Libre en el Sur

El Síndrome de Munchausen: La enfermedad autoinducida

Algunas teorías sugieren que antecedentes de abuso o negligencia en la infancia, o un historial de enfermedades frecuentes que requieren hospitalización, podrían ser factores asociados con el desarrollo del Síndorme de Munchausen, donde la persona falsifica o exagera una enfermedad

POR NADIA MENÉNDEZ

El síndrome de Munchausen (trastorno facticio autoimpuesto) se presenta cuando alguien trata de llamar la atención y generar simpatía o empatía falsificando, induciendo y / o exagerando una enfermedad.

El término síndrome de Münchausen fue utilizado por primera vez por Richard Asher en 1951, para referirse al cuadro en el que un adulto fabrica síntomas facticios (i.e., trastornos que han sido elaborados o generados artificialmente a partir de elementos verdaderos o reales). La denominación del síndrome fue motivada por los antecedentes históricos de Karl Friedrich Hieronymus Baron von Münchausen, conocido como el “barón de las mentiras”, nacido en 1720, en Bodenwerder, Alemania. Se desempeñó como capitán de caballería para un regimiento ruso en dos guerras contra los turcos y era un conocido narrador de anécdotas sobre cacerías, viajes y batallas.

El el Síndorme de Munchausen se fingen los síntomas.

Las personas afectadas por este trastorno mienten acerca de los síntomas, sabotean pruebas médicas (como agregar sangre en la orina) o se hacen daño a sí mismos para obtener los síntomas deseados (por ejemplo, usando una banda elástica para cortar la circulación en una extremidad).

Al respecto, diagnosticar y tratar el síndrome de Munchausen es difícil debido a la deshonestidad de la persona involucrada.  Las personas con trastornos facticios actúan de esta manera debido a su necesidad de ser vistos como enfermos o lesionados, más no para lograr un beneficio concreto, como la obtención de medicamentos o ganancias financieras. Esto se distingue de la simple simulación de una enfermedad o de la exageración o fingimiento de sus síntomas para, por ejemplo, justificar ausencias laborales.

La persona afectada por el síndrome de Munchausen puede someterse a exámenes y operaciones médicas dolorosas o riesgosas para obtener la simpatía y atención especial que se brinda a las personas realmente enfermas; la persona puede lesionarse en secreto para generar indicaciones de algún padecimiento.

De igual forma, algunas personas se cortan o queman, se envenenan, reabren heridas, o incluso frotan heces o suciedad en una herida para provocar una infección, o bien comen alimentos contaminados con bacterias a fin de desarrollar una enfermedad.

La mayoría de los síntomas en las personas con este trastorno están relacionados con enfermedades físicas (síntomas como dolor en el pecho, problemas estomacales o fiebre) y no con trastornos mentales. Mientras que algunos síntomas son autoinfligidos, otros corresponden a la exageración de síntomas reales. Por ejemplo, el paciente puede exagerar al describir síntomas sobre pérdida de la visión, convulsiones, dolor en las articulaciones, dolores de cabeza, debilidad, vómitos y diarrea.

La obtención de estadísticas precisas acerca del síndrome de Munchausen es difícil debido a la deshonestidad de las personas afectadas. Además, las personas con este trastorno tienden a buscar tratamiento en centros de atención médica diversos, lo que da lugar a estadísticas engañosas.

Sin embargo, en una Encuesta Nacional de Altas Hospitalarias, realizada en la EE.UU. en 2013, se estimó la ocurrencia de 6.8 casos de trastorno facticio por cada 100,000 pacientes. No obstante, no es claro cuántos de esos pacientes padecían efectivamente el síndrome de Munchausen.

Los investigadores han observado que las mujeres que trabajan en la comunidad de atención médica tienen más probabilidades de desarrollar el síndrome de Munchausen, y se considera que la población con rasgos o trastornos de personalidad limítrofes o histriónicos es más propensa a desarrollar este trastorno.

Se desconoce la causa exacta que genera el síndrome de Munchausen, pero los investigadores tienden a coincidir en que los factores psicológicos juegan un papel fundamental. Algunas teorías sugieren que antecedentes de abuso o negligencia en la infancia, o un historial de enfermedades frecuentes que requieren hospitalización, podrían ser factores asociados con el desarrollo de este síndrome. Otros desencadenantes pueden involucrar la muerte de un ser querido a una edad temprana, así como el abandono. Los investigadores también estudian el posible vínculo entre el síndrome de Munchausen y trastornos de la personalidad, que son comunes en estos individuos.

En adición a lo hasta aquí expuesto, en 1977 el pediatra británico Roy Meadow definió el “síndrome de Münchausen por poder o por delegación” (SMP) al trastorno facticio por el cual la enfermedad de un niño es sugerida, inducida o fabricada por la persona más próxima a él; en general, la madre. Meadow planteó esta denominación a partir de dos casos clínicos; uno en el que la madre manifestaba que el niño presentaba hematuria, pero más tarde se comprobó que la orina había sido contaminada con sangre. El segundo correspondió al de otro niño que había sido intoxicado con cloruro de sodio.

En ambos casos, relató Meadow en 2002, los pacientes habían ingresado a diversos centros de salud y habían sido sometidos a múltiples evaluaciones médicas, sin arribar a ningún diagnóstico comprobable.

Por su parte, en 1979 C. M. Verity definió como síndrome de Polle al cuadro clínico simulado por los padres a través de supuestos síntomas que presentaban sus hijos. Se le llamó Polle en honor al hijo del Barón de Münchausen, quien muriera a los diez meses por causas desconocidas. Sin embargo, esta denominación es controvertida y no empleada, por no haberse comprobado la culpabilidad de los padres.

La denominación más reciente es la de Glaser y Davis (2019), quienes lo definen como enfermedad inducida o producida por cuidadores. Hoy en día, es un trastorno clínico descrito -y referenciado en pediatría- con mayor frecuencia que en el pasado. A pesar de la identificación de su elevada presencia a nivel global, todavía existen problemas para obtener un diagnóstico adecuado y perduran las dificultades para manejar tanto los aspectos clínicos como los legales asociados con esta dolencia en diversos países.

No existe una manifestación típica de SMP. Las sospechas pueden surgir cuando los padres malinterpretan o exageran los comportamientos teóricos, y los casos verídicos van desde la fabricación aparente de los síntomas reportados hasta la fabricación directa de signos de enfermedad. Cada vez que un niño dependiente es herido o lastimado por la acción de un adulto, los servicios de protección infantil deben involucrarse.

En el caso de México, algunos estudios han sido realizados a detalle, tales como el de Jorge Trejo Hernández, Arturo Loredo-Abdalá y José Manuel Orozco-Garibay (TLO, 2011), del Instituto Nacional de Pediatría (INP), publicado en 2011, con importantes implicaciones.

Los autores señalan que con el fin de apoyar a los niños en situación de “falsificación de condición pediátrica o “falsificación de condiciones”, se han utilizado criterios tales como:

Los autores identificaron que el problema parece presentarse con vistos de universalidad en todo el territorio nacional. Sin embargo, el hecho de que encontraron una mayoría de casos en el Distrito Federal parece obedecer a que el INP tiene una incidencia importante en virtud de la elevada densidad de población en la zona metropolitana.

Los autores destacan en su estudio que un porcentaje importante de las madres involucradas en el maltrato vivían en casas ajenas; principalmente de parientes. Asimismo, afirman que esta patología se puede observar en poblaciones de países emergentes -no solo desarrollados-, mayormente en un entorno urbano, en familias con un nivel laboral y académico que va de medio a alto.

Es destacable que en la totalidad de los casos referidos en TLO 2011, la agresora era la madre. Asimismo, los mecanismos para afectar la salud de los niños fueron, principalmente, inducción y simulación. Por su parte, el nivel de conocimiento médico que tenían estas madres estaba relacionado con algún tipo de actividad en este campo y un porcentaje importante de ellas habían sufrido SMP en su infancia.

Los autores identificaron que -en general- las mujeres en cuestión poseían un elevado nivel intelectual, generalmente por encima de la media; al respecto, en cerca del 20% de los casos, el nivel intelectual de la madre fue sobresaliente, mientras que la autoestima era baja en un porcentaje similar. Por su parte, la intolerancia a la frustración estaba presente en casi 30% de los casos, y los principales rasgos de personalidad que presentaron las madres fueron: etapas psicóticas, actitudes histéricas y comportamientos obsesivo-compulsivos.

En algunos casos de maltrato se ha observado que un infante maltratado se convierte, con el tiempo, en un adulto que maltratará a su hijo; sin embargo, queda mucho por estudiar en este aspecto. No obstante, es menester indicar que en el estudio citado, casi 30% de las madres sufrieron este tipo de maltrato, lo que lleva a plantear la hipótesis sobre la posibilidad de transmisión generacional.

La influencia de la situación sociofamiliar como causal de SMP es un aspecto que no se ha estudiado lo suficiente. Más de la mitad de los casos analizados ocurrieron en familias monoparentales, cuando la madre estaba separada del padre. A pesar de su nivel académico, en la mayoría de los casos la madre no trabajaba. El principal sostén económico era el padre o, en ocasiones, un pariente cercano. Es posible que esto explique por qué el 50% de las familias objeto del estudio tenían un nivel socioeconómico bajo, lo que no excluye -sin embargo- la posibilidad de que este síndrome se presente en otras clases sociales.

Es menester indicar que, con frecuencia, el pediatra es una figura central en la perpetuación del abuso asociado al SMP, al realizar o prescribir tratamientos innecesarios o dañinos para el infante. Por lo tanto, una estrategia recomendada para la contención de este tipo de abuso involucra mejorar la capacidad de identificación de SMP, tanto por parte del pediatra, como por parte del sistema de atención médica, lo cual tenderá a contribuir en la reducción de la morbilidad asociada. Al respecto, se debe recordar que la mortalidad general por SMP se ha reportado de entre 6% y 10%, pero puede ser tan alta como 33% cuando se trata de asfixia o envenenamiento.

Por lo anteriormente expuesto, cualquier caso en el que se sospeche la presencia de SMP debe discutirse con un equipo multidisciplinario, incluido el equipo de protección infantil del hospital; se debe realizar un aviso legal y, de considerarse indicado, se debe llevar a cabo un informe a los servicios de protección infantil. Por otra parte, la asociación con otras modalidades de maltrato, como el abuso sexual, el abuso físico, la negligencia dificultan el diagnóstico específico al momento de agregar los datos clínicos característicos de esta asociación.

Un comentario final para el contexto mexicano es que en nuestro país es obligatorio, de acuerdo con la NOM-190-SSA1-1999, iniciar una demanda judicial una vez establecido un diagnóstico de SMP. Sin embargo, con frecuencia los datos clínicos de la víctima y la evaluación psicológica de la madre no son considerados prueba suficiente para que las autoridades consideren la existencia de SMP, por lo cual no se emite orden alguna para proteger al infante. El niño no es enviado a una institución, o a un familiar con el fin de lograr un apoyo secundario, protección que debería ser proporcionada por el estado mientras la madre está en tratamiento psiquiátrico.

Este es un tema pendiente del que depende el bienestar físico y mental de niños y niñas, tanto en nuestro país como en el resto del orbe.

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