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No solo el rey de España tuvo ‘un gesto’: el gobierno mexicano incorporó a Cortés en el Castillo de Chapultepec

La llegada del retrato reabre el debate sobre memoria histórica y exhibe una contradicción en el discurso oficial.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

En una de las salas del Museo Nacional de Historia se incorporó recientemente un retrato de Hernán Cortés que, sin estridencias, vuelve a colocar en el centro del relato nacional a una de las figuras más controvertidas de la historia de México. La pieza, un óleo sobre tela, fue donada por la familia Pignatelli Aragona Cortés, descendiente directa del conquistador. Durante generaciones, el cuadro permaneció en el ámbito privado, formando parte de la colección familiar. No era una obra expuesta ni discutida en el espacio público, sino un objeto heredado, casi doméstico, rodeado más de memoria que de interpretación histórica.

De acuerdo con especialistas del propio museo, el retrato podría ser una copia de un original de cuerpo entero fechado en el siglo XVII, cuya referencia histórica apunta al Hospital de Jesús Nazareno, en la Ciudad de México, el mismo sitio donde reposan los restos de Cortés, en una tumba discreta, un tanto escondida dentro del propio recinto hospitalario. Esa condición —la de copia— no le resta valor simbólico; por el contrario, lo inscribe dentro de una tradición iconográfica que ha moldeado la imagen del conquistador a lo largo de los siglos.

La donación se formalizó en febrero de 2024, en el Consulado General de México en San Francisco, como resultado de una gestión conjunta entre la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Secretaría de Cultura. Ascanio Pignatelli Aragona Cortés, integrante de la familia, explicó entonces que el cuadro, presente desde su infancia en la residencia familiar, dejaba de ser un objeto privado para integrarse a un espacio donde adquiere una dimensión histórica y pública.

El contexto político del “gesto”

Su llegada al museo no provocó polémica inmediata. No hubo anuncios destacados ni debate público amplio. Sin embargo, el momento en que ocurre sí resulta significativo. La presidenta Claudia Sheinbaum se refirió a las declaraciones del monarca español, Felipe VI, y afirmó: “es un gesto importante reconocer que hubo abusos durante la Conquista”, al tiempo que insistió en que ese reconocimiento resulta insuficiente si no va acompañado de una disculpa formal por parte del Estado español.

En esa misma intervención, la mandataria reiteró la postura que ha marcado la relación reciente entre ambos países: que España debe ofrecer una disculpa por los agravios cometidos durante la Conquista, como parte de un proceso de reconocimiento histórico. Al hacerlo, mantuvo la línea impulsada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien colocó este tema en el centro de la agenda bilateral, provocando tensiones diplomáticas con Madrid.

El planteamiento, sin embargo, se sostiene sobre una lectura específica del pasado. En el discurso oficial, la Conquista aparece principalmente como un proceso de abusos ejercidos desde el poder colonial, sin incorporar de manera explícita otros elementos documentados por la historiografía, como las alianzas entre los españoles y diversos pueblos indígenas que se sumaron a la caída de México-Tenochtitlan tras años de presión y dominio del imperio mexica.

En paralelo a ese posicionamiento político, el Estado mexicano decidió incorporar la imagen de Cortés en el principal recinto donde se articula la narrativa histórica oficial.

El escudo y lo que el retrato fija

El retrato presenta a Cortés en una edad aproximada de 32 años, lejos de las representaciones más tardías que lo muestran envejecido. Sin embargo, el elemento que concentra mayor carga simbólica no es el personaje en sí, sino el escudo del Marquesado del Valle de Oaxaca que aparece en la composición, concedido en 1525 por Carlos I de España.

En él se observa la corona de Moctezuma II por encima de las de Cuitláhuac y Cuauhtémoc, acompañadas por las representaciones de diversos señoríos sometidos, cuyas cabezas aparecen truncadas y encadenadas. Más que un elemento decorativo, la heráldica funcionaba como un lenguaje político: una forma de fijar visualmente la jerarquía, de establecer un orden y de legitimar un dominio.

Vista desde el presente, la imagen no puede desprenderse de su carga histórica. Lo que en su momento fue símbolo de reconocimiento y ascenso social, hoy se lee también como evidencia de un proceso violento, de imposición y reconfiguración forzada del mundo mesoamericano. El tránsito del retrato, de una colección familiar al Museo Nacional de Historia, marca así su incorporación a una narrativa pública que no resuelve la tensión, sino que la hace visible.

En ese contexto, la coincidencia entre el discurso político —que habla de “gestos” y reconoce “abusos”— y la decisión museográfica de incluir a Cortés en el principal museo del país expone una contradicción. Mientras en el plano diplomático se insiste en una deuda histórica, en el espacio museístico se integra, sin mayor énfasis, a uno de los protagonistas centrales de ese mismo proceso.

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