Ícono del sitio Libre en el Sur

Una tarde, un café y una rosa

“Un minuto después, frente a aquel café, llegó una inesperada pregunta de su parte: ¿Puedo darte un beso?, cuya obvia respuesta, como las dos anteriores, precedió a un beso cálido y enternecedor…”

POR OSWALDO BARRERA FRANCO

Nos encontramos en el centro de Coyoacán, en una tarde de principios de enero de 1995, con el recuerdo aún presente de las festividades recién concluidas y el regocijo por vernos después de una breve ausencia debida a los compromisos de finales de año, lo que alentó todavía más las ganas de relatarnos nuestros respectivos itinerarios.

Luego del afectuoso abrazo que marcó aquel reencuentro, caminamos hasta la esquina de Cuauhtémoc y Allende, a una cuadra del Jardín Hidalgo, donde el insigne café de El Jarocho ha mantenido una presencia constante desde hace varias décadas. Después de hacer la fila de rigor para pedir las bebidas que dan a aquel lugar su razón de ser, alcanzamos a tomar posesión de una de las bancas de hierro fundido sobre la acera y frente al local.

Ya acomodados en aquella banca, en la que tomamos a sorbos el café intenso que acompañaba de maravilla el fresco de aquella tarde, y en lo que hacíamos tiempo para ir al cine Coyoacán, antes de que se transformara en teatro, comenzamos el relato de las semanas en que extrañamos la compañía que nos habíamos brindado en los últimos meses, luego del regreso de ella a México a mediados del año que acababa de concluir.

Habíamos renovado una amistad que tuvo que sobrellevar varios desencuentros hasta alcanzar una familiaridad y una confianza que nos acercó más que en cualquier otro momento. Ambos nos convertimos en un apoyo sólido para cada quien, por lo que compartíamos una complicidad y una afinidad que hacían de aquel vínculo entre los dos una prueba de que se podía cultivar una relación basada en un apego mutuo y honesto, destinada hasta entonces al mero aprecio como amigos.

Ambos veníamos de decepciones amorosas que marcaban un inicio de año incierto, pero en el que podíamos acompañarnos sin reserva alguna, convencidos de que entre los dos había un acuerdo más profundo que cualquier desvarío o interés romántico que lo hubiera precedido. Esa tarde, aquel acuerdo se veía más estoico y transparente que nunca, acompañados por el café que calentaba nuestros cuerpos tanto como nuestros espíritus en aquella banca.

Comenzaron las confesiones respecto de los desamores que nos habían aquejado, los cuestionamientos acerca de lo hecho o de lo que quedó pendiente, las tribulaciones sobre lo que vendría más adelante en una ruta marcada por una aparente y forzada soledad. Sin embargo, sabíamos que no había por qué recorrerla por separado; nos teníamos como guías y escoltas incondicionales, dispuestos incluso a buscar fortuna en las calles de Nueva York, en un ansiado viaje que ella propuso después de preguntarme, con cierta aflicción, si estaría dispuesto a acompañarla. Mi respuesta a ello fue un contundente “Sí”, seguida de un caudal de agradecimiento en su mirada.

Seguíamos hablando sobre confusos pasados e hipotéticos futuros, en un presente que nos tenía codo a codo en aquella ya álgida tarde de Coyoacán, con los cafés en la mano, alentando una cada vez mayor cercanía más allá de lo físico. Fue entonces que hizo su aparición una figura inesperada y que por un instante rompió el apremiante diálogo entre ambos. Llegó con una rosa en la mano y una sonrisa trazada con picardía en su rostro infantil. Aquella niña, una vendedora de rosas, llegó en el momento preciso y provocó un maremoto emocional que ninguno tenía previsto y ante el cual nos encontrábamos por completo desamparados.

Cuando la niña me extendió la rosa y dirigió su traviesa mirada a mi amiga, mi cómplice, la siguiente escala de mi trayecto, no pude evitar comprarla para ella. No lo pensé ni me preocupé por las implicaciones de aquel detalle intempestivo que me nació compartir con quien más lo merecía. Sólo volteé para verla y con un simple “Es para ti” se la entregué, en lo que ella miraba la rosa con azoro y sin saber qué decir. Finalmente, alzó sus ojos amelados y con cierta pena mezclada con confusión me preguntó: “Estás seguro”. Mi respuesta fue otro contundente “Sí”.

Un minuto después, frente a aquel café, llegó una inesperada pregunta de su parte: “¿Puedo darte un beso?”, cuya obvia respuesta, como las dos anteriores, precedió a un beso cálido y enternecedor, el primero que ella, supongo, estuvo dispuesta a dar por genuino cariño, y a su vez el primero de los demás que vendrían, aquel primer y tan anhelado beso a lo largo de una ruta llena de anticipadas pérdidas. Ése fue el arranque de un camino que, por unos meses más, recorrí con ella, cada vez con mayor ímpetu y a mayor velocidad, hasta que tan sólo unos meses más tarde llegó a su abrupto final.

Aquel camino se perdió demasiado pronto, se cortó sin aviso previo ni oportunidad de retomarlo, y aún lleva consigo muchas preguntas, como pronunciadas curvas a lo largo de una profusa pendiente que carece de señalamientos, y que quizá nunca se respondan. Sin embargo, cuando tengo oportunidad y paso frente a aquella banca, donde dos jóvenes compartieron un beso que los unió antes de separarlos, les extiendo un afectuoso saludo, confiado en que, quizá en otra vida, aún caminan juntos con una rosa y un café en la mano.

Compartir

comentarios

Salir de la versión móvil