Y entonces llega enero como continuación sin maquillaje. El patio sin piñata, sin risas, con el eco de lo que ya no se puede revivir. Enero no borra nada. Solo deja ver, con una claridad fría, lo que persiste.
POR MELISSA GARCÍA MERAZ
El año terminado fue especialmente complejo, mucho trabajo, muchos cambios familiares, incluida nuevamente una mudanza caótica. Eso me ha llevado a no sacar los adornos de Navidad, ni una esfera, ni una luz, mucho menos el árbol. Será porque en casa no hay niños pequeños que pidan, que exijan que la decoración sea puesta. Y, por supuesto, el árbol de Navidad, porque significa una promesa clara: su tronco tendrá que llenarse de regalos.
Aún pienso en mi niñez. A mi madre y abuela les gustaba poner un arbolito, no sé por qué nunca fui parte de ese ritual o quizás sí, pero lo he olvidado. Sólo recuerdo una campana y un payaso de cuentas que pudimos armar para colocarlo en las ramas. Recuerdo la llegada de los Reyes Magos; Santa Claus no era parte del ritual. También tuvimos piñatas, no solo en Navidad. En los cumpleaños y otras fechas también había piñatas, las hacíamos, no las comprábamos porque eran costosas. En cambio, utilizábamos una olla de barro o un globo. A veces, las decorábamos como estrella, otras tantas como pequeñas cabezas de puercos o la más sencilla: una zanahoria. Eso sí lo recuerdo, siempre me gustó romper una piñata y no con dulces, sino con fruta: Jícamas, cañas y tejocotes. Nunca hubo adornos ostentosos, no se podía pagar más luz ni comprar grandes decoraciones, solo un árbol lleno de colores, una piñata hecha en casa con fruta dentro y un ponche caliente.
Pero los años que han seguido han sido diferentes. La familia se ha “achicado”, los espacios ahora son más grandes, pero las paredes se han llenado de ecos, de fantasmas que recorren los muros pensando en lo que quedó atrás, a veces, como lamentos, a veces solo como memoria. Los rituales han cambiado, se han estancado, se han disuelto.
Quizás esa promesa de modernidad, esa promesa de salida de la pobreza para entrar a la tan anhelada clase media no ha sido más que un espejismo. No hay una piñata, el patio permanece quieto, inmóvil, no hay risas ni niños cruzando el espacio. En la sala no hay decoración. Solo Alexa esperando instrucciones. Una maleta para el “gym” y una computadora que no deja de trabajar ni en vacaciones. ¿Qué pasó en estos años? ¿En estas décadas? ¿Cómo la vida aquí se quedó tan inmóvil, tan lejana y, al mismo tiempo, tan caótica? El “ritual”, el de armar la piñata y romperla fue olvidado, poco a poco, como nos olvidamos de quienes se acercan al ocaso, a volverse polvo. Me pregunto si, pronto o quizás un poco más tarde, olvide todo, olvide tu nombre, olvide el mío y olvide lo que dejamos atrás.
Lévi-Strauss cuenta en un ensayo famoso un hecho real ocurrido en Dijon, Francia: el clero local quemó una figura de Papá Noel, acusándolo de paganizar la Navidad, de volverla roja, al puro estilo del refresco rojo de etiqueta omnipresente. Lévi-Strauss narraba que, al día siguiente la municipalidad organizó su resurrección mostrando que la lucha simbólica entre una figura tradicional extranjera y la identidad religiosa nacional sigue siendo un ejemplo de cómo lo nuevo y moderno se unen y se transforma en algo nuevo entre lo tradicional y lo pagano.
Lo pagano se refleja en esa piñata hecha a mano con sus siete picos, los siete pecados capitales que hemos retenido y disfrutado todo el año. La soberbia de no escuchar a otros opinar, sentir, gustar distinto de nosotros y llamarlos tontos por seguir a un líder político con el que no coincidimos o un tipo de música que no disfrutamos. La envidia capitalizada en Instagram y otras plataformas modernas y el deseo de una vida de lujos.
Y es que así Santa Claus desterró a los Reyes Magos, la cena y el pavo ostentoso a la piñata de fruta, el regalo costoso de pilas a los juegos de mesa, a las muñecas y los yoyos. Así como una promesa de felicidad, un imperativo de la alegría que promete el consumo y las formas modernas y universales de disfrutar la Navidad. Como diría Sara Ahmed, ciertas fechas se vuelven puntos de orientación: te piden alinearte, y si no lo haces, parece que tú eres el defecto.
Eso es lo insoportable: que la Navidad prometa comunidad cuando lo que tienes es silencio, que prometa abundancia cuando lo que hay es cansancio, que prometa reparación cuando lo vivido, el desamor, el desencanto, el abandono, no se reparan con luces. Y entonces llega enero, no como inicio, sino como continuación sin maquillaje. El patio sin piñata, sin risas, con el eco de lo que ya no se puede revivir. Enero no borra nada. Solo deja ver, con una claridad fría, lo que persiste.
Me pregunto si un día, el día que muera,
ya haya pasado un tiempo sin que recuerde mi propio nombre,
habré olvidado el amor, el dolor, el rencor y el recuerdo
Y entonces, como la Navidad,
como ese patio sin piñata, sin risas,
ese patio ahogado por memorias que se volvieron fantasmas
bajo la promesa de un enero que ya no llegó,
sin descendencia, sin hijos, sin nietos que recorran el espacio,
entonces mi recuerdo no sería siquiera un fantasma que recorra los muros:
habré muerto dos veces,
en el cuerpo y en la memoria colectiva.
Mis huesos y mi recuerdo serán polvo.
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