no apareció de pronto este año. Tampoco el deterioro de la infraestructura escolar. Y aunque el Mundial de 2026 implicará ajustes logísticos importantes, difícilmente explica por sí solo una reducción tan abrupta del tiempo efectivo de clases.
Para algunos analistas y sectores críticos, el recorte parecía más bien un intento preventivo de vaciar parcialmente las escuelas, disminuir presión operativa y reducir riesgos de conflicto social durante el periodo mundialista.
La reacción social fue prácticamente inmediata.
Padres de familia cuestionaron cómo se pretendía recuperar contenidos académicos en un sistema que aún arrastra enormes rezagos desde la pandemia. Maestros advirtieron que los programas actuales ya son difíciles de completar incluso con calendarios completos. Especialistas señalaron que menos tiempo en aulas inevitablemente golpea más a estudiantes de escuelas públicas y sectores vulnerables.
Incluso sectores empresariales y laborales advirtieron el impacto económico y organizativo que tendría extender los periodos sin clases para millones de familias trabajadoras.
Y fue precisamente ahí donde apareció uno de los aspectos más sensibles del debate: la carga desproporcionada que estas decisiones trasladan a las mujeres.
En México, el cuidado cotidiano de niñas y niños sigue recayendo mayoritariamente en madres y abuelas. Cada semana adicional sin clases significa reorganizar horarios, pagar cuidados extra, faltar al trabajo o improvisar soluciones familiares. Para millones de mujeres trabajadoras, el recorte no era una abstracción pedagógica sino un problema inmediato de supervivencia cotidiana.
Las nuevas críticas y mofas tampoco se hicieron esperar tras las declaraciones del titular de la SEP, Mario Delgado, particularmente por su afirmación de que “las escuelas no son guarderías”.
La frase fue interpretada por muchos padres de familia como una señal de desprecio hacia millones de hogares donde la escuela cumple no sólo una función educativa, sino también una necesidad elemental de cuidado mientras madres y padres trabajan.
En redes sociales, usuarios recordaron que buena parte del país sobrevive gracias a dobles jornadas laborales, largos traslados y empleos sin flexibilidad, por lo que minimizar el papel social de las escuelas resultó para muchos una declaración desconectada de la realidad cotidiana.
La presión terminó obligando a la SEP a modificar sobre la marcha parte de las medidas anunciadas. Pero el daño político ya estaba hecho.
Porque más allá del ajuste concreto, la polémica dejó instalada una pregunta incómoda: ¿quién tomó realmente la decisión?
Dentro y fuera del sector educativo comenzó a crecer la duda sobre si la presidenta Claudia Sheinbaum conocía, autorizó o incluso impulsó la ocurrencia que detonó un rechazo tan amplio. Resulta difícil imaginar una modificación sustancial al calendario escolar nacional sin el conocimiento de la titular del Ejecutivo. Pero si no estaba enterada, la pregunta resulta igual de delicada: ¿quién está tomando decisiones de alto impacto sin pasar por la Presidencia?
La controversia exhibió además un problema más profundo: la creciente percepción de improvisación en la política educativa mexicana.
Durante años se habló de una transformación histórica del sistema educativo: humanismo, comunidad, pensamiento crítico, nuevos modelos pedagógicos y una “Nueva Escuela Mexicana” presentada casi como refundación nacional. Pero en las aulas, directores y maestros siguen enfrentando cambios permanentes de lineamientos, exceso burocrático y calendarios parchados sobre la marcha.
Lo que quizá en oficinas gubernamentales parecía un ajuste menor terminó convirtiéndose en símbolo de otra cosa: la desconexión entre quienes diseñan políticas públicas y la realidad diaria de millones de familias.
La SEP reculó. Pero el episodio dejó una sensación difícil de borrar: la de un gobierno que primero improvisa, luego mide el enojo social y finalmente corrige cuando el costo político ya es demasiado evidente.
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