“La fuerza de aquella tormenta, tanto sanitaria como social, se comenzó a notar con mayor brío…”
POR OSWALDO BARRERA
Por definición, los equinoccios señalan un equilibrio planetario, el momento justo en que luz y oscuridad se encuentran en igualdad de condiciones. A su vez, marcan con astronómica precisión, un cambio significativo que anuncia, en el caso del equinoccio de primavera según el hemisferio, un periodo de mayor luminosidad, el cual es acompañado por hitos climáticos, ambientales y paisajísticos de los que todos nos percatamos, así como por otros que son del todo imprevistos y que, sin contrapesos, nos pueden llevar a un momento de vacilación y confrontación.
Hace seis años, con la entrada misma de la primavera, llegó como una silenciosa tormenta el encierro que trajo consigo un nuevo y letal virus, lo que, aunque se anunció mucho antes, esperábamos no tener que atestiguar en nuestra vida, confiados en que se trataba de algo similar a la trama de una película, de una historia que pertenecía a la ficción. Sin embargo, no fue así; fue un acontecimiento que probó su fatal realismo conforme los contagios se extendieron como un vendaval.
Era una pesadilla contraria a ese cambio que marca el equinoccio primaveral, de la oscuridad a la luz, y con cada día aquélla cobraba mayor fuerza y se esparcía sin freno, así como la incertidumbre, debido a las contradicciones que acompañaban tanto discursos oficiales como comentarios compartidos sin reparo en las redes sociales. La fuerza de aquella tormenta, tanto sanitaria como social, se comenzó a notar con mayor brío: ya no era un viento callado, sino un ventarrón que soplaba cargado de confusión y miedo, y cuya gravedad no se veía del todo clara; de hecho, la palabra cuarentena quedó pronto rebasada, ya que fueron más de cuarenta los días que el mundo entero tardó en salir de la tempestad y en los que tuvimos que aceptar a regañadientes que nos encontrábamos ante una pandemia, un acontecimiento de alcance global para el que estábamos pobremente preparados.
Por otra parte, frente a ese cataclismo, hubo muestras de un tremendo cinismo respecto a las medidas necesarias para, si no evitar, por lo menos frenar las oleadas de contagios y los fallecimientos consecuentes. Sin embargo, con el tiempo llegó una calma que anunciaba el final de la tormenta. Hubo otros vientos, más amigables, que traían consigo cierta esperanza de que volveríamos a respirar sin miedo, de que podríamos volver a salir y sentir el aire a nuestro alrededor ya no como una amenaza. Podríamos reencontrarnos para lamentar la pérdida de quienes no pudieron llegar con nosotros hasta ese momento y recordar cuán afortunados éramos, o al menos así queríamos verlo.
Nunca sabemos, al menos no con total certeza, cuándo la corriente irá en nuestra contra. Le plantamos cara a los cambios que podemos prever de alguna manera o nos ajustamos a aquellos que aparecen sin aviso, aunque a veces nos rebasen y tengamos que responder como podamos y sin las herramientas suficientes. En ocasiones, si nuestra voluntad basta, podemos afrontar el desasosiego con la misma entereza que un dique contiene la fuerza del agua, pero a veces ésta sobrepasa ese dique y es necesario dejarla correr para no ahogarnos.
La misma analogía sirve para el viento que, como huracán, se deja caer con furia y arrasa con aquello que se le opone. Nunca es más cierto el concepto de que, ante las circunstancias adversas, es de sabios doblarse como la espiga ante el viento. A su vez, la frase “Hoy somos espigas que se mueven con el mismo viento” hace alusión a nuestra capacidad de sobreponernos frente a las calamidades si permanecemos unidos y somos lo bastante flexibles en lugar de rígidos. He ahí un aprendizaje que no siempre estamos dispuestos a aceptar.
Ahora, más que en otras épocas que les ha tocado vivir sobre todo a las generaciones recientes, necesitamos ser flexibles pero a la vez firmes y activos frente al panorama incierto y hostil que vemos alrededor del mundo. No olvidemos que en esta década, que ya va en su segunda mitad, nunca tuvimos un merecido descanso de la pandemia, no nos dimos la oportunidad de reponernos y fortalecer un dique que nos dé seguridad ante lo que venga, no aprendimos lo suficiente como para evitar los mismos errores que nos han puesto en jaque los últimos años y, lamentablemente, no hubo un equilibrio entre la luz y la oscuridad al término de una de las mayores crisis de la humanidad en el último siglo. Seguimos a oscuras y el viento parece soplar en nuestra contra otra vez.
¿Resistiremos hasta doblarnos, para permanecer y volver a levantarnos, o nos quebraremos sin remedio?
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