Ciudad de México, enero 1, 2026 09:00
Revista Digital Enero 2026

El mito del nuevo ciclo y el rito feliz de rencontrarnos

“No niego, sin embargo, que la del Año Nuevo es una fiesta que me gusta. Y no solo eso: me es entrañable, me habita de una forma distinta a otras celebraciones…”

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

La verdad es que nunca he tomado muy en serio eso de los ciclos que concluyen y se inician en torno al primero de enero de cada año. Tampoco he corroborado alguna vez que, en efecto, sea el final y el principio de una etapa, de un ciclo o de un estanco. Para mi temperamento, la vida fluye con una continuidad que no sabe de calendarios, de decretos oficiales ni de cortes de caja artificiales. Más bien, lo he tomado siempre como un juego más o menos divertido; parte de un ritual colectivo cuyo único destino real es pasarla bien un par de días, entre el bullicio de la gente y el brillo efímero de las copas. No hay misticismo en el cambio de hoja del calendario, solo una convención que aceptamos para darnos un respiro.

No niego, en cambio, que la del Año Nuevo es una fiesta que me gusta. Y no solo eso: me es entrañable, me habita de una forma distinta a otras celebraciones. Quizá porque no está cargada de esa solemnidad rígida de otros días, ni de expectativas ansiosas de un cambio radical que nunca llega por decreto, sino de vivencias gratas, familiares e infantiles que se han quedado tatuadas en el alma. Son reminiscencias, pues, más o menos lejanas que regresan con el olor del pavo y el sonido seco del corcho al saltar, recordándonos quiénes fuimos.

De niño, el tema de la cena era, eso sí, uno de los más agradables acontecimientos del año. En mi memoria afectiva y culinaria conservo el recuerdo de esa mesa espléndida que, a diferencia de la de Navidad —que tenía un matiz más general y compartido—, era la Cena de Papá. Esa noche mi padre, don José, era el amo y señor del escenario doméstico. Era él quien disponía los ánimos, hacía las compras con un celo casi sagrado en las tiendas de ultramarinos del centro y arreglaba la mesa con la precisión de un arquitecto que levanta un monumento al afecto. No permitía que ningún detalle quedara al azar, pero tampoco ninguna injerencia ajena a su voluntad. Su placer consistía enteramente en el placer de los demás, en vernos disfrutar de aquello que él mismo había seleccionado con tanto cuidado.

El menú era un desfile de nostalgias y sabores específicos que no se repetían el resto del año. Incluía un espléndido entremés: aceitunas verdes y brillantes, queso grouyer de sabor intenso y una o dos galletas saladas coronadas con angulas auténticas en aceite de olivo. En ese entonces, las angulas todavía tenían un precio medianamente accesible y permitían ese lujo anual sin mayores culpas económicas. El propio don José, con un gesto de generosidad que no aceptaba réplica, se encargaba de colocar esas ricuras en el plato de cada comensal, como si repartiera pequeñas porciones de felicidad tangible. Los platos se distribuían en torno a una gran charola central, desbordante de nueces de Castilla que había que romper con cascanueces, peladillas españolas de dulce armadura y frutas secas que parecían joyas comestibles bajo la luz del comedor.

Se servía luego un consomé al jerez, caliente y reconfortante, que preparaba el paladar para el platillo estelar: el pavo al horno. Pero no cualquier ave, sino aquel que llevaba “el relleno de la familia Pinchetti”, herencia supongo de mi abuelo materno, don Humberto. Era una receta con identidad propia y secreta, a base de salami italiano de la mejor calidad, pan molido y las menudencias de la propia ave que le daban una profundidad de sabor única, casi rústica. El aroma que salía de la cocina mientras el pavo se doraba lentamente es algo que todavía puedo convocar con solo cerrar los ojos. Sencillamente memorable… e inolvidable.

Venían finalmente la ceremonia de las doce uvas y los doce deseos, el choque de las copas con la efervescente sidra de El Gaytero, los abrazos apretados y los parabienes que volaban por la sala. De verdad lo disfrutaba; aunque confieso que el mayor valor que le otorgaba a esa fecha, además de la calidez de la convivencia familiar, era la emocionante proximidad de la llegada de los Reyes Magos, apenas seis días más tarde. Para un niño, el año nuevo era solo la antesala del verdadero milagro de enero, el preludio de los juguetes y la magia.

Ya mayor, disfruto todavía el rito, aunque los actores hayan cambiado y algunos lugares en la mesa estén irremediablemente vacíos. Durante muchos años me divirtieron las ocurrencias de Becky, mi amada compañera fallecida hace casi cuatro años. Ella cumplía religiosamente con todos los rituales, poseída por un entusiasmo que siempre me resultó encantador. A medianoche, salía de la casa sin falta, a toda carrera, cargando una maleta vacía para dar la vuelta a la manzana. “Es para que viajemos mucho este año”, decía con una sonrisa triunfal al volver, todavía jadeante por el esfuerzo y el frío de la noche. Y sí, viajábamos bastante; conocimos rincones y compartimos rutas, aunque yo nunca le atribuí esos kilómetros a la parsimonia de la maleta o al trote de Becky por la calle, sino a la fortuna de estar vivos y juntos, con la voluntad de descubrir el mundo de la mano.

También me gustaba, y todavía me gusta, agarrar la fecha como pretexto para saludar a los familiares y amigos con una felicitación y buenos deseos para el año que comienza. Es una forma de “pasar lista”, de saber que seguimos aquí, resistiendo al tiempo. Antes lo hacía por teléfono, dedicando toda la tarde del 31 a marcar números y escuchar voces queridas; ahora lo hago por WhatsApp, en mucho menos tiempo, con la eficiencia que impone la modernidad tecnológica.

Ahí sí le encuentro una utilidad y un sentido a la fecha, aunque sea solo una formalidad o un cartabón social necesario. El valor reside en acordarme de los míos y provocar que los míos se acuerden de mí. Es un puente tendido en medio de la rutina, un recordatorio de que los afectos sobreviven al paso de los meses y al desgaste de la vida cotidiana.

Reconozco, al final de cuentas, que no tengo nada contra estas y otras costumbres de Nochevieja. Son adornos necesarios para la existencia, pausas que nos permiten retomar el aliento antes de seguir caminando por el mismo sendero de siempre. Sin embargo, me parece que darles la trascendencia de un parteaguas definitivo en nuestras vidas, como si al dar las doce el mundo fuera a transformarse mágicamente o nuestras deudas y penas fueran a desaparecer, es más que un deseo: es un mito que alimentamos para no sentir el peso de la monotonía. La vida sigue su curso, sin cortes ni saltos, pero qué bien se siente celebrarla con una buena cena, una copa de sidra y el recuerdo intacto de los que amamos y de los que ya no están.

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