Libre en el Sur

DE PRIMERA / El resplandor necesario

Sombra interior: territorio de miedo, dolor y potencia oculta. Luz: rescate, revelación y posibilidad de reencuentro

El pasado ritual —hogueras, árboles, velas, convivencia— era más que costumbre: era supervivencia simbólica en comunidad. Cuando el frío cerraba puertas, encender fuego era afirmar: “aquí seguimos, juntos, esperanzados”

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Cuando llega el invierno —cuando los días se acortan, cuando la noche se cierne pronto sobre la ciudad— algo ancestral revive. Las sombras se alargan en los muros, las habitaciones pierden el brillo natural, los ojos, sin notarlo del todo, extrañan el día. Y muchas veces, ese extrañar se siente como un peso: nostalgia abierta, ánimo menguado, sueño temprano, melancolía sin causa evidente. Esa es la sombra interior: espacio de lo reprimido, de lo vulnerable, de lo pendiente. Allí duermen memorias, pérdidas, deseos no expresados, miedos no nombrados. Pero esa sombra también guarda lo posible: verdades retenidas, impulsos de creación, deseos de renacimiento, fragmentos de nosotros que esperan luz para volver a latir.

La historia humana ha conocido ese empuje hacia la luz muchas veces. En el hemisferio norte, las civilizaciones antiguas celebraban el retorno del sol con rituales colectivos justo en los días más oscuros del año. El solsticio de invierno —el punto en que la noche es más larga— representaba una fisura temporal y simbólica: lo viejo moría, lo nuevo estaba por nacer. Esa transición de oscuridad a luz se convirtió en rito necesario para sobrellevar la dureza del frío, la incertidumbre del invierno, la privación de luz natural.Encyclopedia Britannica+2HISTORY+2

Entre esos rituales destacan celebraciones como el Yule, de los pueblos germánicos y nórdicos, que rendía homenaje al sol en su «renacimiento». Durante Yule se encendían hogueras, se quemaba lo que se llama el “tronco de Yule” —como símbolo de regeneración y de luz frente a la noche—, se compartían banquetes, comunidad, canto.Berlitz+2El blog de Tartalo+2 Luego, con el paso de los siglos y las transformaciones culturales, muchas de esas celebraciones fueron absorbidas, reinterpretadas o resignificadas; sus rituales de luz se integraron a festividades nuevas. Por ejemplo, lo que hoy conocemos como Navidad tiene raíces en esa tradición de celebrar el retorno de la luz en su contexto invernal.HISTORY+2Apollo Imperium+2

Ese pasado ritual —hogueras, árboles, velas, convivencia— era más que costumbre: era supervivencia simbólica en comunidad. Cuando el frío cerraba puertas, encender fuego era afirmar: “aquí seguimos, juntos, esperanzados”. Las llamas daban calor, el resplandor daba consuelo, la reunión daba sentido. Y la cultura integra esa urgencia ancestral en tradiciones que, aún hoy, se manifiestan cuando prendes una luz, cuelgas una guirnalda, decoras una ventana.

Esas tradiciones —convertidas en rito colectivo moderno— dialogan con lo ancestral y con lo psíquico: no solo reactivan memoria, sino que atienden una necesidad íntima del cuerpo y la mente. Porque la luz tiene un rol biológico: regula ritmos circadianos, infl uye sobre producción de neurotransmisores, modula sueño, ánimo, energía. Hoy sabemos por la ciencia que la exposición a luz intensa puede mitigar los efectos de la carencia de luz natural, sobre todo en quienes son sensibles a los cambios estacionales. Terapias como la Bright Light Therapy (BLT) lo han demostrado.

Foto: Especial

En la modernidad, aunque la tecnología nos permitió alumbrar la noche con neones, faroles, pantallas, ese resplandor muchas veces carece de sentido comunitario: se vuelve un estímulo visual más, un gancho de consumo, un espectáculo estético sin alma. Pero sigue latente la necesidad ancestral. Por eso muchas personas, aún sin ser conscientes del porqué, sienten alivio, nostalgia o consuelo al ver luces, plazas iluminadas, calles brillando. La luz colectiva sigue convocando: comunidad, pertenencia, esperanza compartida.

En ese equilibrio, la luz —como gesto simbólico y corporal— puede ser puente entre la sombra interna y la posibilidad de reencuentro, entre la melancolía y la esperanza, entre lo privado y lo compartido. La sombra no necesita eliminarse, sino ser reconocida; la luz no necesita ser comercial, sino vivida.

Hoy, prender una luz en invierno puede ser acto de resistencia: contra el aislamiento, contra la melancolía, contra la invisibilidad del cuerpo y del ánimo en un mundo urbano saturado. Puede ser también acto de comunidad: devolver a las calles, plazas, casas, una dimensión íntima, humana, compartida.

Porque en la historia del ser humano, la luz nunca fue decoración: fue refugio. Fue tregua. Fue promesa. Fue vida.

Y aunque hoy vivamos en tiempos de luces frías, vitrinas, publicidad permanente, esa herencia ancestral sigue operando: el resplandor sigue siendo necesario. Porque somos seres de sombra y luz. De memoria y esperanza. De heridas y cicatrización.

Cuando la noche amenaza con quedarse, cuando el frío tienta con cerrar puertas, encender una luz —aunque mínima— puede ser más valioso de lo que creemos. Puede volver a encender una posibilidad: de consuelo, de encuentro, de futuro.

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