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SALDOS Y NOVEDADES/ Año ¿Nuevo?

“El escribidor tiene un pleito existencial con la duración del Año Nuevo. ¿Cuál el periodo que abarca? ¿Cuándo se convierte en Año Viejo, según las convenciones temporales?”

POR GERARDO GALARZA

Los seres humanos necesitamos de convenciones para lograr vivir en sociedad; es decir, por llamarlas así, de lugares comunes que todos aceptamos para cumplir con un “pacto social amplio”. Si no mal recuerdo, esta idea, más bien ocurrencia, ya la he expuesto en estas páginas.

Esas convenciones sociales están en todas nuestras actividades a lo largo de toda nuestra vida. Las más evidentes son las que se refieren a pesos y medidas, las llamadas leyes científicas, todo tipo códigos legales, el abecedario y los números, el valor de las monedas, las tallas de la ropa y los zapatos y la medición del tiempo, entre muchas otras.

Las aceptamos como verdades, aunque sólo sean invenciones humanas de este planeta. Siempre he creído que si hay vida inteligente o sólo similar a la humana en otros sitios del universo, estas convenciones no nos servirían de nada en la relaciones con lo seres vivos de ese o esos lugares. No creo que, por ejemplo, que en cualquiera de esos sitios la fórmula química del agua sea H2O o simplemente que a ese líquido se le llame agua, o  que la ley de la gravedad se llame así, o que existan el metro o la yarda, los centímetros o las pulgadas como medidas, o que haya kilos y gramos, etcétera. Allá y sus habitantes tendrán sus propias convenciones, incluidas las de sus propios lenguajes, sus letras y sus números.

Lo cierto es que las convenciones sociales (a veces se ha pretendido, se pretende incluir y se incluyen determinados comportamientos individuales y colectivos, a los que se les llaman “buenas costumbres” y “reglas de etiqueta”), ayudan a los humanos. Una de las más comunes, entre las comunes, es la medición del tiempo.

Los humanos “medimos” al tiempo en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros, décadas, siglos, milenios… Los que usamos todos días en ámbitos de todo tipo son los minutos, horas, días, meses y años. Desde los primeros años de la primaria aprendemos su duración: un minuto tiene 60 segundos… un día tiene… un año tiene 365 días, bueno más o menos según los científicos.

La conseja popular (el lugar común dicho menos comúmente) asegura que el “tiempo lo cura todo” y la experiencia dice que no.  Uno se levanta al nuevo día con los problemas y las preocupaciones con las se durmió la noche anterior, aunque un poco más descansado y quizás con mejor ánimo, por más que Facundo Cabral cante: “Este es nuevo día/Para empezar de nuevo…/Para cantar, para reír/Para volver a ser feliz”… los conflictos laborales, personales, económicos, familiares, de pareja y demás no son buena cuna de un nuevo día feliz.

Los nuevos días se celebran casi personalmente; ocurren cada 24 horas y eso les quita al motivo para hacer de ellos una celebración colectiva; ocurre lo mismo con la nueva semana y el nuevo mes, pero al año nuevo sí que los celebramos colectiva y mundialmente.

 El escribidor tiene un pleito existencial con la duración del Año Nuevo. ¿Cuál el periodo que abarca? ¿Cuándo se convierte en Año Viejo, según las convenciones temporales?

Es de suponer que el Año Nuevo comienza con el primer segundo del primer minuto del día primero de enero. ¿Y cuándo termina? Pues, dirán muchos, con el último segundo del último minuto del último día del Año Viejo. Entonces, ¿cuándo inició el Año Viejo? ¿Sólo dura un segundo?

 Algunos dirán que el Año Nuevo sólo dura lo que tarda enero en pasar. Digámoslo de otra manera: ¿hasta que fecha se puede desear ¡Feliz Año Nuevo!? ¿Febrero es ya parte del Año Viejo? Si se aplican las convenciones temporales más o menos de la misma manera en todos los casos, es de suponer que en agosto y septiembre, el año es ya, por lo menos, “adulto mayor”, según el lenguaje políticamente correcto de hoy.

Más allá de la Noche Vieja (la del 31 diciembre) y del Año Nuevo, de las doce campanadas con las respectivas doce uvas, de la cena, los brindis, los abrazos, los buenos deseos de salud, dinero, amor, éxito, los parabienes, pues,  el Año Nuevo inicia con los problemas y los éxitos del Año Viejo, no cambia nada; quizás, como el caso de los días, el cambio podría ser de actitud, aunque está probado, cuasi cientificamente, que los propósitos personales por el Año Nuevo se frustan, la inmesa mayoría, en la primera semana “nueva” y que los buenos deseos son sólo eso y chocarán con las realidades de la vida. Es más, algunos despertarán al nuevo año con una enorme cruda, que por supuesto se jurará que será la última.

Nada se transforma por el simple cambio de fecha, ni en lo colectivo ni de individual; los conflictos, los duelos, las decepciones, las tristezas, las enfermedades, siguen ahí, por eso con nuestros abrazos deseamos salud, dinero y amor.

Tal vez, o mejor dicho sin el tal vez, lo importante de los cambios de fecha, de estación o de cualquier otra convención humana ocurre siempre como lo proclama el verso de Joan Manuel Serrat: “Y el sol sólo es el sol/si brilla en ti/La lluvia solo lluvia/si te moja al caer” porque “Ni los vientos son cuatro/ni siete los colores/y los zarzales crecen/junto con las flores”.

Así que, de cualquier manera, ¡feliz Año Nuevo!, para todos y que el sol les brille y la lluvia les moje.

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