Ciudad de México, enero 1, 2026 10:30
Revista Digital Enero 2026

Un hueco en el equipaje

“Que descanse en paz, sentí, pensé, me dije, y el egoísmo de poner a reposar mi impotencia se volvió consuelo…”

POR IVONNE MELGAR

A finales del año que despedimos, me cayó encima la muerte de mi padre. Más que su memoria punzante, fue el peso de la ausencia el que encontró acomodo en el silencio sordo de lo irremediable.

¿Había postergado el duelo, consintiendo convenencieramente que el vacío se evaporara, escondiéndose, en el triste consuelo del mal menor, luego de una larga agonía?

Porque antes de que Candy nos avisara el 8 de marzo de 2024 que José Luis Melgar Brizuela había trascendido, le dije adiós, agradeciéndole la vida, los versos que me hizo aprenderme de niña y su pasión por las palabras.

Fue una despedida anticipada, a mediados de septiembre de 2023. Tres meses después del accidente cerebrovascular (ACV) que oscureció sin remedio su precioso cerebro, el 25 de junio de ese año.

Y aunque en un principio quise, junto a nuestra amadísima madre, negarme a la sentencia médica de que su postración era irreversible, ese viernes, cubierta como los médicos del COVID, me di por vencida.

Se trató de una cobarde deserción, dos meses antes de que Candelaria Navas llevara de regreso a su adorado esposo a casa y mi bella y generosa hermana fuera a San Salvador con sus hijos para pasar con ellos navidades.

En cambio, yo, ese viernes previo a mi cumpleaños 58, acepté la oferta de la jefa de enfermeras de vestir la escafandra para llegar hasta donde estaba aislado mi padre, y me rendí pidiéndole hacer lo mismo.

No era mi intención, lo juro, decirle adiós. Por el contrario, quería darle mi amor y pedirle que intentara, con la mirada, devolverme un abrazo imaginario. Y por eso me puse el esterilizado traje blanco de astronauta.

Candelaria Navas, nuestra agotada madre, estaba conversando con el doctor que sugería llevar a padre a casa. Y fue entonces que la amable enfermera me regaló la posibilidad de entrar al cuarto en el que yacía aislado.

Era la quinta vez que una bacteria hospitalaria había frustrado su recuperación física, si bien seguía sin poder deglutir ni hablar ni comer… Entré temblando de emoción, dispuesta a ponerlo al día.

Pero a diferencia de lo sucedido en los primeros días posteriores al ACV, cuando balbuceó un ronco gracias por venir y apretó mi mano, José Luis Melgar Brizuela no respondía ni movía sus ojos hacia mí.

Mi valiente y sensible sobrina María Paula Murillo había portado la escafandra semanas atrás para entrar consolar a su abuelo, contarle de los mensajes enviados desde México y de su cotidianeidad con Candy, a quien acompañó por varios meses en aquella lenta agonía.

Acaso por su conocimiento a detalle de las condiciones precarias de un enfermo de gravedad y su cercanía emocional con las esperanzas de la abuela, el balance de la visita de la nieta fue luminosamente optimista.

María Paula contó detalles de emotivos momentos de conexión que a mí ya no me tocaron, por lo que, en la frustrada espera, mis expectativas de intercambio trasmutaron a una renuncia a la resistencia en vano.

Buscando con mis manos enguantadas las manos de pianista de mi padre, me topé con esa angustia existencial de aceptar y renunciar, los dos verbos que ese día conocí pidiéndole a Dios, al universo, a él, un descanso pronto y digno.

Gracias, papá, gracias, vete tranquilo, vuela, le decía sin encontrar más la atención que me dio cuando despertó del entubamiento mientras yo le leía unos versos místicos de San Juan de la Cruz y Los motivos del lobo de Rubén Darío.

Aquel hombre que en silencio lloraba con las palabras que antes atesoró, exprimió y desmenuzó no estaba más ahí, y eso me lo tuve que decir en esa visita que si bien no fue la última sí fue definitiva para un dolor ya sin fe.

Recuerdo haberle tomado las manos a mi amadísima y bella madre a mi salida de ese cuarto con tres máquinas conectadas al cuerpo llagado de nuestro padre, el maestro, el indigenista, el revolucionario, el rebelde.

Le confesé a Candy mi desasosiego porque él ya no era más de este mundo, porque la sangre borró la lucidez del crítico, la grandilocuencia del poeta, la chispa del amante de las letras y sus composiciones.

Pero la llama de la esposa seguía prendida y con ella vinieron los días de Luis Melgar en la casa de Las Rosas, donde estaban los libros sobre los cuales se derrumbó el domingo de ese relámpago interno. Y que no leería más.

Por esa crueldad, la de admitir que los tiempos de la retumbante máquina de escribir y la computadora encendida de madrugada no volverían, y que los prólogos pendientes así se quedarían por siempre, por esa pinche realidad irremontable es que cedí y me despedí.

Pero continué caminado, comiendo, durmiendo y despotricando envuelta en la impotencia de no poder hacer absolutamente nada frente al deterioro de mi padre ni la pena de mi madre viéndolo languidecer.

Hasta la mañana del viernes 8 de marzo de 2024 que nuestra madre nos avisó que Luis había trascendido; esas fueron sus palabras. Que descanse en paz, sentí, pensé, me dije, y el egoísmo de poner a reposar mi impotencia se volvió consuelo.

Había perdido al padre que me enseñó a recitar a Rubén Darío ocho meses atrás, porque la oscuridad de su cerebro arrasó lo que de él teníamos: la elocuencia de sus consideraciones, el gozo de un ¡salud! tequilero, la sonoridad de su delicioso piano marca Kawai, comprado a principios de los años 70 para que mi hermana Gilda y yo aprendiéramos lo que él sabía con creces desde sus días de seminarista.

Y por lo tanto su entierro para mí era el merecido reposo de su mil veces pinchado cuerpo por las agujas del Seguro Social y la posible serenidad de una viuda que lo había llorado sin pausa desde que en la sala de emergencia clamaba por una cama y un doctor.

Del llanto de la impotencia transité al llanto de la sepultura, sin darle cabida al sollozo de la ausencia, ese vacío de no escucharlo más ni sentir el escrutinio de búho, su animal favorito.

Leyendo sus poemas, revisando sus obsesiones intelectuales en torno a Roque Dalton, abrazando su legado, al cierre de 2025, el peso de orfandad del padre se apoltronó conmigo en cuerpo y alma.

Porque ya no está más aquí el hombre que me heredó una sonrisa, la ilusión por la escritura, la garra de apelar siempre a la decencia y el miedo a la repugnante resignación. Y esa ausencia se hace un hueco en el equipaje del trayecto restante y es túnel, puente, barranco, cascada, tormenta, lágrima, carcajada…Es doloroso amor, amor que duele…Pérdida irreparable. Esas son las palabras exactas y pronunciarlas alivia un poco este dolor de amor que es para siempre.

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