Libre en el Sur

Mi viaje inolvidable

“Muchos vomitaban sobre sus sarapes o de plano se doblaban para guacarear en el piso”.

POR CARLOS FERREYRA

En los años 50 y un poco antes, los ciclos escolares terminaban los días previos a diciembre, se reanudaban actividades luego de Reyes y sólo había otro descanso largo en la Semana Mayor.

Se guardaban cumplidamente los fastos religiosos católicos y los del santoral laico y republicano.

Pequeño, mis vacaciones las pasaba en una granja en Puruándiro, donde hurtaba garbanza cruda de la canoa de los puercos al igual que a las gallinas las despojaba de un poco de salvado. Ambos alimentos sabían a gloria.

Al llegar a la adolescencia y venir con la familia a la capital, la necesidad nos hizo buscar un ingreso, por modesto que fuese para paliar las penurias del clan familiar.

En 1953 con el ahorro de medio sueldo pude pagarme mis primeras vacaciones. Obvio decir que fue a Morelia, y que el salario mínimo legal era de 80 pesos mensuales.

Con mis 40 dracmas me encaminé a un viaje que muchos años se institucionalizó. Esa primera experiencia fue para grabarla en la mente y las entrañas toda la vida.

Para el Oriente salían unos chatos de primera clase que la gente festivamente decía que iban a Puebla pero que jalaban pa Veracruz; en el costado anunciaban su ruta: MÉXICO PEROTE XALAPA. VERACRUZ.


Con similar equipo, los famosos Aerocoach , los Tres Estrellas de Oro iban al Occidente, Zitácuaro, Ciudad Hidalgo, Tuxpan, Morelia y de allí hasta la Perla Tapatía.


Los proletas íbamos a la terminal de segunda clase. Los Flecha Roja eran los preferidos a pesar de su lema, antes muertos que tarde. No había asientos numerados así que era común aventarse el viaje nocturno, doce horas colgado del tubo en el techo y buscando acomodo entre los postes y entre los asientos.


Difícil entenderlo si no es simplemente por la extrema juventud, pero recargabas una pierna en el borde de un asiento o del susodicho tubo, hasta que se te dormía y entonces a cambiar de punto de apoyo.


El brazo en escuadra con la cabeza dormitando en una duermevela ocasionalmente interrumpida por los espasmos de los vomitones.

En 60 kilómetros hay 600 curvas, diez por kilométro. Antes de llegar a las primeras veinte o treinta vueltas, empezaba el concierto. Había quienes expertos o precavidos, llevaban dos o tres bolsas de papel, una dentro de otra. Muchos vomitaban sobre sus sarapes o de plano se doblaban para guacarear en el piso.


Las vendedoras de tamales, atole y corundas, se mezclaban con los viajeros que visitaban los sanitarios o simplemente se desentumían, invitándolos a llevar la panza llena para no vomitar en las curvas. En una cosa tenían razón: sudaban pena y algo de angustia quienes no tenían nada que expulsar.

Al llegar a Morelia, en la terminal, el chofer se iba feliz a almorzar menudo o pollo de plaza en espera de que a pesar de sus doce horas de manejo, le dieran salida a otro destino…

Para hacer más memorables las primeras vacaciones que tomé por mi cuenta con los fabulosos 40 pesotes de mi quincena, llegué a la casa de un hermano de mi madre que me recibió muy festivo sacudiendo el periódico del día. Mira, dijo muerto de la risa. Toda tu parentela de La Quemada está en la cárcel. Y sí, en la gráfica que ocupaba las ocho columnas, estaban mujeres y niños. Varones adultos ninguno.

La hermana de la abuela Chite, centenaria, miraba desafiante la cámara. Los jóvenes en instintivo gesto protector rodeaban al conjunto.

La historia era vieja. El primo Raúl celebraba su cumpleaños cuando irrumpió el único habitante del caserío que no era familiar y sin decir nada, clavó su hizo en la espalda del festejado.


Raúl, que luego del incidente se fue a refugiar a la casa de mi padre, dijo que no sintió la herida por lo que sin más, se dio la vuelta y le metió ocho tiros de su escuadra 32 corta. Laureano huyó y no se volvió a saber de él.


Hasta el día de los hechos que parapetado tras una barda de piedra y acompañado por un sobrino casi un chiquillo, tirotearon a Raúl que, como en las películas, acostó a su corcel y apoyado en la silla, respondió el ataque.

Los hombres en la labor, fueron las mujeres y los infantes quienes rodearon a Laureano, que tal era su nombre.

Comenzaron un intenso bombardeo de piedras que hizo huir al tío. El sobrino murió lapidado. Llegó la julia, arracimaron al poblado y los llevaron a todos a la cárcel, los varones no se habían enterado.


Por instrucciones de mi padre, consulté a un abogado que hizo declararse culpable a un adolescente, librando así al total de la familia. Raúl, tres balazos en una pierna se recuperó y retomó su vida.

De Laureano sólo supimos que vivía en Santa Julia pero sus parientes furiosos por haber causado la muerte del jovencito lo sentenciaron. Creo que nunca regresó.

En los dos hechos de sangre protagonizados por Raúl, la justicia decidió no abrir averiguaciones porque eran costosas y tendrían que localizar al presunto agraviado. Mejor carpetazo y que todos vivamos en paz…

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